PARÁBOLA DEL MERCADER
Día a día, los asuntos que ocupaban a los hombres fueron recuperando su naturaleza pacífica. Y aunque la guerra seguía presente entre los pueblos, los períodos de paz eran cada vez más abundantes. Entre las multitudes ociosas y desconcertadas, parecían surgir también en todas partes grupos de prudentes. Tanto unos como otros procuraban medrar según sus intereses, y todo hacía pensar, ya entonces, que la disputa entre ambas partes sería larga. Acaso fuera propio de la naturaleza humana, a menudo tan contradictoria, pero lo cierto es que incluso en medio de aquella frágil situación, la vida continuaba su curso. Algo había implícito en todo lo creado que lo impulsaba a crecer, sorteando prodigiosamente cualquier posible inconveniente; algo inexplicable que todavía maravilla y seduce a nuestros modernos hombres de ciencia: la fuerza de la vida.
Así las cosas, el ambiente entre los pueblos se tornó más apacible, a tal punto que el Maestro parecía ciertamente feliz en aquellos días. A través de sus viajes, reanudados después de un tiempo de reposo largo y merecido, veía de nuevo crecer a Caín y Abel a su lado, y se sentía auténticamente dichoso observando sus progresos. Mucho tiempo había transcurrido ya desde el lejano día en que emprendieran su viaje extraordinario en busca de su destino, y los dos hermanos rivalizaban en hermosura y sabiduría. A lo largo de todos esos años el Hombre había progresado también, y se podía decir que ya extendía su dominio por los cuatro confines de la Tierra.
Sucedió en aquel tiempo que el Maestro se reunió cierto día con sus dos amados discípulos, y quiso obsequiarles en prueba de su afecto y consideración para con ellos. A media tarde, después de haber dedicado la jornada a disfrutar de su grata compañía, tomó a ambos de la mano, y deleitándose en las delicias del paseo, los condujo hasta cierto hermoso jardín, en cuyo centro una fuente cristalina dejaba caer a capricho un pequeño manantial. Una vez llegaron, conversó con los dos por espacio de varias horas, pues estaba de muy buen humor en aquella ocasión. En las inmediaciones, alrededor del surtidor, las más vistosas y coloridas flores daban ornamento al jardín. Se hallaban dispuestas en parterres, distribuidas con exquisito gusto y, a lo que parecía, cuidadas con esmero y dulzura. Observó el Maestro que, no muy lejos de donde se encontraban, se ubicaba un discreto asiento labrado en sólido mármol, cobijado a la sombra de una abundante floresta. El banco invitaba al descanso, pues era refrescado ocasionalmente por algunas gotas que la brisa traía desde el manantial. Le pareció que aquél era un lugar muy a propósito para obsequiar a los jóvenes, de manera que se acercó con ellos y los tres se sentaron. Luego, sin dejar de mirar a ambos con embeleso, pues se sentía especialmente complacido, tomó un petate que traía colgado a las espaldas y extrajo de él dos sencillos mantos, tejidos en lana por manos expertas. Los sostuvo en su mano por un momento, y dio acto seguido uno de ellos a Abel, y el otro a Caín, hablándoles luego:
-Amados míos: en verdad hemos recorrido juntos un largo camino para llegar hasta aquí. Muchas han sido las dificultades que han sometido a prueba vuestro ingenio, y de todas ellas ha salido triunfante. En estas jornadas, a través de los más variados casos, habéis tenido ocasión de aprender grandes principios, que sin duda os serán de provecho de ahora en adelante.
Mientras hablaba el Maestro, Abel y Caín miraban hacia él, cautivados por su ternura.
-Por la destreza que ambos habéis demostrado en todas estas aventuras pasadas -prosiguió el Maestro-, y por el amor que siento por vosotros, mis queridos discípulos, quiero entregaros ahora estos sencillos mantos, para que tengáis en ellos una pequeña recompensa a las calamidades, si tales fueron, a las que os visteis sometidos en mi compañía. Desde este día son vuestros para siempre. Ahora -dijo al tiempo que se incorporaba-, descansad y recrearos en este ubérrimo jardín que nos regala la vista, pues aún no hemos llegado al final de nuestro recorrido, y las jornadas que vendrán están llenas de nuevos desafíos que requieren todo vuestro esfuerzo. Excusad que me retire por un tiempo, pues debo entregarme a la meditación, para que pueda recomponer mi serenidad y alcanzar en medio del silencio fuerzas renovadas con las que acompañaros hasta el final de nuestro viaje. Con este ánimo buscaré un lugar solitario y recogido en el que pueda reflexionar sin sobresaltos. Os ruego que quedéis mientras tanto aquí esperando mi venida.
