PARÁBOLA DE LA LUNA
Si hacéis un pequeño esfuerzo, procurando que vuele vuestra imaginación, os será fácil advertir que estamos en el momento en que todo nuestro mundo fue originado. Ese instante en que la Tierra, por alguna razón que todavía discuten nuestros filósofos, fue elegida como morada del Hombre. Observad ahora el firmamento, oscuro y desafiante detrás de nosotros. Apenas unos cuantos puntos luminosos, diminutos y trémulos, se atreven a romper la voz rotunda de la eterna noche. Entre ellos, perdido en la inmensidad de todo lo creado, aparece ante nuestra vista una pequeña esfera, la tercera en distancia a una estrella insignificante. Contemplad ese lugar con más atención. Encontraréis un paisaje semejante a éste: cráteres inmensos sacudidos por azufre y vapores irrespirables; torrentes de lava quebrantando las rocas de parte a parte, y montañas enteras engullidas por abismos que se abren de pronto. Así era la Tierra en el inicio. Por eso, antes de que los hombres comenzaran a deambular por este mundo, La Voluntad que estaba destinada a crearles tuvo que hacer un largo trabajo. Primero luchó contra el Caos, pues tal era el nombre del mundo antes de que tuviera lugar tan singular batalla. Y en verdad, pocas son las palabras que podrían describir este combate con justicia. Imaginad una gran explosión que durara tanto como la vida de un hombre, y que fuera al mismo tiempo tan desoladora como el silencio que acompaña a la muerte. Si puede concebirse algo parecido, tan terrible y sugerente a la vez, entonces es posible representar como fue la contienda entre la Voluntad y el Caos. Pero la Voluntad es obstinada, y gracias a esta cualidad, de la que no estaba provisto el caprichoso Caos, fue poco a poco doblegando a su adversario. Tan extraordinarias fueron aquellas jornadas, que no bastarían mil libros para empezar a dar cuenta de ellas, pues jamás se ha vuelto a ver nada que las ganara en intensidad, colorido, y fuerza dramática. Pero como no es éste nuestro propósito, será suficiente con que digamos que después de mucho tiempo, y no sin esfuerzo, consiguió la Voluntad tomar las riendas de aquella desigual pelea. Y conforme lo hacía, fueron brotando de las entrañas de lo oscuro las olas y las rocas. También de allí salieron los gritos, las sombras y las luces. La Voluntad, enardecida por aquel desafío sobrenatural, fue sacando de las tinieblas cuanto creyó bueno a su propósito, y no cejó en su empeño hasta que no estuvo segura de tener ganada la partida. Tanto luchó contra el fuego y la penumbra que al final quedó exhausta, y descansó después durante un tiempo. Y así, mientras dormía, una quietud admirable se extendía por todo el universo. Soñó entonces con todas las cosas que había ido creando en los espacios que pudo arrebatar al Caos. Y soñando de esta manera, contempló las aguas que cubrían los continentes, y las montañas serenas e inmóviles, bajo el escudo azul de cielo que lucía alrededor de aquel capricho al que llamó Tierra. Soñó con toda su obra, y vio que era buena.
Al despertar, repuesta de la fatiga tras la feroz contienda, un presentimiento la sacudió de pronto, y recordó el Caos. Entonces pensó que, ciertamente, sería un grave inconveniente tener que volver a empezar de nuevo con aquella lucha devastadora, de manera que buscó la forma de conseguir que todo lo que había creado durara para siempre. Tuvo entonces una idea. Puso pronto manos a la obra, y después de trabajar de nuevo hasta el extremo de sí misma, creó el Tiempo y la Palabra. Una vez los hubo concebido, encomendó al Tiempo la custodia del orden de todo lo que existe, y a la Palabra su memoria. Pero aquella fue una gesta portentosa incluso para La Voluntad, de manera que cuando la hubo concluido quedó, esta vez sí, completamente extenuada. Y porque quedara de ella un testimonio último, en un supremo esfuerzo la Voluntad se hizo de Carne, se fundió con el Tiempo y la Palabra, y de este modo nació el Hombre. Carne, Tiempo y Palabra.
