PARÁBOLA DE LA COLINA
Durante muchos años, centenares de hermosas criaturas fueron poblando la Tierra. Por todas partes, en un alegre estallido de jubilosas formas, la fuerza creadora de la Vida iniciaba su génesis magnífico. Extendía su manto cálido sobre los mares, y tocando con sus dedos suaves la superficie de las aguas, levantaba las olas hacia el cielo, dejándolas allí, suspendidas en mil formas suaves y caprichosas. Transcurrido un breve tiempo, las dejaba caer de nuevo sobre los continentes. En ocasiones, con una violencia inusitada, se complacía en llenar los aires de sonidos tempestuosos, mientras vertía de pronto aquel líquido fértil sobre las montañas. Dibujaba entonces quebrantos de luz sobre los cielos, que como hilos enfurecidos cuarteaban la tarde. Otras veces hacía descender las aguas sobre la Tierra pausadamente, en una cascada ingrávida y transparente, semejante a un bosquejo de líneas oblicuas contra el paisaje del fondo. Así, todos los rincones se fueron nutriendo con un agua nueva conforme volvía a caer de los cielos, salpicando los valles y las praderas, los collados y las regiones ignotas sobre las cumbres más altas. Los temibles truenos se entremezclaban a veces con la suave cadencia de las gotas de lluvia bajo la atenta mirada del Sol, y acontecía entonces que una inverosímil diadema de luminosos colores cubría de parte a parte la bóveda celeste. Se dice que no paró de llover en muchos años.
Más tarde, cuando la Tierra saludaba ya la llegada del agua como se recibe a un viejo conocido, las precipitaciones fueron perdiendo la furia de los días primeros. El Tiempo dispuso que se sucedieran las estaciones, correspondiendo a unos meses la lluvia y a otros el estío, y a esta danza se entregaron los días, atemperando el desconcierto de los tiempos pasados. El agua recorrió entonces toda la extensión de La Tierra. Salió del mar, y llenando de alegría todas las cosas que encontró a su paso, se sintió renacida en cada una de ellas. Tan grande fue el amor que le cupo a la vida, que se volvió afable y dulce, según vemos hoy. En su mansedumbre consentía el suave roce de la brisa matinal, y adormecida por el calor amable del Sol, ascendía entonces a los cielos henchida de júbilo, y se dejaba caer de nuevo sobre cualquier lugar, haciendo brotar por todas partes tiernos milagros, en forma de innumerables plantas que salpicaban con su hermoso colorido los paisajes. La Tierra se cubría por doquier con el manto inconfundible de las verdes nuevas. Así aconteció que árboles y flores, en tal variedad que embriagaba la vista, colmaron pronto cada rincón del planeta. Susurraban en la noche, y entonaban al compás del viento y de la lluvia canciones secretas y conmovedoras que aún hoy escuchamos en nuestros bosques más viejos. No mucho después el sigilo de las arboledas se fue poblando con fantásticas voces, y aquí y allá, por todas partes, las más insólitas criaturas alzaban sus cabezas saludando el nuevo portento de la vida.
En aquellos días, el Maestro y los hermanos pasaban jornadas enteras entregados a la contemplación de aquel insólito espectáculo, pues no es probable que nunca después hayan tenido lugar sucesos tan memorables, de tan extraordinaria belleza, como aquellos que admiraban ahora ellos tres. En una de aquellas tardes, quiso la fortuna llevar al Maestro hasta la cima de una colina, desde la que podía deleitarse sobremanera observando la espléndida llanura que se extendía ante su vista. Todo marchaba según lo previsto, y aquello llenaba de paz al Maestro. Después de ascender, miró hacia abajo, pues había dejado a Abel y Caín al pie de la colina, entretenidos en alguno de sus juegos. Cuando los tuvo al alcance de su vista, decidió llamarlos agitando sus brazos, para que pudieran compartir con él la contemplación de aquel espectacular paisaje.
-¡Amados discípulos! -les gritó- ¡Subid hasta aquí, a fin de que podáis ver el mundo con mayor claridad!