Caín y Abel agradecieron de sumo grado aquel regalo sencillo, y despidieron al Maestro, no sin pena, quedando después solos en el jardín. Nada de cuanto necesitaban les faltaba, pues se hallaban en un lugar muy acogedor, estaban bien provistos, y la temperatura era sumamente agradable. Así fue que, despreocupados y felices, pronto se entregaron a juegos que habían olvidado hacía tiempo, pues con los viajes frecuentes apenas tenían ocasiones para disfrutar de su mutua compañía, como corresponde a dos hermanos jóvenes.
Entretanto, iban pasando los días, y el calor del estío fue cediendo en intensidad, pues el otoño llamaba a su puerta. Cierta tarde en que Caín y Abel holgaban plácidamente junto a la fuente, acertó a pasar por allí un viajante que se detuvo al ver a los hermanos. El mercader les saludó con un gesto ostentoso, y ellos respondieron cortésmente, invitándole a que se sentara. Los dos sintieron vivo interés por aquel hombre, y pensaron que quizás podrían escuchar de sus labios el relato de algún suceso lejano que alegrara sus oídos, pues empezaban a echar de menos a su maestro y necesitaban alguna diversión. De este modo se acomodó el buhonero junto a los dos hermanos, y después de participar de su hospitalidad, se dispuso a tomar la palabra. Pero al poco de comenzar a hablar, puso los ojos en aquellos dos mantos que el Maestro había regalado a Caín y Abel, pues era hombre habituado al comercio, y supo ver en ellos cualidades que sin duda serían de provecho para su negocio. Así, sin quitar la vista de aquellas prendas, tomó en sus manos el destino de la conversación y la hizo llegar a donde quiso, pues como buen comerciante, era un orador habilísimo. Primero se presentó, dando señas de su condición y origen, expresándose con estudiada humildad, porque los dos le tomaran crédito. Luego, cuando los supo confiados, se dio a relatarles mil y una aventuras de todo punto inverosímiles, que juraba haber presenciado en sus años de profuso comercio por el mundo. Era tan formidable su retórica, y tan vivas y afortunadas las descripciones que edificaba con sus palabras, que durante largo tiempo tuvo a los dos hermanos suspendidos en vagas ensoñaciones, sin que pudieran advertir que aquellos fantásticos relatos nunca habían tenido lugar en otro sitio que no fuera su fértil imaginación.
Habló durante mucho tiempo, refiriendo a los pobres incautos las maravillas del Oriente y el Occidente, pues en todas las regiones pretendía haber estado, y en todos los portentos haber tomado parte. Tantas cosas decía, y a tan formidable velocidad, que ya no había forma humana de separar lo verdadero de lo simulado. De esta manera hablaba, enfatizando los incontables fenómenos que decía haber tenido el honor de contemplar con sus astutos ojos, y conforme avanzaba en su exposición, más se maravillaban los dos hermanos. Así seguía incansablemente hasta que, habiendo llegado a cierto punto de su narración, y cuando creyó tener por fin completamente embaucados a sus dos interlocutores, tomó de pronto un bulto de entre los muchos que traía, sacando de él una fina capa de fiesta, tejida en seda blanca. Tras admirarla como lo haría quien la contemplara por vez primera, la elevó lentamente entre sus manos, para que la luz del cercano atardecer, tan rica en matices, iluminara la escena con un tinte mágico. Luego de provocar en Caín y Abel el efecto apetecido, volvió a tomar la palabra hablando a los dos de esta forma:
-En verdad, queridos amigos, podéis teneros por venturosos; pues ésta que tenéis ante vosotros, y que ahora ensalzáis sin duda en vuestro pensamiento, es la misma capa de que os hablé hace un momento -ciertamente, alguno de sus incontables embustes mencionaba un vestido semejante-; como recordaréis sin duda, es aquella que transfigura a quien la porta en un hombre señalado entre los suyos, y que tuve ocasión de ganar a un sultán de Oriente tras solucionar un complicado enigma. Desde entonces, y puesto que la novedad de mi afortunada adquisición se ha propagado por los cuatro confines, muchos son los que han ofrecido a este pobre mercader grandes cantidades de oro y otras piedras preciosas a cambio de hacerla suya.
