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PARÁBOLA DEL CONSTRUCTOR

En aquel tiempo, mientras los tres proseguían su peregrinación a través de los caminos y senderos de la Tierra, se iban sucediendo las distintas generaciones de hombres y mujeres. Eran las estirpes iniciales, que terminarían poblando muchos años después todas las regiones. Aquellos primeros moradores perseveraban intentando conquistar el mundo que había sido conformado para ellos. A decir verdad, apenas lograban concebir una reducida parte del futuro que les estaba reservado por la Voluntad. Conforme prosperaban, iban creciendo con ellos el Tiempo y la Palabra. En los primeros años, compartían su destino con la naturaleza, y de ella se abastecían. Vivían de la caza, de la pesca, y de una limitada labor artesana, desarrollada en la vecindad de los ríos y lagos. Entonces todo era bastante más sencillo. En verdad, poco era lo que constituía el quehacer cotidiano de aquellos pueblos dispersos, y cualquier transformación introducida en una parte, tardaba a veces siglos enteros en extenderse a las otras. Apenas una docena de cosas, elementales y cotidianas, se bastaban para mover la vida de cientos de seres humanos en aquellos días. No ha de resultar sencillo para nosotros evocar un mundo semejante, pues una docena de cosas son menos de las que hoy llevamos en el bolsillo de nuestros pantalones. Y sin embargo era ciertamente una época encantadora y simple como ninguna otra. No obstante, los hallazgos que han venido sucediéndose a través de los tiempos, con frecuencia resuelven numerosos y graves inconvenientes. Y así lo debieron juzgar también los primeros habitantes de la Tierra, porque de forma interminable fueron creando diferentes herramientas, ornamentos, y toda clase de enseres. Pronto fue tal la abundancia de utensilios, que se hizo imprescindible nombrarlos. Así, mediante la Palabra, custodiada por los pueblos como más sagrado don, le fue asignada una voz a cada nueva realidad. Y se procuró en todas partes que cada nuevo nombre fuera conocido por todos. Mientras, el paso del tiempo se había convertido ya en una obsesión para las gentes, pues discurría paralelo a sus vidas, y no tenía senderos de retorno. Por este motivo se buscaron nombres también para él, con el deseo de que estuviera presente por siempre. Así acontecía en la primera edad del Hombre, en virtud de su propia voluntad. Sin embargo, ya entonces, cuando todo giraba alrededor de circunstancias tan naturales y escasas, el Hombre comenzaba a olvidar lo que la vida tenía de trascendente. Y aquello que desconocía, como a nosotros ahora, le hacía daño. Había olvidado que nacer y morir son sólo distintas formas de ser. Y también que fue la Voluntad Primera quien estimó conveniente dejar el firmamento como testimonio silencioso del Caos. Por eso no comprendía la causa de aquel recelo que llenaba sus noches, y que le hacía experimentar una zozobra espantosa al adentrarse en el reino sugerente de los sueños. Tampoco entendía por qué, en los días fríos y desapacibles, temblaba de pronto ante la sola visión de la Luna. Muchas cosas han cambiado desde entonces, más no ésta: los miedos que nos persiguen han sido los mismos en todas las épocas. En un principio, el Hombre se sentía indefenso frente a su propio desamparo. Pero muy pronto alcanzó a comprender que había algo que sí podía hacer para acrecentar su confianza. Aprendió enseguida que denominar a las cosas que ignoraba le ayudaba a no temerlas. Fue consciente de que dotándolas de identidad conseguía desarrollar cierto poder sobre ellas; y así, fue nombrando todo cuanto era fuente de inquietud para él. A La Voluntad que compuso todo lo que existe la llamó Dios. Y aunque no guardaba memoria de su obra, ni pudo penetrar jamás su profundo misterio, encontró en su corazón que debía amarla. Después miró en su interior, y a la conciencia de ser más pequeño que el Tiempo, la llamó muerte. Movido por su gran determinación, el Hombre procedía de este modo. Y sin embargo era consciente de que también podía ser sometido a pesar de su propia voluntad. A la conciencia de ser más pequeño que la voluntad la llamó miedo. Fue así que el verbo se hizo en el Hombre y el Hombre en la palabra. A la conciencia de ser más pequeño que la palabra puso nombre por fin, y la llamó ira. Pronto algunos hombres pensaron que si amaban el mundo y se amaban a sí mismos, si apreciaban la vida en toda su plenitud, en ellos y en los otros, podrían ser tan grandes como el Tiempo, como la Voluntad o como la Palabra. A éstos, los otros hombres los llamaron sabios o maestros. Pero incluso los sabios se sentían conmovidos ante la muerte, y no hallaban para ella palabras de consuelo. Tras muchas cavilaciones, pensaron que encontrarían la respuesta a sus preguntas en el firmamento, pues de él provenía la luz del Sol, que alumbraba sus días; y en él moraba también la fascinante Luna. Elevaron entonces sus ruegos al cielo, engalanándolos con el portento de la música, junto a las voces sobrias y majestuosas de todos los pueblos.

