PARÁBOLA DEL PAJAR
El tiempo había transcurrido desde aquel episodio en la colina del lago, y mientras caminaban junto al Maestro, Abel y Caín crecían de manera inadvertida y notable. Sus rostros se volvieron más serios, aunque sin llegar a perder esa gracia inocente que es propia de la infancia. Los rasgos se perfilaban, y sus cuerpos aparecían más fuertes de un tiempo a esta parte. A los dos les deleitaba ejercitarse siempre que tenían oportunidad planeando carreras y otras travesuras, y estos hábitos tan saludables contribuían a su maduración. Llegó un momento en que ambos eran ya tan altos como el Maestro. Mientras esto sucedía, los tres seguían recorriendo el mundo de un extremo a otro. Los seres humanos se asentaban ya en la mayoría de las regiones de la Tierra, y a lo largo de estos viajes, mientras visitaban parajes desconocidos, salpicados de la cándida belleza que colmaba todos los rincones en aquellos días, fueron conociendo al Hombre y a las primeras cosas por él concebidas. Mientras Caín y Abel disfrutaban de forma colosal con tantas y tan variadas experiencias, el Maestro no perdía ocasión de buscar para ellos nuevas oportunidades en las que pudieran poner a prueba su aprendizaje. Les procuraba acertijos y otras empresas en las que indagar la verdad que permanece oculta detrás de todas las cosas. Sacaba provecho de cada nuevo descubrimiento, y cualquier lugar era bueno a su propósito si de él podía extraer el beneficio de una nueva lección que participar a sus amados alumnos. Día tras día iba despertando en ambos la curiosidad, y gracias a su estímulo, y al ingenio y entusiasmo del Maestro, aprendían deprisa.
En cierta ocasión, llegaron los tres hasta un frondoso bosque que el milagro de la vida había hecho germinar muchos años atrás. Cuando llegaron faltaba poco tiempo para el crepúsculo, por lo que determinaron detener su marcha, pues habían seguido un largo trayecto a través de las montañas. En aquel tiempo los hombres habían comenzado a trabajar con un propósito, aprendiendo ya gran parte de su industria primera, y se empezaban a ver en las regiones que transitaban algunas construcciones. Así, encontraron un viejo pajar en el claro que servía de entrada al bosque. El cobertizo era discreto pero vistoso, y tenía el encanto propio de las cosas sencillas, pues nada había en él exagerado o pretencioso. Se encontraba semioculto por dos frondosos árboles, uno de los cuales tapaba parte del tejado, y parecía haber sido abandonado en el pasado. Por todas partes, hojas y ramas habían quedado prendidas a la estructura contribuyendo a su menoscabo. El Maestro dejó en el suelo sus enseres. Miró con detenimiento aquella construcción, y enseguida se sintió cautivado por ella, pues tenía una apariencia sugerente, y no era acostumbrado hallar algo semejante en un paraje tan distante de cualquier aldea. Venía meditando la idea de presentar a sus discípulos una nueva prueba con la que pudieran adquirir alguna enseñanza, y todo en aquel lugar, tan bello y cautivador, era a propósito para sus fines. Sabía que sus acompañantes sentían fascinación por lo misterioso, pues es propio de los jóvenes desafiar lo que está oculto. Así pensaba el maestro, mientras determinaba que aquél era el sitio perfecto para hacer noche. Con astucia, habló a los hermanos de la conveniencia de descansar en aquel punto antes de que oscureciera. A los dos pareció bien, pues estaban fatigados después de la marcha de aquel día. Como todos estuvieron de acuerdo, se acercaron a las inmediaciones del pajar con intención de pernoctar junto a él. Descargaron sus bártulos, y luego de acomodarse, el Maestro, que ya tenía compuesto cierto ardid, señaló el lugar que ocupaba la vieja construcción, hablando a Caín y Abel con estas palabras:
-Mirad bien este lugar que tan extraño aparece, pues he aquí que para mayor maravilla nuestra, frente a nosotros se encuentra el celebrado Pajar del rey Sabio
Lo dijo en un tono confidencial y enigmático, para causar en los alumnos el efecto de participarles un gran secreto.
-En otras ocasiones -prosiguió el Maestro- como seguro recordaréis, os hablé ya de tan notable monarca. Fue en una de nuestras apacibles veladas, cuando os traje noticia de las canciones que se celebraban en su corte. Según veo, olvidé entonces referiros la historia del pajar, pues ninguno de vosotros lo ha reconocido. Dejad pues que os la cuente ahora, ya que la fortuna nos ha traído hasta su puerta. Y bien, sabed amados míos, que desde tiempo inmemorial cientos de hombres valerosos han acercado sus pasos hasta este rincón, provenientes de los cuatro confines de la Tierra. Su único propósito ha sido intentar descubrir entre la paja que esconden estas puertas que aquí vemos una singular aguja. Según es proclamado por quienes custodian las leyendas de los hombres, fue oculta muchos siglos atrás por el mismo rey Sabio, que prometió una gran sabiduría para aquella persona que lograra encontrarla.