El charlatán hizo una pausa, y se acercó más a los jóvenes, afectando cierta complicidad.
-Pero en ellos -prosiguió al fin-, no vi reflejada la nobleza que ha de distinguir a quien finalmente posea la capa, por lo que de nada les valieron sus infinitas riquezas. Mas he aquí que hoy, en este lugar tan inesperado, encuentro dos nobles amigos que sin conocerme no han dudado un instante en ofrecerme su hospitalidad y compañía. Siempre he sido generoso con los que me favorecen, de manera que, en prueba de agradecimiento por vuestra consideración hacia mí, he decidido entregar esta capa maravillosa a uno de vosotros. A cambio me contentaré con uno de esos humildes mantos que lleváis, pues como sin duda comprenderéis, mi condición de mercader me impide quedar sin prenda alguna que pueda emplear en mi comercio, ya que a él me debo.
Nada más terminar de pronunciar estas palabras, extendió la capa cuidadosamente, por ver si uno de los dos la tomaba, mientras miraba con disimulo para aquellos magníficos mantos que habían atraído su interés desde que halló la compañía de los dos hermanos.
Abel, a pesar de la diligencia con que el mercader preparó aquella treta, se mostró un tanto desconfiado, pues había advertido en los ojos de éste un cierto brillo que juzgó al punto como indicio de gran codicia. Caín sin embargo no se percató de este signo que había llamado la atención de su hermano, pues había quedado de tal manera cautivado por el discurso del mercader, y era tan grande la admiración que despertaba en él aquella capa, que no dudó en ofrecer su manto al buhonero. Ni siquiera advirtió las señas que en aquel momento trataba de hacerle Abel, convencido ya del doblez de aquel trueque desigual. Después de entregar su manto al embaucador, tomó Caín la capa de sus manos y la puso de inmediato sobre sus hombros, sintiéndose al instante majestuoso y digno a un tiempo, pues tal era el poder de sugestión de aquel fetiche. Pero por más que Abel le miraba, no conseguía encontrar nada de excepcional en la apariencia de Caín, por lo que crecían sus sospechas de que nada tenía de extraordinaria aquella capa, que por lo demás ni siquiera le favorecía lo más mínimo. Por su parte, el mercader, una vez se vio en poder del manto, se mostró repentinamente impaciente, y dando a los hermanos algunas vagas excusas, se alejó corriendo, dejándolos solos.
No mucho después, la noche cayó sobre el jardín. La luz del crepúsculo, que hasta ese instante todavía mostraba su fascinador embrujo, se había desvanecido por completo, dejando la capa de Caín desnuda de su magia. Y mientras el aire despedía los últimos rayos de sol, iba notando Caín como el frío del anochecer le tocaba los huesos con sus dedos helados. Fue entonces cuando se sintió engañado, pues advirtió que Abel dormitaba ya plácidamente arropado en su manto, que tenía la propiedad de procurar calor y sueños dulces a quien lo portaba. Caín, transido, despertó a su hermano, porque el frío que sentía comenzaba a hacerse insoportable, y le habló lacónicamente:
-Hermano, deja que comparta tu manto, pues en verdad he sido el más necio entre los necios.
Cuando Abel notó la franqueza de aquel rostro avergonzado, tuvo piedad de la torpeza de Caín, y le confortó con su calor, hasta que pronto quedaron ambos dormidos y en paz.
A la mañana siguiente, en el instante en que la luz del amanecer abrió los ojos de los dos hermanos, encontraron que frente a ellos se hallaba sentado el Maestro, tras regresar por fin del lugar de su retiro. Sin dar tiempo a que ninguno de sus discípulos le dirigiera siquiera una palabra de bienvenida, extrajo de su petate un nuevo manto, y lo entregó enseguida a Caín. El buen muchacho, tomándolo en sus manos, quedó mudo de asombro. Abel, profundamente admirado por tan grande previsión, tomó la palabra, pues sabía que su hermano, maravillado como estaba, aún tardaría en hacerlo:
-Di, maestro: ¿Cómo pudiste saber que Caín sería engañado por aquel mercader?
El Maestro miró con ternura a los dos, pues en verdad los amaba. Tomó entonces sus manos entre las suyas y contestó con estas enigmáticas palabras:
-Aún no hemos alcanzado el final de nuestro viaje. Cuando llegue el momento, tú también sabrás.
OCTAVA ENSEÑANZA:
Si podéis disfrutar del arco iris,
¿Por qué buscáis en él pucheros de oro?

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