PARÁBOLA DEL HECHICERO
En aquel tiempo en que la Tierra conocía el lado más amargo de sus moradores, el miedo acompañaba a los Hombres. Se trataba de un temor constante, que se manifestaba tanto en los días como en las noches, apesadumbrando todas las circunstancias de la vida como la sombra desconcertante de un terrible presagio. Muchos pensaron que el paraíso se había perdido para siempre, y temían que su estado no mejorara con el correr de los siglos. Es cierto que muchas novedades saludaban cada día la perpleja mirada de la civilización. Y sin embargo, en el interior del ser humano, permanecían inamovibles las mismas dudas. Conforme la vida desplegaba su enorme complejidad, aumentaba con ella la incertidumbre, pues nada origina tanta inquietud como saber que aquello que aprendemos nos revela en toda su crudeza hasta dónde se extiende cuanto ignoramos.
Tal y como hoy, algunas personas sin escrúpulos buscaban la manera de utilizar el temor de los otros en su propio provecho. Movidos por su inmensa codicia, y perdida ya cualquier noción sobre las fuentes de su propia naturaleza, comenzaron a predicar con palabras herméticas toda suerte de augurios. El miedo se transformaba de este modo en un arma sutil, pues si poco puede el Hombre contra lo que teme en el presente, mucho menor es su poder ante lo que teme del futuro. Los simples y los desahuciados se reunían a menudo en torno a los charlatanes, dejándose arrastrar por sus discursos urdidos con astucia mezquina. En todos los ámbitos, personajes sin escrúpulos hacían cundir entre los pueblos historias sobrecogedoras que rindieran al cabo su voluntad temerosa. Muchas eran las personas que se dejaban conducir por semejantes engaños, pues en verdad temían por su destino, y no tenían explicación para las nuevas calamidades que asolaban la Tierra.
Ciertamente, éste es el peor de los males, pues como bien sabrá quien tenga entendimiento, desde entonces hasta hoy no faltó nunca quien tratara de embaucar a todos los pueblos, en todas las épocas. Cuando esto sucede, la voluntad es sometida mediante la palabra, y el Hombre queda atrapado en su tiempo, privado de toda perspectiva, a merced de sujetos sin escrúpulos que saben usar de la oratoria en su provecho.
Es así que nació la Mentira, engendrada por mezquindad de los hombres a imagen y semejanza de su debilidad. Y se mostró como la más temible servidora del Caos. Rindió pueblos enteros, y se llamó entonces Tiranía. Doblegó espíritus nobles, y se llamó Brutalidad. Sometió por fin la razón, y se llamó Dogmatismo. En aquellos días fatales el Hombre conocía un nuevo mal que habría de crecer a lo largo de los siglos, y para el que aún no hemos hallado remedio.
El Maestro, después de un período de constantes viajes, se reunió al fin con sus discípulos, pues deseaba reflexionar junto a ellos acerca de todas aquellas dificultades que confundían a los hombres. Sabía que les quedaba todavía un largo trecho por recorrer, y estimaba conveniente tomar unos días de descanso, en los que pudiera fortalecer su ánimo y el de los dos muchachos. Con este propósito se encaminó junto a ellos hasta un delicioso prado no muy distante. Después de recorrer una buena distancia, descubrieron en mitad de la pradera una pequeña y sólida construcción, hecha de piedra en su parte baja, y rematada hasta la techumbre con firmes troncos. Entró primero el Maestro, y examinó con detenimiento los austeros muebles que estaban dispuestos en el interior, encontrando que todo en aquella cabaña aparecía seguro y confortable. A una señal suya, pasaron luego Abel y Caín, acomodándose en ella. Entre los tres dispusieron ciertos utensilios que descansaban en los estantes, y limpiaron los lechos que hallaron en la habitación. Una vez terminadas estas tareas, decidieron salir a recrear su vista en los alrededores.
En torno a ellos, más allá del límite del prado, se extendían en todas direcciones innumerables hileras de árboles, cargados con las frutas más exquisitas. A simple vista, semejante abundancia parecía no tener fin, pues se encontraban en un lugar elevado, y la niebla, frecuente en esa estación, había descendido entre la vegetación, causando este efecto en la distancia. Pasearon en silencio hasta llegar a la arboleda, y como estaban hambrientos después de tan larga caminata, tomaron de aquellas frutas cuantas necesitaban, comiéndolas después con gran apetito. Pronto se sintieron colmados con tales manjares, y regresaron para reposar. Sin otras preocupaciones, pasaron varios días en aquel lugar, en los que conversaban a menudo. Caín y Abel recordaron allí la maravilla de los días sin prisa, que habían olvidado en el trajín de sus recientes aventuras. En tan deleitosa calma, volvieron a sentir el gozo que se esconde detrás de las cosas más sencillas. No hubo en todo aquel tiempo quien les importunara, pues no parecía que habitara gente alguna en aquellos contornos. Tan sólo algunas tardes, mientras paseaban los tres despreocupados en animada charla, habían creído ver entre los árboles más alejados un hombrecillo taciturno, tomando algunas golosinas en su cesto. Aparecía siempre a la puesta de sol, y cargaba deprisa tantas frutas como podía transportar, sin percatarse nunca de la presencia de ellos tres. Tan extravagante era su conducta, que pronto lo tomaron por un pobre demente, y no hicieron demasiado caso de sus escaramuzas.
