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PARÁBOLA DEL GUERRERO

En la Tierra se sucedían los siglos, sobreviniendo sin pausa ante la mirada atenta del Maestro, que procuraba encontrar en todos ellos ocasiones propicias para el aprendizaje de Caín y Abel. A lo largo de todo ese tiempo, mientras los tres se aventuraban por caminos diversos, iban apareciendo nuevas civilizaciones; enigmáticas y extravagantes las unas, humildes y encantadoras las otras. Y lo hacían en una progresión que llegó a ser vertiginosa en algunas épocas. Poco a poco, algunos de estos nuevos grupos humanos, estimulados por su propio crecimiento, comenzaban a extender su dominio a través de grandes territorios sometidos a sus intereses. Ocurrió entonces un hecho que vendría a determinar para siempre el futuro de la humanidad. En todas partes, los hombres que hasta entonces vivían confiados en pequeños núcleos de población, entregados a la práctica de sus sencillas y hermosas tradiciones, fueron volviéndose temerosos los unos de los otros. Los grupos recién formados, movidos por la ambición incipiente, reclamaban para sí cada porción de tierra, y de esta forma, iban olvidando paulatinamente cuál era el origen de todos ellos, pues todos provenían del mismo lugar y debían su vida a la misma Voluntad. A menudo ocurría, entre la multitud anónima que conformaba aquellas primeras naciones, que ciertos individuos despiadados hacían valer su fuerza o su astucia para mover en los demás sentimientos de temor. Con esta arma poderosa, conseguían despojar a los otros de los dones de la Tierra, que de otro modo hubieran sido bastantes para todos, y tomaban de ellos el poder necesario para extender su sombra de terror. Así era entonces; y así, lamentablemente, sigue siendo hoy. En tales circunstancias, muchos incautos seguían a estos caciques, pues encontraban junto a ellos la protección que precisaban frente al miedo creciente. De esta forma se inició una loca carrera sin retorno, pues siempre había un caudillo mayor al que temer, y otro más grande aún a quien confiar la propia seguridad, de tal modo que el miedo seguía propagándose de manera inexorable. Era el temor que brotaba entre los semejantes; un miedo que no era como aquel otro que infundían la Luna o la noche, sino mucho más terrible: era el temor del Hombre al propio Hombre. Aquel nuevo caos amenazó para siempre la frágil paz establecida entre los pueblos de la Tierra. Desde entonces, los fuertes y los astutos, que sometían de manera despiadada a sus congéneres, fueron llamados señores; y aunque con frecuencia solían verse rodeados de sabios, la mayoría de las veces no lo hacían sino por ornamento, pues llegado el caso usaban de su propia determinación sin confiarse a las palabras de los prudentes. Fueron tiempos de dura porfía para el Maestro, porque entonces se sentía conmovido como nunca, y temía de veras por el futuro, pues entendía que no había enemigo más feroz del Hombre que el Hombre mismo. En aquellas fechas, el Maestro recorría sin pausa todos los ámbitos, y atendía los lamentos que en todas partes elevaban las voces de los humildes. Siempre que le era posible, movido por su infinita caridad, procuraba su auxilio a cuantos le solicitaban en todos los rincones.

El Hombre afrontó entonces multitud de nuevas situaciones que nacían del temor, para las cuales no albergaba en su ánimo ninguna prevención. Se enfrentó a la miseria y a la codicia; al poder y a la guerra; a la servidumbre y al hambre, y todo resultaba inquietante para él. Aquellos fueron tiempos verdaderamente difíciles, pues en ellos se gestaron todas las injusticias que aquejan a la humanidad, aún en nuestros días. Tanto hubo de esforzarse el Maestro para proporcionar algún consuelo a los más desventurados, y tan frecuentes eran sus viajes, que Caín y Abel quedaban a menudo privados de su compañía. El Maestro, que era reclamado desde todas las regiones, prefería dejarlos a recaudo de tantos horrores.

Aconteció cierto día que Caín y Abel se encontraban aguardando el regreso del Maestro junto a las faldas de una imponente cordillera, pues había partido de nuevo en uno de aquellos viajes. Habían acordado los dos esperarle por espacio de varios días, porque a su regreso proyectaban marchar con él en busca de un lugar en el que pudieran recuperar la plenitud de los días lejanos vividos en paz. Con esta idea, tomaron refugio en una pequeña cabaña de madera que quedaba a corta distancia del camino, y que servía de cobijo a los pastores que a menudo recorrían aquella ruta. Ya en otras oportunidades se habían alojado los tres en aquel lugar, y como entonces, les pareció también tranquilo y confortable en esta ocasión. Cuando habían transcurrido dos días desde la marcha del Maestro, acertó a pasar junto a ellos una insólita comitiva de hombres a caballo, levantando tras de sí una enorme polvareda. Los dos hermanos habían advertido en la distancia aquel grupo tan numeroso de jinetes, y pronto repararon en que tomaba camino hacia el lugar en que ellos se encontraban, pues era éste un paso obligado para quienes se aventuraban a cruzar las montañas.

