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PARÁBOLA DEL MAESTRO

Tras regresar de su último viaje, Abel y Caín permanecieron todavía unos días junto al Maestro. A lo largo de su corta biografía, mientras recorrían las primeras etapas de la vida en la Tierra, habían tenido ocasión de extraer importantes enseñanzas de sus muchas aventuras. Desde el principio aprendieron a proceder con serenidad, pues conocían la virtud de la paciencia. Comprendieron que no hay grandeza posible sin humildad, y fueron capaces de juzgar más allá de la confusión y la apariencia. Así mismo, amaron el profundo misterio de lo creado, reverenciando a los que fueron antes que ellos por el sinuoso sendero de la vida. También supieron compartir el éxito después del esfuerzo común. En todo ese tiempo, no dejaron de experimentar una inclinación natural y afectuosa por la Voluntad que creó todo cuanto hallaron sobre la Tierra, siendo respetuosos con toda muestra de culto hacia ella por parte de los hombres, que en distintos lugares y épocas la llamaron de muchas formas. Al mismo tiempo, rechazaron con firmeza a cuantos se amparaban en el misterio o en el temor para hacer cundir entre los ignorantes y los crédulos falsas doctrinas. Vivieron siempre precavidos contra la arrogancia de los poderosos, apreciando las cosas más sencillas de la vida. Supieron dar al oro y la riqueza su justo valor, desde luego, muy inferior al del agua. Del mismo modo, comprendieron que no hay nada imposible para una voluntad firme, y que el fracaso es también maestro de los hombres. Y mientras aprendían crecía su amor y su sabiduría.

Pese a todo, les hubiera gustado permanecer aún al lado del Maestro, conscientes de que tendrían que entender muchas otras cosas en adelante. A medida que se acercaba el momento de su partida, iba aumentando su congoja. Aunque se veían capaces de proseguir por sus propios medios, no deseaban despedirse tan pronto. Pero el Maestro estaba convencido de que el momento había llegado para los dos. Desde luego, consideraba que tenían mucho que aprender aún, pero eran asuntos que sólo podrían entender desde su propia experiencia.

Resuelto a llevar a término su propósito, decidió al fin regresar con ellos hasta el lugar en el que dio comienzo su viaje: la montaña Primera, desde cuyas cumbres habían presenciado el sometimiento del Caos. Quiso con ello cumplir su propio designio, de manera que en adelante, Abel y Caín escribieran la historia de todos y cada uno de nosotros, pues a ellos correspondía en el inicio.

El Maestro preparó con gran detenimiento aquel último viaje, sirviéndose de la colaboración de Caín y Abel, pues ya eran dos adultos competentes, a los que podía confiar aquella tarea. Los preparativos se demoraron aún varias jornadas que fueron como un bálsamo para los muchachos. Mientras trabajaban, sentían una alegre nostalgia, y disfrutaban recordando los días compartidos en los caminos. El Maestro observaba con atención a los jóvenes, y cada día aumentaba su convencimiento de que estaban maduros para trazar la senda de su propio destino.

Y así, cierta mañana, aprovecharon que el amanecer había deparado un espléndido día para iniciar la marcha. Salieron con la luz del alba, y caminaron un largo trecho a descubierto, hasta internarse en un frondoso bosque cuando ya el sol dejaba atrás el cenit. Las ramas más altas de los árboles, agitadas por el ímpetu del viento, ocultaban en parte la luz del sol, de suerte que el camino, según avanzaban, aparecía cada vez más sombrío. La copiosa vegetación se iba haciendo más densa conforme se adentraban en la floresta, hasta que llegó un momento en que el Maestro, que parecía conocer sobradamente aquellos parajes, tomó la determinación de encabezar la marcha. Sus pies desnudos, conforme ascendían por aquel sendero tan empinado, se resentían de la humedad creciente apenas protegidos por las sandalias. Anduvieron durante horas en aquel laberinto vegetal, hasta que incluso la senda terminó por desvanecerse bajo sus pies. Nada quedaba ya del sol sino la escasa luz que se filtraba en algunos recodos a través de las plantas, tan abundantes que impedían el paso en ocasiones. A pesar de la creciente dificultad, el Maestro no parecía desorientarse jamás, pues en ningún momento vacilaba, abriéndose paso de manera decidida entre la vegetación.