Pero sucedió que, cierto día, amaneció con una luz más clara que de costumbre, pues el sol brillaba con gran energía. Durante toda la mañana el calor fue penetrando la bruma que envolvía los límites de la pradera. Tanto fue así que, a media tarde, mientras el Maestro y los hermanos sesteaban plácidamente después de despachar algunas viandas, en el horizonte comenzó a dibujarse la silueta de ciertos lugares más alejados, ocultos hasta entonces por la neblina. Cuando los tres terminaron su siesta, la niebla se había disipado ya por completo. Fue entonces cuando Caín, que tenía la vista muy aguda, acertó a distinguir más allá de la verde frescura de los campos lo que le pareció el reflejo de algunas casas blancas.
-¡Qué extraño! -dijo Caín.
-¿Qué cosa? -preguntó Abel intrigado.
-Según me parece... por lo que veo desde aquí, a no mucha distancia se divisa una hermosa aldea, y sin embargo... en todo el tiempo que llevamos en este sitio nunca se acercó nadie hasta donde estamos, cosa que fuera harto normal, pues es tan grande y fecunda la cosecha de esta tierra. Nunca hombre o mujer alguno vieron mis ojos recoger estas frutas que son tan abundantes... salvo aquel loco grotesco que a la puesta de sol llenaba furtivo y receloso sus cestos de manjares.
Abel, usando su mano a modo de visera, forzó la vista en la dirección que señalaba su hermano. Cuando pudo por fin acomodar su visión, consiguió advertir también la aldea que había descubierto Caín. Reflexionó un momento, y encontró que era verdad cuanto decía su hermano. Sin duda resultaba insólito que, estando tan próxima, ninguna persona de aquella población se hubiera acercado junto a ellos. Y aún le extrañó más cuando, desvanecido el efecto de la bruma, pudo comprobar que los árboles terminaban su extensión bastante antes de llegar al pueblo, que se encontraba por fuerza en un lugar mucho menos fértil que el que ellos ocupaban. Desconcertado por su hallazgo miró al Maestro, que se había interesado por la conversación de sus discípulos, y oteaba también en aquella dirección.
-¿Qué crees que ocurre? -le preguntó.
El Maestro sentía viva curiosidad por semejante caso. Pensaba que tal vez algún infortunio hubiera hecho mella en el lugar, dejando abandonado a su suerte a aquel pobre diablo que les visitaba en ocasiones al caer la tarde. No era en modo alguno una idea descabellada, pues había notado cuando llegaron que la cabaña en que ellos se hallaban no tenía aspecto de habitarse con frecuencia, ni tampoco pastor alguno había pasado con su rebaño por aquellos prados. Por otro lado, mientras miraba en dirección a la aldea, no advertía en ella signo alguno de abandono; ninguna casa se encontraba derruida, ni la vegetación había hecho presa en los muros de las edificaciones a lo que parecía desde allí. En estas reflexiones se ocupaba el Maestro, por ver si encontraba en ellas alguna respuesta. Pero viendo que no atinaba con la solución del enigma, contestó a Caín lo que sigue:
-Por más que medito sobre este asunto, no acabo de comprender. Pero en breve he de saber lo que está sucediendo. Me dispongo a bajar de inmediato hasta ese lugar, por ver si encuentro en él alguna pista que me oriente en tal misterio. La tarde es espléndida, y me sentará bien el paseo. Quedad aquí vosotros mientras tanto, no fuera que en mi ausencia pudierais hallar algún indicio que os permita llegar a la verdad, y de este modo, averiguando cada cual por su lado, es seguro que llegaremos antes a una solución acertada.
Estuvieron conformes Caín y Abel, pues estaban ansiosos por indagar las razones de tan curioso caso, de modo que se despidieron, y luego de hacer a los hermanos algunas juiciosas advertencias, tomó camino el Maestro en dirección a la aldea, sumido en profundo sigilo. Conforme avanzaba, iba examinando con atención todo lo que encontraba a su paso, pues creía con buen criterio, que cualquier pequeño detalle, por insignificante que parezca, puede ayudar a resolver un enigma.