Marchaba al frente de aquella hueste un hombre arrogante a lo que parecía. En el severo contraste que se advertía entre el descuido de su atuendo y la reverencia con que era servido por los otros, se dejaba notar que se trataba de un señor de la guerra. Era un hombre alto y malencarado, si bien adornaban su rostro ciertos atributos que no lo hacían completamente desagradable. Vestía con lo que parecía ser un acopio de prendas obtenidas de trajes bien diversos. Destacaba en su extraño atavío un curioso pañuelo anudado sobre la cota de malla, y llevaba también unos calzones oscuros y ceñidos. Además de estas ropas, y como casi todos sus acompañantes, portaba abundantes armas. Flanqueaban tan inusitado cortejo un gran número de músicos, titiriteros y saltimbanquis, que hacían sonar sus instrumentos enloquecidos, e iban corriendo de un lado a otro, mientras entretenían a los personajes principales que mandaban el grupo con mil bufonadas. Al frente, cabalgando a ambos lados del señor, venían otros hombres, que debían ser los de más confianza para él. Al igual que el guerrero, vestían con extraña facha, fruto de los saqueos que a buen seguro practicaban con frecuencia.

Una vez hubieron llegado a la altura de los dos hermanos, mandó el caballero principal parar al resto, pues le llamó la atención la compostura de ambos, ya que no aparentaban temor ante su aparición, como era común entre todas las personas que encontraban en su ruta. Adelantó unos pasos su montura para poder examinarlos de cerca. Semejante gesto no gustó mucho a Abel, pues había percibido en aquellos jinetes algún indicio que le impulsaba a desconfiar. Después de mirarlos con mucho detenimiento, el guerrero decidió consultar con ellos, pues aquellos parajes le eran completamente desconocidos, y temía tomar un camino equivocado.

-¡Buen día! -dijo a modo de saludo, a lo que contestaron ambos con parecidas fórmulas. Sabed -continuó el caballero con una voz ronca y cavernosa- que me contenta hallaros en este camino, que viene de largo tan deshabitado. He creído notar, después de examinar vuestras vestiduras, tan esmeradas y humildes a un tiempo, que sois a buen seguro discípulos de algún sabio notable, lo cual me complacería de grado. Nunca estuve antes en este lugar, ni tampoco ninguno de los muchos que hoy me acompañan. Y bien; ¿acaso conocéis por ventura estas montañas?

Caín, a pesar de la mucha amabilidad con que el caballero pronunció estas palabras, mostró también su recelo, pues en verdad eran temibles aquellos jinetes que iban con él, cuyas monturas llenaban el aire con espantosos bufidos. No obstante, haciendo acopio de valor, trató de responder al caballero con gentileza, pues así lo tenía aprendido del Maestro.

-Acertáis al interpretar que somos compañeros de un sabio, que por cierto, pronto ha de regresar con nosotros -contestó Caín. También estáis en lo cierto al suponer que conocemos estas cumbres, pues así es en efecto. Decidme: ¿Acaso necesitáis nuestra ayuda?

El señor encontró divertido el ademán de Caín, pues estaba habituado a la rudeza de la guerra, y hacía mucho tiempo que no topaba en su camino gentes de paz, y a lo que parecía, de tan buena disposición. Mandó entonces detener la comitiva para poder así conversar con aquellos muchachos que movían su curiosidad. Acercó su caballo a la entrada del refugio para desmontar, y cuando estuvo por fin frente a los dos les habló así:

