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PARÁBOLA DE LA PRESA

Durante algún tiempo, mientras se despertaba a los siglos la exuberancia de los días futuros, los hombres veneraron la memoria del agua, y de los dones que sembró por toda la Tierra. No es sólo que supieran de la relación que existe entre el agua y la vida, pues también nosotros conocemos este principio elemental. Sin embargo nosotros hemos aprendido cuanto sabemos. Los hombres de entonces, a diferencia nuestra, sabían lo que nosotros aprendimos después. Y lo sabían porque podían sentirlo así. Todos cuantos habitaron las edades anteriores al advenimiento de la ciencia amaron los torrentes y las lluvias; los lagos, los ríos y los mares ilimitados que segaban el horizonte más allá de los continentes. A través de la plenitud con que saciaba su sed, a través de la frescura incomparable de su contacto, mediante el rebosante júbilo con que reverdecían las plantas a su paso, pudieron sentir que de las aguas brotaba la vida, y como amaban la vida, veneraron las aguas. Así era en verdad, para personas distintas y distantes; multitudes que vestían, hablaban y soñaban de formas diferentes, y que en virtud de una admirable percepción valoraban a menudo las mismas cosas. Al cabo, quisieron crecer junto a estas mismas cosas, abrigados por su fascinador influjo. Así, cuando hubieron de decidir en que lugares establecerían sus primeras sociedades, conforme prosperaban esperanzados a través de los inciertos senderos de la Tierra, fueron poblando las cercanías de las aguas con la obra de su incipiente civilización. Ríos, lagos y mares, se convirtieron pronto en su morada, pues se consideró que aquel era el lugar natural del Hombre.

En aquel tiempo, tan rico en revelaciones, en todas partes se aprendían cosas nuevas y sorprendentes. Incluso algunos sabios comenzaban ya a interpretar, siquiera en sus trazos más simples, el complejo y fascinante lenguaje de la naturaleza. Como fruto de estas reflexiones primeras, los hombres habían llegado a considerar que perduraba un lado oscuro en todo lo creado. Esta siniestra presencia se manifestaba ante su ciencia como una fuerza poderosa que emanaba del firmamento, y que dejaban sentir las más variadas circunstancias, tomadas de sus agudas observaciones. Ya entonces habían advertido que la sola presencia de la Luna era capaz de doblegar las aguas a su voluntad, provocando así las mareas. De este modo, otros muchos fenómenos inexplicables fueron pronto atribuidos por nuestros antepasados al influjo poderoso de las estrellas: la furia terrible de la Tierra, que sacudía en ocasiones pueblos enteros, sepultándolos luego bajo sus fauces; o la ira de las montañas, que, a decir de los sabios, escupían fuego enojadas por la conducta de algunas personas insensatas. En estos portentos supo el Hombre que el Caos no había sido sometido por completo, y que tendría que valerse de su inteligencia para desentrañar el misterio de la vida y servirse de él. Con tal empeño, puso su voluntad al servicio del Conocimiento, para transformarlo en Sabiduría por medio del Tiempo y la Palabra. Así fue en los primeros días.

Y mientras despertaba el entendimiento en el Hombre, a través de las regiones inmensas del mundo, el Maestro y sus discípulos tomaron la costumbre de mezclarse en los asuntos de los pueblos. Discurrieron los tres que para ellos sería provechoso, pues así accederían a la lección de certeza que sólo emana de la realidad. También para las gentes que encontraban a su paso sería bueno, pues de ellos tres podrían tomar prudentes avisos. De esta manera, se acercaban a las poblaciones que encontraban por todas partes, y regalaban a sus habitantes con juiciosas reflexiones. No obstante, pareció oportuno al Maestro poner suma diligencia en no mostrar a los hombres y mujeres que encontraba más verdad que aquella que pudieran apreciar en virtud de su propia voluntad, su tiempo y su palabra; porque sabía que la vida ha de seguir su curso natural. Por tal motivo hablaban siempre usando palabras sencillas, y empleaban su tiempo departiendo sobre aquellos asuntos que más preocupaban a quienes visitaban. Casi siempre trataban sobre cuestiones relativas al quehacer cotidiano: a la industria artesana, la ganadería o la agricultura; o también a los modos y formas en que podían procurarse mejor gobierno. El Maestro ofrecía ante tales negocios su dictamen, adornado con valiosísimas sentencias; y les hablaba también del amor, de la misericordia y otros dones preciados que hacen del ser humano una criatura verdaderamente única. En todas partes, los aldeanos corrían al encuentro de los tres, pues admiraban sobremanera su sencilla sabiduría, y a menudo los tomaban por extranjeros o por sabios. En muchos lugares, aleccionados por la clarividencia de sus discursos, comenzaron a llamarlos profetas.