El Maestro, que vio la luz entonces, ya estaba allí desde siempre. Había permanecido contemplando toda la lucha desde la montaña Primera, pues se trataba de un excelente observatorio, elevado sobre el primer continente de la Tierra. Después de que todo hubiera acabado, y durante algún tiempo, siguió todavía admirando a lo lejos la obra terminada por la Voluntad. Resultaba realmente una visión sobrecogedora, pues en el pálpito de aquel misterio azul se adivinaba que todo era posible, y al mismo tiempo, que todo estaba por hacer. Mientras miraba absorto aquel cuadro soberbio, supo que había llegado su turno. Descendió hasta el valle que se extendía a los pies de la montaña Primera, y tras caminar un buen trecho por sus campos nuevos y todavía inciertos, tomó entre sus brazos a las dos primeras criaturas que pudo hallar entre los hombres, y las llevó junto a él de nuevo hasta la cima. Y así, una vez hubieron regresado al lugar de partida, los tres se sentaron. Caín, que era uno de aquellos dos, miró la luz profunda que irradiaba el Maestro. Caín era muy joven, pero había ya en su mirar altivo un rastro de rebeldía que era ajeno a los ojos de su hermano. La mirada de Abel, entretanto, había quedado absorta en la contemplación de las muecas azules de la Tierra. Caín se levantó. Estiró su pequeño manto, y caminando con un porte impropio de un muchacho tan joven, se acercó al Maestro. Luego, mirándole con un gesto que podría parecer un desafío, le habló así:
-¿Por qué ya no puedo ver el Caos? Estoy seguro de que era hermoso, y sin embargo no logro encontrarlo en mi memoria. ¿En verdad ha sido sometido? ¿No queda lugar alguno donde habite siquiera una pequeña parte de él?
El Maestro tomó su tiempo para contestar. Su mirada recorría el admirable paisaje que rodeaba su vista. Se puso en pie, tomando en su mano un pliegue de su larga túnica para caminar con mayor soltura. Así, se fue acercando a los dos en silencio, y mirando a Caín hizo un gesto, elevando a las alturas su dedo índice, como si señalara alguna cosa. Luego volvió los ojos hacia el muchacho, que ya daba muestras de impaciencia mientras seguía esperando una respuesta:
-Amado Caín -dijo por fin con voz profunda- la fuerza de La Voluntad, que ahora se muestra ante nosotros a través de su obra, es sin duda de una grandeza extraordinaria. Mas con todo, queda todavía una región en la que moran los restos del Caos, protegidos bajo la sombra de la propia Tierra. Su nombre es Luna. Es inculta, como lo era la Tierra antes del prodigio; y sin embargo, en la pálida extensión de sus campos marchitos, conserva la belleza de que hablas, mientras sufre la condena de vivir eternamente encadenada a la luz, que la mantiene inmóvil.
Caín pensó en la Luna, cuyo nombre escuchaba ahora por primera vez. Cerró los ojos, como hacía siempre que sentía un vivo deseo, y por un instante creyó adivinar cómo sería esa región de la que hablaba el Maestro. De pronto sintió el impulso de partir en busca de aquel lugar. Caín era un muchacho decidido, a diferencia de su hermano. En su imaginación, trataba de ver aquellos días en los que el Caos gobernaba la Tierra, de manera que se acrecentaba su anhelo por conocer la Luna. Así, se puso en pie, y sin hacer al Maestro ninguna otra pregunta, decidió tomar camino hasta el valle para buscar la Luna. Abel reflexionaba mientras tanto. No le sorprendió la determinación de su hermano, pues le conocía bien. Pero se mostró temeroso por él, porque pensaba que quizás era una empresa muy arriesgada para una sola persona. Por esta razón se ofreció a acompañarle. Sin embargo Caín quería guardar para sí aquel descubrimiento, de modo que mandó a su hermano callar, hablándole con estas palabras:
-Siempre te han asustado todas las cosas, mientras que yo me he alejado a cada paso, intentando hacer frente a cualquier nuevo desafío. Pues mi experiencia es más grande que la tuya, seré yo quien vaya en busca de la Luna. Llegaré si es preciso hasta el mar, mirando bien todos los indicios que pueda hallar, y entre todos los fenómenos que salgan a mi encuentro, distinguiré sin esfuerzo a la Luna. Y puesto que esta es mi voluntad, queda tú aquí y espera mi regreso.