En aquellos días, llegó el Maestro junto a sus discípulos hasta una población que estaba asentada en la margen derecha de un gran río. Sus casas, blancas y pequeñas, aparecían aumentadas ante la vista por efecto de la mucha claridad, pues aquel día era despejado y luminoso como pocos. Desde el ancho camino que conducía a la aldea, se dejaban sentir los numerosos trinos de las avecillas que poblaban los cercanos matorrales. Era por todo un paraje encantador aquél que transitaban. No obstante, había asimismo en el ambiente una cierta tristeza, que se podía advertir en la ausencia de hombres y mujeres, pues ninguno se veía por las inmediaciones, a pesar de la hora, y de que en las cercanías, próximos a la corriente, algunos huertos reclamaban la atención de una mano afectuosa. Los tres continuaron su trayecto distraídos por pensamientos ambiguos, hasta que, desde la distancia, escucharon de pronto un grito de bronce. Cuando ya divisaban con nitidez el promontorio sobre el que se elevaban las casas más importantes de la villa, un sonido estremecedor y rotundo se elevó por encima de los pájaros captando de inmediato su atención. Por primera vez desde que comenzaran a caminar con el Maestro, Caín y Abel escuchaban ahora una campana. Quedaron ambos mudos de asombro, mientras el repique se hacía más intenso conforme caminaban. Llegaron al fin hasta un robusto puente que franqueaba la corriente, y una vez lo hubieron cruzado, se adentraron junto al Maestro en la población. A ambos lados del camino, fueron encontrando muchos grupos de campesinos, los mismos que antes echaron de menos junto a las huertas. Tristes y resignados, aquellos hombres y mujeres acudían hasta la plaza en que concurrían todas las calles del pueblo, frente a las puertas silenciosas de un sencillo templo que presidía la glorieta. Marchaban todos con las cabezas inclinadas, ensimismados y cariacontecidos, mientras se entregaban a profundas cavilaciones. De vez en cuando, al encontrar en su trayecto a las personas tenidas por más sabias, levantaban la vista movidos por una esperanza repentina. Las miraban entonces escrutando en sus semblantes un gesto que aquietara sus dudas. Pero no encontraban en sus ojos el consuelo que anhelaban, pues tampoco ellas tenían palabras que confrontar con el misterio mayor de todos. El Maestro, entretanto, quiso revelar a sus amados compañeros el mensaje terrible que ocultaban aquellas campanas que habían causado en ellos tan gran fascinación:

-Este apesadumbrado sonido de bronce -dijo el Maestro, mientras miraba a los dos con exquisita ternura- proclama entre estas gentes la llegada de la muerte.