Fue en una de aquellas jornadas, estando ya próxima la estación de las lluvias, cuando llegaron los tres a cierta población. La villa, compuesta por hermosas casas de adobe y argamasa, tomaba su sustento de un fecundo río que discurría junto a ella. Como en otras ocasiones, admiraron la disposición de las construcciones, y recrearon su vista en las tierras de labranza que se extendían junto a la orilla de aquel afluente de gran belleza. Caminaban alegres, intercambiando impresiones sobre tantas cosas que se ofrecían a su mirada, hasta que hubieron llegado a las puertas de la ciudad. Tomaron entonces el camino principal que conducía a su interior. Nada más penetrarla, les sorprendió el rumor grato de muchas voces de hombres, elevándose sobre sus pasos como un arrullo cálido; ese murmullo que anuncia las concentraciones de personas en torno a algún asunto de importancia. Habían tenido la fortuna de llegar en un día de mercado, y así lo notaron nada más traspasar las puertas de la población. Junto a las voces unísonas de comerciantes y compradores, llenaba el aire el sonido de los útiles y aperos: rozándose entre sí en innumerables trueques. Completaban la escena multitud de animales, que eran parte principal del comercio, junto al polvo blanquecino que levantaban las sandalias con su trajín, de manera que aparecía a los ojos como ligera niebla. Así era el mercado de aquella singular villa. El Maestro ensalzaba ante Caín y Abel las muchas e ingeniosas industrias con que quedaban dispuestos los tenderetes a uno y otro lado del paseo. Se sorprendía a cada paso con algún nuevo ingenio traído desde remotos lugares, y admiraba la manera en que todo prosperaba. Pasearon largo rato los tres, entretenidos en aquel comercio. De vez en cuando, el Maestro se detenía junto a los alfareros que realizaban su labor a la vista de los transeúntes; enseñaba entonces a sus discípulos la manera en que aquellos artesanos tomaban el barro entre sus manos, para sacar de él, con paciencia y buenas artes, vasos y vasijas. Más adelante, numerosos puestos concebidos con gracia, de manera que ganaran la atención de los compradores, exhibían en alegre colorido los copiosos dones de las tierras cercanas; y eran en verdad tan apetecibles aquellas frutas y hortalizas, que hablaban por sí solas de la fertilidad de la comarca. Caín y Abel observaban con detenimiento cuanto iban encontrando a su paso, y atendían con deleite a las explicaciones que de cada uno de aquellos negocios les daba el Maestro. En esto ocupaban los tres su tiempo cuando llegaron al fin hasta una gran plaza en la que desembocaban las calles principales de la localidad.

Fue entonces, después de que hubieran admirado todas aquellas novedades que habían ido encontrando a lo largo de su recorrido, cuando dieron en mirar por vez primera los ojos de los hombres, pues en aquella plaza no había ya otra cosa que llamara su atención. Quedaron admirados de pronto, pues encontraron en aquellas gentes una expresión de profunda preocupación. Hasta entonces, la distracción de los comerciantes había impedido que alguno de los tres se diera cuenta de tan extraña circunstancia. Al instante, el Maestro se mostró afligido por el desasosiego que rondaba en silencio entre la multitud, pues era de suyo muy impresionable, y quiso enseguida saber su causa. Llamó a sus discípulos junto a él, y encontrándolos también atribulados, les hizo señas para que se acercaran con él hasta un lugar próximo, en el que parlamentaban varios aldeanos. Se hallaban congregados junto a una de las bocacalles que daban a la glorieta, y gesticulaban con signos de gran inquietud, mirándose unos a otros, ora asintiendo, ora negando reiteradamente con la cabeza. Una vez llegaron a la altura los reunidos, quisieron saber de inmediato en sus propias palabras que mal podía ser aquél que los encrespaba de tal modo, y en que forma podían prestarles su auxilio, de manera que mudaran sus rostros en otros de menor tristeza. Con este propósito se adelantó el Maestro, y con señas que delataran su presencia entre aquellos labradores, se presentó a ellos:

-Nobles y amigas gentes que aquí os encontráis -les dijo- he podido apreciar en vuestros rostros, mientras caminaba distraído por estas calles, la sombra de una gran pesadumbre. Ya en otros lugares había visto expresión semejante, pues he andado muchos caminos en compañía de mis discípulos, que aquí están. En mis viajes, a lo largo de vastos territorios, he tenido ocasión de aprender algunas lecciones que quizás puedan seros provechosas en el día de hoy. Sabed que si en mi mano está, haré cuanto pueda por mudar vuestra preocupación y restituir la paz a vuestros semblantes. Decidme pues: ¿Qué asunto os atormenta de modo semejante?