-Todos nosotros -dijo señalando su comitiva- hemos realizado un largo periplo hasta llegar por fin a esta comarca. La razón de nuestra expedición no es otra que ésta que ahora os participo: hace algún tiempo, mientras me hallaba descansando en mis dominios luego de una dura batalla, un grupo de trovadores llegó hasta mi fortaleza y me obsequió con hermosos poemas. Mediante aquellos cánticos, que sin duda eran dulces y elevados, tuve noticia de que en las proximidades de este lugar vive una doncella cuya belleza compite en gracia y discreción con las más grandes que recuerden los siglos. Cuando inquirí a los músicos sobre la portentosa muchacha que daba origen a sus canciones, me dijeron que ésta era dulce, noble y delicada como ninguna otra sobre la Tierra, y que sin duda sería buen partido para un personaje tan principal como yo. Hace tiempo que vengo calculando la mejor manera de abandonar el ejercicio de la guerra y tomar mujer, pues aunque soy joven todavía, quiero disfrutar largo tiempo de cuanto he ganado en la contienda. Muy a mi pesar, en todo mi feudo no hay doncellas que puedan servir adecuadamente para tal fin, pues todas son villanas. Así, cuando escuché las canciones que traían a mi puerta estos juglares que ahora me acompañan, y supe a través de ellas que en esta región habitaba una beldad semejante, al instante decidí venir hasta aquí y tomarla cuanto antes como mujer, pues corresponde a mi fama desposar una muchacha semejante. Cuando la encuentre por fin, haré de ella mi señora, y engendraré de su vientre a mis descendientes, porque sean tocados con su belleza. Crecerán entonces con su donaire y mi astucia, y serán dignos sucesores de mi linaje. Con este propósito que ahora conocéis he gastado ya muchas jornadas de dura travesía. Pero muy a mi pesar, desconozco que senderos son los que cruzan esta cordillera. Si vosotros pudierais orientar a mis gentes a través de las cumbres, podría ganar un tiempo precioso. A cambio de vuestra ayuda prometo recompensaros con generosidad. Debéis saber que me urge encontrar cuanto antes la ruta más propicia, pues no es sensato dejar mis dominios sin protección por más tiempo.

Abel encontró un tanto arrogante el discurso del hidalgo, pues no estaba acostumbrado a tratar con gente de su categoría. Le incomodaba sobremanera la torcida intención con que realizaba aquel viaje, pues, según creía, nada hay tan indigno como tomar a alguien contra su voluntad. Miró a su hermano, que parecía compartir su impresión en aquella ocasión. Por un momento dudó, pues no sabía bien qué contestar, hasta que recordó de pronto lo que había escuchado del Maestro, cuando en cierta ocasión les animó a ser prudentes y bien intencionados en todo lo que hicieran. Con estos pensamientos se contuvo, y comoquiera que además se hallaba en descomunal desventaja con respecto a aquellos hombres, creyó que lo más sensato era mostrar una buena disposición hacia el viajero.

-Mi hermano y yo os mostraremos con gusto el camino que debéis tomar -dijo por fin Abel. Más dejad para otra ocasión vuestra recompensa. Como podréis advertir, dada nuestra condición, poco es en verdad lo que necesitamos. Según mi parecer, nuestro premio no ha de ser otro que escuchar de vuestros músicos esas maravillosas trovas que tanto nos habéis encarecido, pues si en verdad son tan hermosas como decís, sin duda nos deleitarán. También será grato a nuestros oídos participar de vuestra conversación; a buen seguro nos ilustrará sobre muchas cosas que ignoramos aún y que podrán sernos valiosas en el futuro.

-¡Bien me satisface vuestra respuesta -contestó el señor, que comenzaba a sentir cierta simpatía por los dos hermanos-, pues más caro me es el oro que el discurso!

Seguidamente, comenzaron la travesía en la dirección que apuntaban Caín y Abel, siguiendo una espaciosa pista que se adentraba en las cumbres. Los dos jóvenes abrían la comitiva, a ambos lados del señor, y charlaban animadamente con él de los asuntos más diversos. Tras ellos marchaban también algunos hombres que participaban de la conversación, pues todos sentían viva curiosidad por aquellos dos muchachos que habían sido tan del gusto de su señor, ya que éste no acostumbraba tanta franqueza con extraños. El resto del ejército, formado por soldados y sirvientes, y por los trovadores y titiriteros que animaban la marcha, seguía inmediatamente después, entonando alegres canciones que formaban un gran alboroto. La caminata había despertado la sed de los que iban a pie, y pronto comenzaron a pasar de mano en mano ligeros pellejos de amable vino, a la par que espléndidas raciones de carne y pasteles. Con tales viandas iban todos gozosos y animados; y era tan grande el entusiasmo con que acometieron la subida, que apenas se daban cuenta del tiempo que iba transcurriendo desde que partieron.

Más adelante, llegaron por fin a una falsa planicie que servía de plataforma a las cimas más altas. Abel observaba con detención los formidables picos, hasta que, repentinamente, mandó que parara la comitiva, pues conocía muy bien aquellas montañas. Aquello incomodó al señor, que no acostumbraba a que otros mandaran sobre sus hombres, y era además poco amigo de contratiempos.

-¿Pues... qué diantre sucede? -preguntó el caballero con cierto enojo.