Abel, al pasar junto a la muchedumbre que se congregaba en torno al templo, se preguntaba a qué gran persona honrarían sus vecinos con tan hermoso duelo, pues los rostros de todos denotaban una sincera y profunda reverencia. Mientras pensaba estas cosas, caminaba junto a su hermano, al lado del Maestro. Iban los tres mezclándose en silencio con el resto de los hombres y mujeres allí presentes, hasta que, con gran sigilo, fueron llegando todos frente al pórtico del templo. Abel observaba con detenimiento aquella multitud. Notó, en el murmullo inadvertido que envolvía a los concurrentes, la presencia tenaz de un oscuro temor. Miró los rostros de jóvenes y ancianos, hasta que fue capaz de sentir su mismo dolor y quiso compartirlo.

-Maestro -dijo- en todo este tiempo, mientras mi hermano y yo recorríamos junto a ti la senda de la vida, hemos visto a menudo cómo los hombres y mujeres mueren en todas partes. En el pasado nada quise preguntarte, pues era grande el respeto que me imponían estas escenas; y sin embargo, hoy puedo sentir que no he encontrado las respuestas que preciso. No alcanzo a comprender por qué la muerte detiene de pronto el camino que cada persona va trazando a través de su vida. ¿Por qué razón han de perecer aquéllos que son justos, quedando los otros desprotegidos sin su favor? ¿Cuál es entonces el sentido de todo lo que aprendemos?

El Maestro quedó pensativo. Desde el día ya lejano en que Abel y Caín, siendo apenas dos niños, comenzaran su fascinante odisea, sabía que alguna vez escucharía de sus labios esta pregunta. Los miró, y alcanzó a ver en ellos la misma congoja que reflejaban los rostros de las gentes de la aldea. El Maestro entendía también que los dos deberían buscar a lo largo de su vida la respuesta a estas preguntas, pues en esto mismo consiste la libertad. Pero no quiso dejarles sin consuelo en ocasión semejante, de manera que trató de encontrar aquellas palabras que pudieran calmar su manifiesta inquietud. Así, mientras les miraba con gran ternura, se expresó en estos términos:

-Sin duda -comenzó- ha de parecer a los ojos de los hombres un elevado tributo el que exige la Muerte. No obstante, la vida ha sido concebida por la Voluntad Primera para que, en el tiempo que le sea asignado, cada uno de nosotros pueda construir a través de ella su propio destino. Todo lo que habéis visto hasta ahora, y cuanto veréis en el futuro, forma parte de un mundo que lucha por desterrar para siempre la memoria del Caos. La realidad no se ha creado perfecta, pues de haber sido así, en esa misma perfección hubiera muerto la Voluntad, cuya dinámica es su razón de ser. Y aunque quizás estas palabras resulten incomprensibles para vosotros, un día llegará en que podáis entenderlas. Cada uno de los hombres y mujeres que hemos encontrado hoy aquí, como aquellos otros que en adelante veremos, tiene asignado un lugar en el mundo. Así, cuanto aprenda en el tiempo que le corresponda, habrá cumplido su parte en la obra de perfección, pues servirá de lección a los otros. De este modo, cuanto más vea el Hombre tropezar a sus semejantes, menos tropezará a su vez; y cuanto más vea amar, más amará. Así, todas las vidas de hombres y mujeres cumplen su cometido en este mundo, pues todas sirven de estímulo o de advertencia para quienes han de llegar después a ocupar el lugar que otros dejaron.

El Maestro, luego de tan provechosa disertación, animó a sus discípulos para que entraran junto a él en aquel sobrio templo. Ambos le miraban absortos, incapaces de articular una sola palabra. Al tiempo de traspasar el umbral, el Maestro señaló a los concurrentes, hablando de nuevo a Caín y Abel:

-Las gentes que ahora notáis afligidas, ofrecen a través de estas exequias su postrero homenaje a un hombre notable, muy querido entre los suyos. Y porque comprendáis mejor cuanto os he dicho, sabed que éste por quien se conduelen sus vecinos, era un esforzado constructor que en realidad no ha muerto del todo, pues no ha muerto para nosotros lo que le estuvo dado aprender. Él fue quien nos dejó entrar en la aldea en brazos de aquel magnífico puente que cruzamos al llegar, y cuya provisión debemos a su ingenio.


CUARTA ENSEÑANZA:

No muere lo que somos,

Porque somos lo que hacemos.

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