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PARÁBOLA DE LOS CAMINOS

Durante mucho tiempo, Caín y Abel habían caminado a través de distintas regiones, atravesando infinidad de territorios. Fueron jornadas duras pero provechosas, en las que tuvieron oportunidad de juzgar cuanto de bueno y malo hay entre los seres humanos. Mientras recorrían la Tierra en compañía del Maestro, se habían sentido siempre acompañados; aun hallándose en medio de las mayores dificultades. Incluso si alguna vez se vieron privados de su protección, podían al menos consolarse en su mutua compañía. Pero los dos habían crecido notablemente mientras tanto, hasta el punto de convertirse en jóvenes experimentados y capaces. Por este motivo el Maestro creyó oportuno someterlos a una prueba definitiva en la que tendrían que valerse de sus propias fuerzas. Según entendía, había llegado la hora de soltar sus ya escasas ataduras, y encomendarles la custodia de su propio destino. Sabía que, llegados a este punto, no era mucho lo que podía enseñarles todavía, de manera que no creía conveniente continuar a su lado por más tiempo, pues pensaba que para alcanzar su propia verdad, deberían cometer sus propios errores.

En estas y otras reflexiones venía sumido el Maestro cuando llegaron al fin hasta un paraje apartado de toda población. La densa vegetación que flanqueaba su recorrido desde hacía unos días se abría ahora ante ellos, dando paso a una extensa llanura. A lo lejos, confundido entre brumas, descollaba el contorno nevado de una lejana cordillera. No muy lejos de allí el camino que transitaban quedaba dividido en otros muchos, cuyos rastros se proyectaban en todas direcciones. El Maestro se detuvo para examinar la encrucijada con atención. Luego miró a sus discípulos, cuyos progresos celebraba para sí, y pensó que aquel era un lugar muy adecuado para ponerles a prueba. Así, se acercó a ellos, decidido por fin a revelarles lo que venía planeando:

-Mis bien amados discípulos -les dijo-, en todo este tiempo hemos tenido ocasión de compartir las más variadas experiencias, a lo largo de innumerables travesías. Según entiendo, nunca faltaron para vosotros oportunidades de las que pudierais extraer útiles enseñanzas. Día a día he visto aumentar ante mí vuestra sabiduría, vuestra moderación y vuestro amor por los hombres y mujeres, así como por la Tierra misma. En el principio os contemplaba como a dos criaturas desvalidas, y así lo recuerdo a veces con nostalgia. Mucho habéis crecido desde entonces, hasta llegar a transformaros en dos jóvenes discretos y juiciosos. Bien sé que para vosotros ha sido igualmente grato compartir todas estas jornadas, pues he descubierto en vuestros ojos el entusiasmo con que acometíais cada nuevo descubrimiento; sin embargo -reveló con pesar- no poseo todas las respuestas. Hay muchas cosas que yo no podré mostraros en adelante, pues corresponde a la vida hacerlo por mí. Esta es la causa de que nos hallemos hoy aquí: quiero que afrontéis un último desafío que me permita comprobar si mis enseñanzas han sido suficientes para completar vuestra instrucción. Ante vosotros se abren ahora distintos caminos -prosiguió el Maestro señalando el cruce-; es hora de que partáis en busca de vuestro destino. Quiero que cada uno de vosotros se aventure por uno de estos senderos. Nadie habrá de acompañaros en este último viaje, ni yo podré auxiliaros esta vez con mi presencia. Mientras tanto, esperaré aquí vuestro regreso. A la vista de vuestras nuevas decidiré si estáis finalmente preparados para marchar solos por siempre. Ahora decidme hacia qué remoto lugar, conocido o ignoto, pensáis dirigir vuestros pasos; y partid luego en buena hora.

Caín dejó que su vista se perdiera en el horizonte. Los paisajes lejanos y cautivadores por los que había transitado en el pasado acudieron de pronto a su recuerdo, y sintió dentro de sí un repentino anhelo. Si bien se sentía apenado por las palabras del Maestro, veía nacer al mismo tiempo en su interior una sensación de libertad que no había experimentado nunca antes. Muchas veces, durante el tiempo compartido con su hermano y el Maestro, había deseado poder deambular a su antojo, atraído por la novedad de las distintas rutas que interceptaban su recorrido, pues adivinaba en sus sendas el rumor de remotas ciudades que alimentaban su afán. Ahora, mientras contemplaba ensimismado aquella encrucijada, creyó llegada por fin la ocasión de alcanzar todas esas regiones misteriosas que conformaban sus sueños. De forma decidida se acercó hasta el Maestro, en cuyo rostro se advertían ciertos signos de melancolía.