La villa, que se percibía ahora con toda nitidez, estaba todavía a una buena distancia. Pero el Maestro caminaba a buen paso, y no parecía muy fatigado. El frescor de la hierba, tan apreciado por el viajero experimentado, renovaba su vigor y alegraba su marcha.
Cuando ya oscurecía, llegó hasta cierto lugar en que la pradera descendía abruptamente, tomando la forma de en un pequeño valle que volvía luego a elevarse suavemente hasta alcanzar la aldea. La luz era bien escasa, pero aun así, pudo reconocer en la penumbra la silueta de un hombre que se agitaba agazapado entre los árboles.
- Sin duda es el loco- pensó El Maestro.
Maravillado por el hallazgo, determinó seguirle en sus andanzas cuidando de no dejarse ver por él, pues encontraba insólito tan disimulado proceder. Tras los pasos del furtivo se fue internando en la hondonada, hasta que, de pronto, se sintió angustiado mientras trataba en vano de alcanzar un soplo de aire fresco, pues la atmósfera se había vuelto irrespirable por aquella parte. Un intenso olor a pasto quemado sacudió todos sus sentidos, mientras continuaba desesperado su persecución. De pronto el lunático se detuvo. Sacó de entre sus ropas una lámpara de aceite y la arrojó resuelto sobre unos matorrales. Una luz rojiza y tenue fue creciendo en intensidad, iluminando paulatinamente toda la escena. Hasta donde alcanzaba la vista, toda la tierra aparecía calcinada. Después de que las llamas ascendieran tomando una altura considerable, el loco abandonó su escondite. Subió después en dirección a la aldea, atravesando aquel paisaje desolador, y mientras avanzaba tan deprisa que a duras penas podía seguirle el Maestro, iba dando grandes voces y haciendo extraños aspavientos, como si estuviera poseído por mil demonios. Con tanta agilidad se deslizaba entre los rescoldos, que pronto alcanzó las calles de aquel pacífico pueblo. El Maestro, que haciendo un gran esfuerzo había llegado también a su altura, pudo escuchar entonces lo que decía:
-¡Ah majaderos! -gritaba a todas las personas que iban saliéndole al paso con los ojos desorbitados- ¡Alguno de vosotros ha vuelto a intentar recoger los frutos prohibidos! ¿No os advertí una y mil veces que con vuestra osadía ofenderíais al espíritu del prado? ¡Mirad, mirad como estalla su furia! -y señalaba luego con su dedo hacia las llamas que él mismo había provocado con su lámpara.
Durante algún tiempo se entretuvo con esta artimaña, para proseguir después su espantosa carrera, internándose cada vez más en las calles silenciosas de la aldea. Con gran astucia, iba zarandeando e infundiendo pavor a los pobres ingenuos que topaban con él, y que acudían a las llamadas que iba haciendo en todas las puertas.
Mientras presenciaba esta escena, mucho se maravilló el Maestro, comprendiendo de qué manera tan osada venía atemorizando aquel lunático a sus vecinos, que sin duda creían la pradera hechizada por algún extraño encantamiento, de forma que en su descuido atesoraba para sí cuantos frutos maduraban en aquellos contornos, disponiendo de ellos a su antojo.
Después que hubo hallado por fin la evidencia de tan curioso asunto, decidió retornar hasta la cabaña en que le aguardaban sus discípulos, porque participaran pronto de esta enseñanza. Regresó bordeando la maleza, para dejar las llamas a su espalda, y atravesó luego la pradera, llegando por fin junto a Caín y Abel. Los encontró a cierta distancia del refugio, tratando de adivinar su presencia en la oscuridad, pues al quedar vigilantes habían advertido el resplandor del incendio y temían por él. Procuró tranquilizarlos de inmediato, participándoles cuanto había visto y oído desde que marchó. Al escuchar lo que decía, quedaron ambos admirados por el torcido ingenio de aquél que poco antes les parecía un pobre enajenado, tomando de las palabras del Maestro una gran enseñanza. Conversaron aún durante algún tiempo, pues ninguno de los dos hermanos acababa de salir de su asombro. Cuando hubieron recobrado la serenidad, les propuso el Maestro que a la mañana siguiente caminaran junto a él hasta la aldea, a fin de advertir a sus vecinos de aquel engaño, y aconsejarles para que en adelante no se dejaran llevar por pensamientos oscuros, que como todas las grandes mentiras, no son fruto sino del ingenio maligno del Hombre.
SÉPTIMA ENSEÑANZA:
Mientras se guarda el prudente,

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