Más abajo, en una zona próxima a aquella en la que la colina comenzaba su pendiente, Caín y Abel, que se perseguían alegres entre la vegetación, escucharon la voz del Maestro. Detuvieron al instante sus correrías, y sin decir una palabra, como si se tratara de un nuevo reto pactado en silencio, corrieron los dos cada uno por su lado. Encontraron que así, de alguna manera, podían seguir jugando mientras acudían a la llamada del Maestro. Abel había disfrutado especialmente de aquellas jornadas. Su espíritu inquieto se conmovía ante el espectáculo grandioso de la Creación, y a menudo, desde que llegaron los tres a aquel lugar, se había sentido sobrecogido en secreto por el rumor de las aguas que por todas partes continuaban su misión vivificadora. Es cierto que disfrutaba también con las diversiones que ideaba Caín, pero cuando éste no estaba cerca, como en aquella ocasión, prefería contemplar todas las maravillas que la naturaleza ponía a sus pies. Abel era en verdad un muchacho despierto. Por este motivo, mientras Caín volaba hacia la cima sorteando a gran velocidad todos los obstáculos que salían a su encuentro, Abel ascendía despacio, observando con detenimiento todo cuanto se ofrecía a uno y otro lado del camino. En los recodos menos peraltados, amparándose en las sombras caprichosas de los magníficos árboles que cubrían parte de la ladera, se detenía en ocasiones a descansar sobre la hierba, y miraba los curiosos dibujos que formaban las nubes. Podía ver entusiasmado cómo aquellas siluetas cambiaban de forma constantemente, por efecto del viento que las movía con suavidad. Si las miraba muy fijamente, perdía por un instante toda noción sobre su propia posición, y hasta le parecía que podía caerse hacia arriba. Luego se reía de semejante ocurrencia, porque Abel sabía perfectamente que esto era imposible. Transcurridos unos minutos se levantaba de nuevo, y proseguía el camino de ascenso sin dejar de mostrar su asombro ante cada nuevo hallazgo. Después de este agradable paseo, y cuando casi había olvidado la llamada del Maestro, alcanzó por fin el promontorio. Una vez llegó, respiró un par de veces profundamente, empapándose con aquel aire nuevo que llenaba sus pulmones, y se sintió altamente reconfortado. De inmediato alzó la vista, y pudo ver a cierta distancia a su hermano, que esperaba impaciente. Caín no había perdido un minuto en la ascensión, y parecía llevar mucho tiempo aguardando la llegada de Abel, pues había en sus gestos signos inequívocos de impaciencia. Había tomado aquella subida como si se tratara de una competición; un entretenimiento más, en el que pudiera dejar claro que su destreza era superior a la de su hermano, y por esta causa deseaba jactarse ante él:
-¡He llegado el primero! -dijo Caín, al tiempo que miraba a su hermano con una sonrisa que expresaba su triunfo.
Abel, que conservaba la quietud alcanzada tras aquel delicioso paseo, no pensó que Caín hubiera logrado una gran victoria, pues a pesar de su juventud empezaba a encontrar disparatados aquellos constantes desafíos con los que su hermano se ejercitaba. Pero después de adivinar cierta inquietud en el semblante de Caín, optó por no decir nada, porque sabía que se enfadaba con frecuencia cuando le contrariaban. El Maestro, que se había aproximado hasta donde estaban ellos dos, se giró hacia el lado opuesto de la colina, y después de hablarles con amabilidad, como si temiera en los ojos de Caín el inicio de una disputa, los tomó de la mano, y acercándoles al borde de la cima les invitó a que miraran a lo lejos. Con el dedo apuntado en aquella dirección, guardó un breve silencio, porque sabía que este ademán suyo daba más sonoridad a lo que decía después. Cuando le pareció que los dos aguardaban con diligencia sus palabras, les habló así:
-Mirad aquí, en este lado de la colina, -dijo con su tono magistral- pues en él la tierra es árida y estéril, y así se ve en esas nubes de polvo que se elevan a ras de suelo. Sin embargo, tal y como descubren ahora vuestros ojos atónitos, justo a sus pies se extiende un lago en cuyas márgenes comienza a dibujarse el milagro de la vida. Ved si no ese reflejo verdáceo que denotan las aguas próximas al centro, y contemplad como algunos matorrales se extienden ya por la otra parte. Es un hecho que el agua difícilmente pudo llegar hasta allí, pues como sin duda podéis advertir, las nubes que están ahora sobre nosotros no consiguen cruzar la colina, y el impulso del viento en este otro lado es tal que las desvía sin remedio. A pesar de este fenómeno singular, por alguna razón, resulta evidente a nuestra visión que las lluvias han conseguido salvar la montaña para nutrir este lago que ahora contemplamos.
El Maestro se volvió entonces dando a su expresión un tono enigmático, mientras señalaba algún punto imaginario sobre su cabeza y con la otra mano mesaba aquellas barbas extraordinarias:
-¿Acaso podríais ilustrarme acerca del origen de este pequeño misterio? -dijo.
Caín, en realidad, no esperaba tener que responder a un acertijo. Al menos no ese día. Había disfrutado mucho de su loca carrera hacia la cumbre, y no pensó ni por un instante en que el Maestro les llamara para proponerles algo semejante. Después de todo, consideraba que había tenido suficiente con alcanzar la cima antes que su hermano. Por eso le contrarió aquella pregunta inoportuna, y más lamentó que el Maestro no hubiera hecho siquiera mención de su pericia escaladora. Pero como no deseaba que la elocuencia de Abel le hiciera malograr de nuevo el triunfo que acababa de atribuirse, se anticipó a él, y levantando su mano la agitó frente a las barbas del Maestro, porque supiera que había encontrado ya una contestación. Miró después a su hermano, y por un segundo algunas dudas le asaltaron, pero no pensó en ellas más de lo que consideraba oportuno, y sin más dilación habló de esta forma, contestando de manera irreflexiva lo primero que se le ocurrió:
-Sin duda -dijo Caín algo nervioso- hubo en otro tiempo grandes aguaceros, semejantes a los que hemos podido ver en estos últimos días. Apuesto a que esto ocurrió antes de que nosotros llegáramos aquí. Pues bien, este es mi parecer: yo opino que el terreno situado bajo ese lago que se halla frente a nosotros debe ser impermeable por algún motivo, y debido a esta circunstancia, esas lluvias que tuvieron lugar en el pasado fueron quedando atrapadas en él. Tal fue el origen de esta laguna.