Cuando ya el día tocaba a su fin, arribaron a una sima, oculta en lo más recóndito del bosque. A pesar de que se hallaba cubierta totalmente por la maleza, el Maestro la reconoció al momento. Después de detenerse y dejar sus bultos en el suelo, limpió el acceso con sumo cuidado, dejando al descubierto el inicio de una escalera en forma de caracol que descendía por aquel pozo hasta perderse. Una imperceptible sonrisa asomó entonces a los labios del Maestro, consciente de haber hallado el sitio exacto. Miró a su alrededor, buscando un lugar en que pudieran descansar cómodamente los tres, pues pretendía descender a la gruta al día siguiente.

La noche transcurrió deprisa. Al poco de amanecer, mientras el Maestro inspeccionaba la caverna, Abel y Caín tomaron algún bocado que repusiera sus fuerzas. Seguidamente comenzaron el descenso. El Maestro había hecho provisión de varias antorchas, pues se hallaba precavido sobre la oscuridad que encontrarían en aquella gruta. Una vez las hubo prendido, dio una a cada muchacho, porque se sirvieran de ella en la bajada. Los dos hermanos caminaban recelosos, guiados por el Maestro. Poco a poco se fueron adentrando en las profundidades inexploradas de la cueva, hasta llegar a una zona en la que incluso el sonido estaba ausente. Únicamente la resonancia de sus respiraciones agitadas parecía invadir el espacio, aumentando su inquietud de manera notable. Los dos hermanos abrían los ojos tanto como podían, procurando llevar su vista más allá de las débiles antorchas, pero era imposible. En toda la gruta no había otras fuentes de luz, y la enormidad de su tamaño impedía incluso que las que ellos portaban se reflejaran por acaso en alguna pared. En aquel instante, una desoladora sensación de soledad les abrumó de pronto. Comprendieron de súbito que se encontraban en un lugar sobrenatural, cuyo conocimiento escapaba a la inteligencia de los mortales. La voz de Caín rompió por fin el silencio, deslizándose entrecortada como un susurro:

-¿Dónde estamos? -preguntó.

-En el Pozo del Tiempo -replicó el Maestro, y su voz retumbó de manera terrible, elevándose sobre las sombras como un portento-. En él se custodian todos los momentos: los pasados, los presentes y los futuros, alejados de la codicia y la mezquindad de los hombres. Nos hallamos aquí para poder regresar al lugar en el que todo fue originado.

Sobrecogidos ante tan extraordinaria revelación, ninguno de los dos se atrevió a preguntar nada más, y continuaron su descenso envueltos en aquel espantoso silencio que no cesaba nunca.

Por fin llegaron a una sala espaciosa, iluminada en su parte alta por un débil resplandor. La presencia de aquel destello insignificante, causó sin embargo gran estupor a Caín y Abel, pues su vista comenzaba a acostumbrarse a las tinieblas. El Maestro señaló el lugar en que la luz penetraba la gruta, y decidió parar. Como quedaba aún cierta distancia, descansaron un instante entre las rocas, a fin de habituar su visión a la claridad creciente, y cuando lo hubieron hecho se encaminaron los tres con paso decidido.

No más traspasaron el umbral de la caverna, Abel y Caín reconocieron al instante el horizonte que se mostraba ante sus ojos atónitos. Se encontraban de nuevo en la montaña Primera, y frente a ellos se desplegaba el espectáculo grandioso de la Creación. Habían regresado al principio, y aunque ninguno daba crédito, tampoco podía rehusar lo que veían sus ojos. Caín fue el primero en salir de la gruta. Desconcertado por tan portentosa visión, apenas encontraba palabras que pudieran expresar su estupor:

-¡No es posible! -exclamó- ¡Este es el lugar desde el que comenzó nuestro viaje! ¡Fue aquí! ¡Todo está como entonces! El valle, los montes... Pero... -titubeó contrariado- ¡En aquella ocasión no había ninguna cueva!

-El Pozo del Tiempo se transforma a cada instante -dijo el Maestro por toda respuesta.

Caín se giró de inmediato. Ante su asombro, aquella cueva por la que habían salido instantes antes se desvanecía ahora frente a sus ojos.