Abel no supo qué contestar. No era la primera vez que su hermano se mostraba tan duro con él, y sin embargo nunca había creído que Caín quisiera herirle a propósito; más bien lo atribuía a su carácter. Bajó los ojos. Luego, mientras se mordía el labio inferior como solía hacer cuando no tenía a mano una buena respuesta, encontró en sus ojos los del Maestro. No le costó mucho entender el alcance de aquella mirada, de manera que se mantuvo en silencio, y aunque le hubiera gustado también participar en aquella aventura, pensó que las cosas estaban mejor así. Guardando para sí estas reflexiones se acercó a su mentor, y fueron los dos hasta el camino que descendía de la montaña Primera para despedir al explorador.
Caín bajó entonces hasta el valle, y anduvo en él una gran distancia. Más tarde subió colinas, cuyas sombras inquietantes eran un desafío aún mayor que su presencia inaccesible. Pero a pesar de todo lo que caminó, no consiguió encontrar la Luna por ningún sitio. Fue entonces cuando pensó que quizás estuviera en el mar, pues en sus aguas hay un misterio permanente que no escapa a la vista de quien lo observa. Así, a pesar de la desproporción de aquel absurdo desafío, quiso acercarse hasta el borde de las aguas.
Mientras esto ocurría, el Maestro y Abel seguían con atención las evoluciones de Caín. Le veían con la claridad propia de quienes presencian el principio del mundo, y a pesar de la distancia, distinguían su figura con absoluta nitidez. Habían podido verle caminar sin rumbo, obcecado por su insensato rastreo. Vigilaban todos sus pasos, y los seguían con interés, de modo que, cuando finalmente llegó hasta la orilla del océano, observaron como se adentraba en sus aguas, armado sólo con la bravura de quien no da por perdida una batalla. Abel se sintió fascinado ante aquella ocurrencia, pues aunque era más prudente que Caín, no por ello dejaba de pensar en aventuras, como correspondía a su edad. Por eso se lamentó al Maestro de su inexperiencia, y aunque realmente le dolía el desdén con que su hermano le había tratado, deseaba en lo más profundo de su corazón estar junto a él. El Maestro entendía todas estas contradicciones, pues conocía los corazones de los dos hermanos y leía en ellos. Así, miró a Abel sonriendo, mientras le pasaba la mano por la cabeza, en expresión del cariño que sentía por él.
-Ten paciencia, -le dijo.
Y se sentó a su lado. Mientras Caín continuaba sumergido en el mar, el Maestro hablaba con Abel acerca de los planes que la Voluntad había dispuesto para los hombres de los tiempos futuros. Pudo advertirle sobre las dificultades que encontrarían en su largo camino, ya que tendrían que viajar a través de los primeros años de la vida del Hombre. Abel escuchaba con atención aquellas palabras, y empezaba a sentirse reconfortado.
Lejos de ellos dos, Caín luchaba con denuedo contra las aguas oscuras del inmenso océano. Tomaba aire, y se sumergía seguidamente, buscando detrás de cada sima y de cada grieta, mirando fijamente cualquier cosa que consiguiera atraer su atención. El tiempo, que comenzaba a ordenar con su ritmo cadencioso todos los asuntos de la Tierra, transcurría puntualmente, y conforme lo hacía Caín se sumergía en lugares más profundos y apartados, porque ya no sabía hacia dónde dirigir sus rastreos. Y era tal el empeño con que buscaba la Luna, que no pudo atender los gritos de Abel cuando se puso en pie junto al Maestro y comenzó a llamarle.
Ocurrió que mientras Caín proseguía su estéril exploración sin conservar ya demasiadas esperanzas de topar con la Luna, uno de los confines de la Tierra se salpicó de plata, aumentando con aquella luz el contraste magnífico de su intenso azul. Tan grande era en verdad la belleza de aquel instante, que Abel se sintió maravillado junto al Maestro, y comprendió inmediatamente que aquella esfera admirable, que producía en quienes la contemplaban por vez primera un extraño hechizo, era la Luna; porque ciertamente era hermosa y a la vez enigmática, tal y como él había imaginado que sería el Caos. Hipnotizado con aquella visión, y aunque sabía que Caín no podía oírle, seguía gritando su nombre sin parar, pues deseaba que regresara de inmediato para que pudiera compartir con ellos aquel instante único. Pero Caín buceaba cada vez a mayor profundidad, y ensordecido por el abisal rumor de los océanos, no pudo escuchar a su hermano, y continuó buscando en vano aquel prodigio que contemplaban absortos el Maestro y Abel.
PRIMERA ENSEÑANZA:
Todas las cosas tienen su tiempo,
Quien se precipita no siempre llega antes.

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