-Sabed -contestó Abel- que nos aproximamos a un largo y estrecho desfiladero que llega hasta las cumbres en esa dirección -dijo señalando con el dedo. Mi hermano puede confirmaros que en esta época del año son frecuentes los aludes en esta zona. Según parece, en varias ocasiones se cerró el paso por completo, tal y como hemos oído referir a los pastores que lo frecuentan con sus rebaños. Si miráis allá en lo alto, sin duda podréis advertir que las cumbres están cubiertas de nieve. Por tal motivo, considero que sería muy prudente cesar al instante con todo ese estruendo que arman vuestros siervos, pues es en extremo arriesgado continuar con tanta algarabía. Más aún; me temo que ni en el más absoluto silencio sea juicioso tomar este camino; muchos son los caballos que sirven a vuestros valerosos jinetes, y sus solas pisadas podrían bastar para desatar la tempestad. Os sugiero que sigáis mi consejo, y prosigáis vuestro viaje por aquella otra vereda que circunda la cumbre más elevada.

El señor, después de escuchar aquella exhortación, mostró gran inquietud por la repentina dificultad en que se veía su expedición. Miró largamente a Caín, por ver si éste tenía una opinión distinta, pero reparó en que mostraba claros signos de coincidir con su hermano. Al cabo, interrogó de nuevo a Abel:

-Di, muchacho: ¿Es acaso más corto ese otro camino que dices?

-No, no lo es -contestó-, pero sin duda es más seguro.

Tomó un momento el caballero para meditar, pero enseguida consideró todo el tiempo que, sin lugar a dudas, le llevaría rodear la cima. Miró hacia atrás, advirtiendo que sus acompañantes comenzaban a mostrarse intranquilos, pues eran hombres de acción, y no entendían por qué se habían detenido cuando estaban ya tan cerca de su destino. El señor se impacientaba por momentos, pues comprendía que si tomaba en consideración la indicación de Abel se demoraría más de lo previsto. Además, el alboroto que formaban sus hombres contribuía de manera notable a incrementar su inquietud. De pronto, exhibiendo un carácter propio de su ruda crianza, de forma repentina e incomprensible montó en cólera:

-¡Mira bien este brazo muchacho! -Gritó el señor fuera de sí, mientras elevaba su espada a los cielos- ¡Ante él inclinaron su rodilla los más temibles caballeros que la Tierra haya conocido! ¿Crees que ha de doblegarse ahora ante unos campos nevados? ¡He malgastado muchas jornadas hasta hoy! ¡No puedo perder más tiempo en adelante!

Caín quedó turbado ante la furia del caballero. Sintió rugir a sus espaldas aquella hueste bárbara, y al instante notó como se endurecían todos los músculos de su cuerpo, pues se tenía por valiente, y era poco amigo de escuchar ofensas. Pero Abel conocía de sobra el temperamento de su hermano, y temiendo su furia decidió anticiparse a él, no fuera que llevado por su ánimo cometiera alguna insensatez. Tomó del brazo a Caín, y sujetándole, le hizo luego un gesto, con el que quería indicar que era suicida enfrentarse con aquel ejército. Después se puso frente a su hermano, y mirando a los ojos al señor, le habló con gran serenidad.

-Sin duda sabéis lo que decís. Por mi parte, lamento que no podamos acompañaros en esta oportunidad, pues como recordaréis aguardamos desde hace tiempo a nuestro maestro. Partid pues con vuestra comitiva, y que el destino os acompañe.

Era tal el aplomo con que Abel pronunció estas palabras, que el señor contuvo su enojo ante la mirada resuelta del muchacho. Se despidió luego de ellos sin demasiadas ceremonias, mandando proseguir a sus hombres por el camino que desaconsejara Abel, alejándose al fin de los dos hermanos.

A medida que penetraban entre las fauces silenciosas de las montañas más altas, el sonido de los músicos se hacía menos intenso. Desde las alturas, la intensa luz que reflejaba la nieve confería a la comitiva una apariencia espectral conforme se aproximaba al centro del cañón. Los últimos ecos de los timbales cesaron de pronto. Se oyó el espantoso rugido de la tempestad, arrastrando en el viento mil fragmentos de hielo, y en un instante todo se llenó de polvo helado. Las lenguas de nieve que se precipitaban por las laderas parecían despedazar las entrañas mismas de la cordillera. No mucho después, en el silencio terrible que llenaba todos los rincones, se dejaba sentir todavía un extraño eco. Una pasmosa resonancia que llenaba el aire de canciones muertas.


SEXTA ENSEÑANZA:

Si miras sobre el hombro a quien camina hacia la luz,

Sólo verás tu propia sombra.

1 Comments:

Anonymous Anonymous said...

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