-Amado Maestro -manifestó Caín-, también yo creo que ha llegado el momento de tomar el rumbo de mi propio destino, y aunque me apena dejaros, siempre he deseado visitar algunos lugares a los que no llegamos en el pasado, pues de ellos he oído referir historias fascinantes. Se cuenta que la fortuna sale al encuentro del viajero, pues todo esta proyectado para la diversión. Quienes han viajado hasta allí hablan con entusiasmo de jornadas saturadas de gozo y alegría que pueden alcanzarse sin demasiados esfuerzos. Sería muy de mi agrado encaminarme hacía esos lugares. Si aceptas que marche ahora, estaré de vuelta tan pronto como me sea posible, de modo que pueda participarte mis noticias.

-Si eso es lo que deseas, ve entonces -contestó el Maestro a Caín-; pero sé precavido, pues nunca antes tuviste que aventurarte sin nuestra compañía.

Así marchó Caín, dejando solos a los otros dos.

Abel meditaba en silencio. Mientras veía empequeñecerse a lo lejos la figura de su hermano, se sintió triste. Amaba al Maestro, y amaba igualmente a Caín. Sabía que aquel instante era el preludio de una despedida definitiva que llegaría tarde o temprano. Estaba seguro de que cuando regresaran de aquella nueva empresa los dos tendrían que asumir su propio sino. Probablemente, nunca volverían a ver al Maestro. Por eso Abel sentía aquella terrible congoja. Al mismo tiempo, comprendía que aquel era su destino, y que nada sobre la Tierra puede alterar la ley inexorable del Tiempo. Mientras perdía de vista la silueta de Caín, confundida ya en la distancia, pensó con mucho detenimiento hacia qué lugar dirigiría sus pasos, pues ambicionaba que aquel viaje fuera realmente una nueva oportunidad de aprendizaje. Pretendía extraer de este nuevo desafío la mayor de las lecciones, porque no dudaba que sería la última que podría comentar después con el Maestro. Mucho pensó Abel en estas cosas, hasta que por fin tomo una decisión.

-Maestro -dijo al fin-, como sin duda recordarás, durante alguno de nuestros viajes oímos referir las proezas que se atribuyen a todos cuantos en el pasado trataron de alcanzar el confín más remoto de la Tierra. En las crudas noches de invierno, mientras desadormecíamos nuestros entumecidos pies junto a algún fuego prendido en el camino, mi hermano y yo tuvimos oportunidad de escuchar algunas de estas hazañas de tus propios labios. Por lo que sé, todos aquellos que intentaron esta empresa en el pasado fracasaron sin remedio. Y sin embargo estimo que su empeño fue meritorio. Ahora, quiero que me des tu aprobación, para emprender esta misma ruta, e intentar llegar hasta donde otros no pudieron. He decidido partir tras los pasos de aquellos que me preceden en este intento, y llegar, si la fortuna me es propicia, hasta el confín de la Tierra.

El Maestro tenía una gran confianza en Abel, más con todo, sopesó detenidamente los riesgos de aquella empresa tan descomunal. Finalmente, no sin mostrar cierta inquietud, decidió consentir:

-Alabo tu determinación -dijo entonces. Procura guiarte por la prudencia y el buen ánimo que atesoras. En este mismo lugar esperaré con impaciencia tu regreso.

Así fue como Abel se marchó también, siguiendo un camino distinto al que tomó su hermano.

El Maestro quedó sólo y entristecido. Acto seguido, se apartó hasta un lugar menos transitado, escogiendo a tal fin un pequeño cerro a la salida de la arboleda, desde el que podría advertir fácilmente el regreso de los dos en los días venideros. En aquel lugar, alejado de cualquier distracción, dedicó muchos días a la oración, que interrumpía sólo para entregarse a profundas reflexiones. A menudo procuraba también pasear, y daba entonces largas caminatas, pues pensaba que no sólo deben mantenerse activos el espíritu y la mente, sino también el cuerpo. De esta manera pasaban las jornadas, y todavía no tenía noticias de los dos hermanos.

Pero ocurrió que cierto día se hallaba el Maestro caminando por el collado, cuando a lo lejos, por una de las sendas que concurrían en el cruce, vio llegar a un joven que le pareció Caín. Tan grande fue su emoción después de aquel período de soledad, que descendió enseguida en su busca, y comprobando que era él, corrió a abrazarlo, dándole la bienvenida con gran alborozo. Enseguida regresaron los dos hasta el promontorio, porque pudiera Caín despachar algún manjar de entre los que había provisto el Maestro, pues traía un hambre feroz. Cuando se hubo repuesto por fin, quiso saber el Maestro qué había significado para él semejante experiencia, y si la había encontrado provechosa. Caín se mostraba entusiasmado mientras iba dando respuesta a estas preguntas. Habló con placer de sus muchas aventuras, y de cómo había conseguido visitar todos los rincones que había previsto a su partida, sin que dejara de distraerse en ninguno de ellos. En sus palabras se dejaba notar que había realizado su viaje con gran deleite, sin que nada se le opusiera, ni encontrara dificultades tan grandes que no hubiera podido superar por sí solo. El Maestro se encontraba dichoso con la venida de Caín, y asentía con atención a todas las explicaciones que el muchacho le daba de sus hazañas.