Caín se sintió aliviado después de exponer su hipótesis. Notó que el peso de aquel instante en que los ojos del Maestro se clavaban en cada una de sus palabras había terminado por fin. Ahora sólo aguardaba a que su argumento fuera refrendado con algún gesto. En realidad, su suposición tenía poco fundamento, y Caín había equivocado el diagnóstico. Miró al Maestro, y luego a su hermano. Y de no ser por cierto mohín que quiso notar en el rostro del segundo, hubiera dado por seguro su triunfo. El Maestro llevó su mano al mentón, procurando evitar que sus alumnos pudieran advertir su sonrisa, pues a pesar de que le divertían estos pequeños yerros de sus todavía muy jóvenes compañeros, pensaba que debía ser respetuoso con ellos. Todos incurrimos alguna vez. Miró con interés a Abel, en ademán de profunda meditación. Luego extendió la palma de su mano, y le pregunto así:
-Di tú, Abel amado, ¿Encuentras por ventura alguna otra explicación?
Abel caviló unos instantes. Había estado observando el lago con atención, y comprendió que tendría que indagar en su memoria para hallar una respuesta adecuada. Consideró todo lo que había visto aquel día, a partir del momento en que el Maestro los convocó desde el lugar en que los tres se encontraban ahora. Evocó su excursión ascendente por la colina, y tras meditar sobre ello tanto como creyó pertinente, supo que ya tenía una respuesta.
-Mientras subía, -contestó Abel- en cierta ocasión me detuve a descansar en un recodo del sendero en el que la luz del sol no era tan intensa, y observé que no muy lejos manaba un torrente entre la vegetación. De inmediato decidí seguirlo, porque el paseo había despertado en mí una gran sed, y aquel lugar no era adecuado para beber, pues era inaccesible desde donde yo me encontraba. De este modo caminé detrás del reguero, por ver si descubría un sitio más propicio, y mientras mis pasos seguían su curso, pude percatarme de que continuaba hasta una gruta que se perdía en las entrañas de la roca, en dirección al otro lado de la colina. Apostaría a que es este manantial el que nutre con sus aguas la laguna.
El Maestro no pudo evitar esta vez que una sonrisa asomara a sus labios. A pesar de que no quería favorecer la desazón de Caín, se sentía complacido con la respuesta de Abel. Un maestro tiene siempre su orgullo. Elogió las palabras de su discípulo, pues en ellas estaba encerrada la verdad de aquel enigma. Mandó entonces a los dos que se acercaran hasta él, y tuvo especial cuidado de mostrase solícito con Caín, un tanto contrariado con aquel nuevo éxito de su hermano. Así, le obsequió con una mirada afectuosa, al tiempo que tomaba su mano. Después pidió a los dos que se sentaran a su lado, porque pudieran escuchar atentamente la lección que había dispuesto para esta ocasión. Miró entonces a Abel, y con manifiesto reconocimiento, afirmó lo siguiente:
-Tú eres, en el día de hoy, el más aventajado de mis alumnos.
Caín, al escuchar estas palabras de labios del Maestro, sintió en lo más recóndito de su ser un hondo abatimiento. Movido por la desazón, miró a su hermano con los ojos encendidos, de tal manera que por un momento ambicionó poder arrancar del Maestro el amor que sentía por él. Lleno de enojo se levantó, y olvidando el respeto que debía a su mentor, protestó ante él con gran furia, gritando a viva voz estas palabras:
-¡Esto no es justo! ¡Yo he alcanzado antes la cumbre! ¡Y ni tan siquiera he podido escuchar de vosotros palabras de aliento cuando llegué!
El Maestro, después de oírle, se sintió impresionado ante la ira de Caín. Le preocupaba su temperamento, pues tenía el genio vivo, y a menudo se mostraba colérico. Trató de explicarse aquella actitud de su discípulo, y pensó que quizás no había sido muy justo con él. Intentó entonces apaciguar su ánimo, y le besó con dulzura en la frente. Caín apreció este gesto, y después de sosegarse, se sentó de nuevo junto a su hermano. Aprovechó esta circunstancia el Maestro para dirigirse de nuevo a los dos, pues quería extraer de aquella jornada una enseñanza que fuera de gran provecho para ellos:
-Ciertamente, amado Caín, -dijo con gran afecto- tú has llegado a la cima antes que Abel. Y sin embargo, como podrás advertir, ahora te encuentras más fatigado, y la cólera ha cegado tu corazón hace un momento, haciendo que salgan de tu boca palabras que hieren. Abel vino más tarde, eso es cierto; pero él ha penetrado mejor la verdad que esconden todos los caminos.
SEGUNDA ENSEÑANZA:
En el camino de la verdad,
cada pequeño detalle es importante.

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