-Este es un viaje sin retorno -anunció el Maestro-, desde ahora caminaréis solos. Tú Caín, y tú Abel, formaréis parte de cada hombre y de cada mujer, y viviréis de nuevo en cada uno de ellos. En adelante estaréis presentes en cada Espíritu y en cada Tiempo. Ni siquiera a mí podréis recordarme; aunque algo en vuestro interior sabrá siempre que me ha conocido. Todos los caminos se abren frente a vosotros. Todos los aciertos, como también todos los errores. Recordad siempre que nada hay en el mundo más grande que vuestra voluntad, ni tampoco nada más pequeño.

Abel se sintió desolado frente a su propio desamparo. Sobrecogido, rompió a llorar. Mientras admiraba la extraordinaria soledad de los primeros tiempos, había comprendido por fin que su naturaleza trascendía a la de cualquier ser humano que hubiera tenido ocasión de conocer. Sus lágrimas caudalosas eran una combinación extraña de desconsuelo y alegría, de júbilo y desvanecimiento, de esplendor y de impotencia. Era el llanto de un hombre rendido a los pies de su propia esencia. Enseguida supo que el misterio último encerrado tras las palabras de aquel Maestro amable, aquel que durante tanto tiempo había orientado sus pasos, permanecería oculto en su corazón, y jamás sería desvelado a su entendimiento. Era un secreto mucho más grande que cualquier otra cosa sobre la Tierra. Un escalofrío recorrió toda su piel, y sintió de súbito la imperiosa necesidad de dar gracias. Corrió por los pastos nuevos de aquel monte, y embriagado por la vida revelada ante él en toda su plenitud, tomó de ellos sus primeros frutos. Lleno de gozo los preparó y los lavó, mientras su corazón palpitante se llenaba de misericordia y gratitud. Después de disponerlos sobre unas hojas, los dio por fin al Maestro.

-Ten -le dijo, mientras podía escuchar el latido de su propio corazón- acepta estos frutos en señal de ofrenda, y llévalos contigo cuando regreses al Pozo del Tiempo. Quiero que en mi nombre los traslades al lugar en que reside la Primera Voluntad. Son los más delicados dones de la Tierra, de cuya simiente han de colmarse los siglos que vendrán.

Tomó el Maestro aquella colecta, y sus ojos se llenaron de lágrimas, pues estaba realmente emocionado con el gesto de Abel. Tan profundo era su arrebato, que los dos se fundieron en un abrazo. Pero ninguno se acordó de compartir aquel momento con Caín.

El joven, un tanto distanciado, asistía a la escena con profunda congoja. Deseaba poder participar de aquel momento tan dichoso, y sin embargo no estaba seguro de estar a la altura de su hermano. Cariacontecido, pensaba en la manera de ofrecer al Maestro un presente digno de aquella ocasión, pues nada deseaba tanto como poder agradarle. De pronto tuvo una idea. Sin poder ocultar su satisfacción, se retiró discretamente hasta el lugar en que pastaban los primeros rebaños nacidos en el valle. Buscó entre los animales aquellos que le parecieron más tiernos e hizo presa en ellos. Luego los ató fuertemente, arrastrándolos por fin hasta donde estaban el Maestro y Abel.

-Estos son -dijo Caín al Maestro lleno de orgullo- los primogénitos que he hallado entre los animales de la Tierra. Llévalos también contigo en señal de ofrenda.

El Maestro, que aún estaba enternecido por el gesto de Abel, quedó espantado ante tan terrible escena. Miró a aquellas pobres bestias, que temblaban las unas contra las otras, doliéndose de sus ataduras lejos del abrigo de sus rebaños. Sin perder un instante liberó uno tras otro todos los animales. El Maestro no tomó en consideración la intención de Caín, pues le desagradó profundamente su acción. Lleno de ira, recriminó a su discípulo:

-¿Por qué tratas de agradarme con este absurdo presente? ¿No te conmueve el dolor de estas criaturas indefensas? ¿Acaso envidias a tu hermano? ¡Necio! -exclamó- ¡Bien sé que no hay sinceridad en tus palabras! ¿Quieres ser pastor? ¡Pues toma entonces este cayado -dijo mientras le arrojaba su báculo- y lleva estos animales al lugar donde los robaste! ¡Tu ofrenda no me agrada en absoluto!