Transcurrieron aún algunos días, en los que ambos conversaron animadamente. Pero he aquí que cierta mañana, mientras se encontraban los dos desayunándose despreocupadamente, acertaron a ver en la distancia una figura que avanzaba maltrecha por el camino. Alertados por su visión, dejaron pronto cuanto estaban realizando, y bajaron luego hasta el cruce, por ver si podían socorrer a aquel prójimo que parecía abandonado a su suerte. El hombre, que se acercaba al fin hasta donde ellos estaban, caminaba desfallecido, con los ojos clavados en el suelo, mientras el Maestro y Caín aguardaban impacientes. Pero por más que miraran hacia él con toda su atención, no lo reconocieron hasta que hubo levantado la vista hacia ellos.

-¡Abel! -gritó el Maestro sobresaltado. ¿Qué es lo que te ocurre, que apareces ahora con estas trazas de gran calamidad? Pero ven, vayamos a un lugar más recogido, en el que puedas tomar bocado y descansar un tanto.

Dicho lo cual regresaron los tres, alejándose de la encrucijada. Una vez en el collado, se sentaron en un pequeño prado, porque pudiera Abel recuperar sus energías. Pronto pudo respirar con alivio, sintiéndose al fin en lugar seguro. Después de ver a su hermano y al Maestro tan angustiados, quiso contarles sin más demora lo que le traía con aquella facha.

-Sabed -comenzó- que grandes han sido las calamidades que me han salido al paso, como grande fue también mi sufrimiento, que de tanto seguirme, tomó la forma de mi sombra en el día y de mi sueño en la noche. No encuentro palabras que puedan describir con justicia los terribles parajes que me vi obligado a atravesar mientras buscaba el confín de la Tierra. Bien puedo deciros que son muchos los misterios que lo preservan de los ojos de los hombres. Atravesé suelos rojos, en cuya atmósfera vapores hediondos quebrantaban mi respiración, y cuya arena hiriente abrasaba mis pies. Recorrí otras regiones esculpidas en hielo, que de tan frías quemaban mis manos, dejándolas inertes e insensibles, tal y como si me abandonara realmente una parte de mí. Todos estos horrores padecí en mi larga odisea. También tuve ocasión de presenciar escenas estremecedoras, que causaron en mí gran espanto, pues hallé los cadáveres de muchos otros que me precedieron en este viaje, y que permanecían semiocultos en lugares tenebrosos cercanos al camino. Bajé luego atravesando cañones interminables, y trepé a las más altas montañas, y en cada lugar encontré razones suficientes para desistir. Y por fin, cierto día en que mis fuerzas eran ya tan exiguas que apenas ayudaban a sostenerme, llegué hasta la última cumbre. Desde sus riscos nevados y temibles creí entrever en la lejanía el último de los lugares, pues nada sino el sol aparecía más allá. Abrí entonces mis ojos maltrechos tanto como pude, y lo que vi me dejó maravillado por completo, pues juro que el cielo se quebraba suavemente, del mismo modo en que el aceite se agita sobre las aguas mansas de un tonel, y aparecía luego dibujado en insólitos y suaves colores, como si un torrente de luz discurriera en verdad sobre el firmamento. Traté de alcanzar aquella visión, más ya era tarde. Mis huesos y mis músculos, derrotados por fin tras aquella brutal travesía, cedieron contra mi voluntad. Supe entonces que debía regresar, pues de otro modo hubiera muerto sin remedio entre las álgidas peñas. Con gran pena, me vi obligado a tomar el camino de vuelta, para haceros partícipes de mis nuevas. Ahora maldigo una y mil veces mi suerte, pues fracasé.

El Maestro sintió lástima por Abel. Después de escuchar sus lamentos levantó al punto su mano, en señal que hacía cuando tomaba la palabra para decir algo importante, y habló así:

-¡Mi bien amado!, alegra ese rostro tan sombrío, y abandona ya tan oscuros pensamientos. He pasado muchos días junto a Caín aguardando tu retorno, mientras celebrábamos los dos su afortunado viaje. Caín ha visitado aquellos lugares que tanto han celebrado otros, y anduvo en ellos despreocupado y alejado de cualquier calamidad. Tú apareces hoy ante nosotros abatido y maltrecho, creyendo erróneamente que me defraudas. Pero debes saber que tu hermano, habiendo llevado a término esta última prueba con éxito, escogió sin embargo el camino más sencillo, pues su destino está al alcance de otros muchos. Tú te adentraste por senderos inexplorados, y aunque no llegaste hasta el confín de la Tierra, debes estar satisfecho de tus logros, pues eres en verdad quien ha recorrido la mayor distancia.


DÉCIMA ENSEÑANZA:

Si persigues la meta más lejana,

Llegues donde llegues habrás llegado lejos.

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