Aquellos hombres, que un segundo antes alzaban sus voces sin concierto los unos sobre los otros, prestaron atención a las palabras del Maestro, pues en la sencillez de sus vestidos y en su sereno ademán pudieron notar que se trataba sin duda de un sabio extranjero. Entonces se adelantó uno de aquellos, que parecía muy respetado entre los demás, y tomando la palabra, contestó al Maestro:

-Señor -dijo aquél- acaso habréis reparado, a la entrada de nuestra ciudad, en el caudaloso río que baña nuestras riberas. Sus aguas fertilizan nuestra tierra, y a ellas debemos cuantos aquí nos hallamos nuestra vida y sustento. Por gracia de esta corriente, cada año recolectamos los generosos frutos que nos ofrece la tierra fértil en que vivimos. Esta cosecha constituye la base principal de nuestro mercado, que atrae hasta nuestra comarca a muchos compradores desde lugares remotos.

-Así lo creo -intervino el Maestro- pues he observado con gusto la prosperidad de vuestro comercio. Puedo jurar que no he visto antes frutos tan magníficos. También he tenido ocasión de admirar el ingenio de vuestra industria, como bien atestiguan mis discípulos, aquí presentes. ¿Por qué mostráis entonces este desconsuelo?

-Hemos consultado a nuestros sabios -prosiguió el mercader-, que custodian la memoria de los tiempos pasados. Ellos han examinado con cautela los signos que están escritos en el firmamento, y después de interpretarlos han hablado a su pueblo. Su vaticinio no puede ser peor para nuestros intereses, pues asevera que se avecinan muchos días de lluvias torrenciales. Quienes hemos vivido aquí desde antiguo, sabemos por nuestra propia experiencia cuán grande e implacable es el ímpetu del río cuando las aguas crecen, y por tal causa tememos que devore entre sus fauces líquidas el producto de nuestro esfuerzo, como ya lo hizo en el pasado. ¿Acaso hay algo que podamos hacer contra esto?

El Maestro, después de escuchar pronóstico tan sombrío, hizo un mohín en señal de meditación, al tiempo que todos los presentes guardaban silencio en espera de su respuesta. Pensaba en la mejor manera de favorecer a aquellas gentes. Mientras, la expectación aumentaba entre la multitud, que iba creciendo en número atraída por la novedad de aquella conversación. Cuando, tras mucho cavilar, encontró al fin la solución que consideró más oportuna para el caso; se apartó un tanto junto a sus discípulos, pidiendo excusas a los demás, y de manera que no pudieran oírle habló entonces a los hermanos como sigue:

-He pensado largamente en las palabras de este hombre. Ciertamente no es poca su preocupación, y según yo mismo entiendo, no le sobran fundamentos a su gran temor. Nuestro deber ahora es socorrer a este pueblo, pues atraviesa por tamaña dificultad. Creo saber como podemos proceder en su favor -les dijo. Miraremos a la salida de la población, más allá del límite de las tierras de labor, e indagaremos por aquella parte qué lugar resulta más apropiado a fin de construir una presa; con ella podremos contener la furia desatada de las aguas.

Caín y Abel asintieron con entusiasmo, pues les pareció a ambos una idea magnífica.

-Sin embargo -prosiguió el Maestro- más allá de los límites del río, la tierra de estos contornos aparece bastante desprovista de vegetación, siendo así que no hallaremos en las inmediaciones madera suficiente para tan descomunal empresa. Para vencer este inconveniente, uno de vosotros remontará el cauce en busca de árboles, de suerte que cuando los tenga pueda irlos enviando a lomos de las aguas aprovechando la corriente. Yo quedaré aquí con el otro, a fin de enseñar a estas gentes la manera de llevar a término la construcción.

Ambos estuvieron de acuerdo, y nuevamente elogiaron la decisión del Maestro, pues la encontraron conveniente. Echaron suertes luego, para decidir a cuál de ellos dos tocaría remontar el río, y resultó ser Abel. Así las cosas, y después de despedirse y desearles éxito en su labor, marchó Abel río arriba en busca de los maderos, mientras quedaba Caín con el Maestro.

Ya solos, regresaron los dos junto al grupo, que aguardaba con enorme interés. Después de atraer su atención, les encomendó el Maestro la tarea de reunir con prontitud a todas las gentes que pudieran encontrar. La cosa no resultó difícil, pues en los días de mercado se congrega siempre una gran multitud. Conforme fueron llegando los convocados, que en verdad eran muchos, iban ocupando por indicación del Maestro los lugares vacantes en el centro de la plaza. Pronto no quedaba un sitio vacío, de modo que, sin perder más tiempo, les hizo saber lo que proyectaba. La multitud, conforme avanzaba en su exposición, escuchaba con mayor atención las palabras del Maestro, asintiendo a su discurso con gestos de admiración, pues se hallaba conforme con todo. Tan grande fue el entusiasmo de aquellas gentes, que todas se manifestaron dispuestas a ayudar tanto como les fuera posible.