Caín apretó los dientes. Estaba tan aturdido como humillado, pues jamás había escuchado semejantes censuras de labios del Maestro. De súbito, sintió crecer dentro de sí una cólera terrible, agitando a su paso todo su ser. Lleno de ira, se dio la vuelta, y corrió con el ímpetu de su furia. No sabía de qué estaba huyendo, ni sabía tampoco hacia dónde, pero la rabia le hacía correr hasta el límite de sus fuerzas. Y mientras corría con los puños violentamente apretados, iban pasando por su cabeza todas las ocasiones en que su hermano había recibido las alabanzas del Maestro. No recordaba los días en que también hubo elogios para él, pues le cegaba su profunda indignación por lo que consideraba un brutal atropello. Desde aquel momento no hubo lugar en su mente para nada más. Caín se hallaba fuera de sí, y revivía ahora sus vanos esfuerzos por agradar al Maestro. La conciencia de su propia torpeza causaba en él un profundo dolor: ¿acaso era culpa suya no ser más hábil que Abel?

Pero Abel amaba a Caín. Por eso, cuando vio a su hermano huyendo despavorido, mientras el Maestro palidecía profundamente arrepentido, salió tras él, pues temía de su temperamento cualquier locura. Tras sus pasos, Abel iba gritando su nombre una y otra vez, sin obtener ninguna respuesta. Cuando al fin lo encontró, estaba sentado sobre sus piernas, en mitad de un campo yermo y desolado; con unos ojos furibundos cuya mirada se perdía más allá del infinito. Abel se acercó hasta él, llamándole de nuevo por su nombre.

Y sin embargo, a pesar de tenerlo delante, Caín no pudo ver a su hermano, porque su mente había quedado aturdida por el tormento de aquel sufrimiento atroz. De pronto se puso en pie, espoleado por un impulso feroz, y cegado por su cólera brutal, arremetió con todas sus fuerzas, golpeando sin cesar las sombras oscuras que en su locura veía frente a él.

Caín no supo nunca qué ocurrió cuando se abalanzó sobre su hermano. Ni cómo Abel cayó muerto a sus pies, mirándole con ojos llenos de misericordia. No vio la sangre, ni el fuego, ni las tinieblas; ni escuchó tampoco el silencio infinito que asoló la Tierra. Trató de llorar, pero no encontró en su corazón una sola lágrima, pues su interior había quedado vacío. Entonces, sin saber por qué, tuvo miedo. Todo el temor que es capaz de sentir un alma humana cayó de pronto sobre él. Aterrorizado, corrió de nuevo, y no pudo parar hasta que pudo hallar al Maestro para arrojarse a sus pies.

-¿Dónde está tu hermano? -preguntó el Maestro, mientras le agitaba desesperado, mirando con espanto la sangre que empapaba sus ropas.

-No lo sé -contestó Caín aturdido.

El Maestro, en los ojos ausentes de Caín, que se perdían tras el estupor de la muerte, supo leer todo el horror de su corazón. Cayó de rodillas, y lloró como nadie ha vuelto jamás a llorar. Luego sintió como su corazón se helaba, golpeando sus sienes en un suplicio sobrecogedor. Comprendió que no había sabido elogiar el esfuerzo de Caín por emular a su hermano, ni se había detenido a ponderar sus virtudes, ocupado como estaba en sacar sus defectos a la luz.

Caín era distinto a Abel, y aquella circunstancia, que debería haber sido fuente de riqueza para los dos, se había convertido por obra de su iniquidad en fatal obstáculo.

El Maestro elevó su mirada a las alturas, y mientras se rasgaba la túnica arrebatado por un dolor inacabable, se dio cuenta que también los hombres que nacerían desde entonces, todos los hombres y mujeres de todas las épocas, serían distintos entre sí, y estarían marcados para siempre con el estigma de aquella muerte. Desolado, pidió entonces con todas sus fuerzas que su error no se repitiera eternamente, generación tras generación, y que los dos hermanos, llamados a nacer de nuevo en el alma de todos los Hombres y Mujeres futuros, pudieran algún día obrar el prodigio de abrazar sus corazones de manera imperecedera. De este modo, en medio de su terrible dolor, encontró la mayor enseñanza y la mayor advertencia de cuantas han sido dadas jamás a la Humanidad:



Si crees que ya lo sabes todo,

tal vez has olvidado lo más importante:

Un maestro también puede equivocarse.

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