Habló luego el Maestro con cada uno de los presentes, a fin de conocer sus profesiones y habilidades. Escogió de entre ellos a los dos mozos más robustos, y los mandó remontar el curso del río para que sirvieran de ayuda a Abel. Luego dispuso que comenzara de inmediato la construcción de la presa, encomendando a Caín la dirección de las obras.

En poco tiempo se localizó un buen emplazamiento a escasa distancia de la villa, y se organizaron cuadrillas de hombres y mujeres según su destreza. A cada cual se le asignó la tarea que le era más propia, en función de su disposición y oficio; y porque nadie quedara apartado de aquel asunto tan importante para todos, se procuró que todo el mundo tuviera algo en qué ocuparse, por pequeño que fuese. Entretanto, Abel había conseguido localizar corriente arriba una abundante floresta, en el que pudo hallar madera suficiente para la obra que proyectaban. Se instaló en aquel lugar junto a los hombres que enviara el Maestro, y no sin esfuerzo, fueron talando los maderos más gruesos que encontraron, de manera que, flotando mansamente sobre las aguas, pronto comenzaron a llegar a la ciudad. A medida que pasaban los días, y conforme llegaban los árboles, todos los que quedaban en la ciudad iban trabajando con mayor denuedo, a fin de terminar la obra en el plazo previsto. Caín administraba con buena mano la construcción, procurando que todos trabajaran con gran armonía, y se sentía realmente importante con tantas personas a su cargo. En este trajín fueron pasando las jornadas, hasta que, uno de aquellos días, los cielos comenzaron a oscurecerse por momentos, presagiando lo que todos temían. A la vista de tan segura amenaza, decidieron hacer un último esfuerzo, no fuera que el diluvio desbaratase de pronto aquel trabajo que con tanta determinación habían emprendido, y poniendo cada cual lo que estaba de su parte, consiguieron concluir la presa en el plazo previsto. Cuando la construcción hubo finalizado, se reunieron de inmediato todos los que allí estaban, y recorrieron las calles en grandes celebraciones, pues nada hay tan embriagador para los hombres como llevar a término tareas imposibles. Y así, a pesar del cansancio acumulado durante aquellas jornadas de intenso trabajo, en verdad se sentían todos embargados por un inmenso júbilo, pues habían conseguido ahuyentar sus temores gracias a su esfuerzo titánico. Pronto ensalzaron la maestría con que Caín había dirigido la construcción, pues eran conscientes de que gracias a su orientación y gobierno habían conseguido anticiparse a las lluvias. En agradecimiento a tan insigne director, se extendió de boca en boca una feliz iniciativa, de modo que cada uno de aquéllos fue hasta su casa y regresó para colmar a Caín con obsequios y atenciones. Al punto lo tomaron sobre sus hombros, y regalaron con vítores y aplausos los oídos de Caín, que se sentía dichoso con aquella dádiva de vanidad. Más he aquí que llegado este punto, el Maestro, que había permanecido mientras tanto contemplando el remate de las obras, habiéndoles oído se adelantó, e hizo ademán de hablar. Callaron todos al punto, pues sentían por él una gran reverencia. Hecho el silencio, su voz se elevó majestuosa por encima de los presentes:

-¡Sabed -dijo el Maestro recriminándoles- que no ha de recibir alabanzas quien cumple con su trabajo, pues estas son sin duda el principal sustento de la soberbia, enemiga del genio y la razón! He aquí que cada cual hizo su parte, de forma tal que no hubiera presa que levantar sin palos que la vistieran; ni utilidad en las vigas sin gentes que las ensamblaran. No debe haber entre vosotros principales ni sencillos, pues ninguna obra humana alcanzará jamás su culminación sin el trabajo de muchos. De igual manera es ahora entre vosotros.

Quedaron todos enmudecidos al escuchar estas palabras por boca del Maestro, que dejó maravillado al auditorio. Caín recordó de pronto a su hermano, y a los dos hombres que de su parte estaban, advirtiendo que en verdad la construcción de la presa no hubiera sido posible sin su trabajo. Habló entonces a las gentes, participándoles lo que pensaba, y estuvieron todos de acuerdo en esperar el regreso de los tres. Cuando estuvieron de vuelta, fueron recibidos con regocijo, y todos unidos continuaron festejando su obra hasta el alba.


QUINTA ENSEÑANZA:

Ninguna gota colmó un vaso

Sin que otras antes lo llenaran.

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