Calló el Maestro después de su relato, y bajando un tanto la mirada, se apoyó en un largo cayado que había tomado del bosque. Quedó luego observando el pajar, simulando cierta ceremonia, por ver el efecto que causaba su discurso en los dos hermanos. Caín, que no había perdido palabra de cuantas oyera, contempló largamente la construcción, cuyo tejado, cubierto por las ramas que colgaban de los árboles, dejaba ver el paso irreverente de los años. Cerró entonces los ojos, pues se complacía sobremanera con aquellas leyendas tan hermosas, y creyó encontrar en su memoria aquella tarde lejana en la que el Maestro les habló a los dos de la leyenda del rey Sabio. Según la recordaba, aquella no era sino una fábula hermosa que había servido al propósito de entretener la velada. Narraba la historia de un hombre justo y valeroso, llamado a reinar entre los suyos con gran sabiduría. Caín abrió de nuevo los ojos, y después de considerar con gran detalle el pajar, quedó decepcionado. Entendía que no era propio de un monarca, pues se veía abandonado y sucio en extremo. Además, dudaba que aquel relato respondiera en verdad a un hecho cierto, por lo que pensó que podría tratarse de una estratagema del Maestro, que a menudo se divertía a costa de su inexperiencia. Con cierta desconfianza, habló Caín a su preceptor en estos términos:
-Bien sabes que no he cuestionado nunca ninguna de tus palabras, Maestro, pero no entiendo cómo es posible que en semejante lugar esté oculta una de las fuentes del conocimiento. ¿No sería lo propio hallarla en algún palacio, o escondida entre las arcas de un inmenso tesoro? ¿Acaso es posible que detrás de una simple aguja permanezca encerrada una verdad? Mejor será que aclares este acertijo, pues no acabo de comprender el alcance de tu discurso.
El Maestro, en un primer momento, quedó desconcertado con aquella pregunta, pues no había previsto el recelo de Caín. Sin embargo se alegró de inmediato, pues fue consciente de que Abel y Caín ya no eran tan niños. Los dos comenzaban a desconfiar de las cosas que escuchaban, hasta tanto no tuvieran de ellas razones más ponderadas. Aquello era un signo inequívoco de que habían empezado a conquistar su propia sabiduría. No obstante, no quería dejar pasar una ocasión tan afortunada, de manera que con gran habilidad buscó algo en sus bolsillos, sin que los hermanos se percataran de esta maniobra. Luego los distrajo, fingiendo que había advertido algún movimiento en una zona alejada del bosque, y aprovechó el instante en que los dos miraban en la dirección señalada para lanzar al interior del pajar una aguja, que guardaba junto a otros objetos. Los maestros suelen llevar cosas inverosímiles entre sus ropas, que con frecuencia son las más a propósito para sus tretas. Luego de preparar este ardid, buscó con suma cautela las palabras que pudieran mover dentro de Caín el deseo de hallar aquel tesoro oculto en el pajar, pues advertía que estaba prevenido contra el engaño. Después de reflexionar en silencio, se manifestó en estos términos:
- Acaso -dijo pausadamente- no se halle la verdad dentro de la aguja. Más bien pudiera ser que la sabiduría se nos revele a través de su búsqueda.
Caín, que no había considerado la cuestión desde aquella perspectiva, se sintió repentinamente intrigado. Después de todo, aquello pudiera tener cierta lógica. Observó detenidamente el pajar, preguntándose de qué manera buscaría en él, oscuro y lleno de paja, una aguja diminuta. Después miró largamente al Maestro. Rememoró el suceso de la colina, y cómo en aquella experiencia tuvo ocasión de aprender que con frecuencia la verdad se alcanza mientras se recorre el camino. Con estos pensamientos en su mente, intentaba escrutar el rostro grave del Maestro, que se había sentado sobre una roca próxima a la entrada del cobertizo, trazando círculos en la tierra con su bastón, mientras aguardaba la decisión de Caín. Al fin el muchacho se acercó al Maestro, y mirándole a los ojos le dijo así:
-Maestro, he meditado sobre tu respuesta, y considero que hay en ella razones que justifican un esfuerzo. Permite que sea yo quien trate ahora de buscar esa aguja fabulosa.
El Maestro sonrió. Al escuchar la respuesta de su alumno, supo que aquel cuento había sido útil a sus propósitos. Aunque había llegado a desconfiar de que Caín se decidiera finalmente, ahora lo tenía frente a sí, pronto a iniciar aquella nueva aventura. Se levantó despacio, reclinando su cuerpo sobre el báculo. Luego mudó su ademán, para dar a aquel momento tan esperado cierta solemnidad. Con aplomo, puso su mano sobre el hombro del muchacho, como si despidiera a un hombre a quien se encomienda una grave misión. Después lo acercó con paso decidido hasta la puerta:
-Adelante -le dijo-, ve en buena lid, y afronta este nuevo desafío. Deja que tu entendimiento se eleve con astucia sobre las cosas que distingues o conoces, y prueba ahora si logras sacar a la luz el tesoro oculto.
Aquellas palabras acrecentaron la audacia de Caín, que franqueó la entrada sin vacilación. Los travesaños que enmarcaban la puerta, agitados por el ímpetu del muchacho, comenzaron a crujir con gran ruido, pues llevaban mucho tiempo sin ser movidos, y la madera estaba reseca y resquebrajada. El polvo y la suciedad, ocultos durante tanto tiempo, parecían despertar al contacto con aquel aire nuevo que entraba repentinamente, levantándose de súbito para formar alrededor del umbral una densa polvareda. Caín esperó a que la luz que todavía llegaba del poniente disipara un tanto la confusión. Lentamente, el polvo fue depositándose de nuevo, hasta que por fin se acertaba a distinguir el interior del pajar. El muchacho abrió los ojos cuanto pudo, y no sin esfuerzo, consiguió fijar su atención en el centro de la sala, donde el forraje, algo aplastado por el paso del tiempo, había quedado amontonado. A la vista de la paja sintió un gran afán, y quiso hallar cuanto antes aquella aguja, que en su imaginación consideraba ya como la clave para alcanzar enormes riquezas. Sin más reflexión, se lanzó sobre el cúmulo de hierba seca, apartando con los brazos los fardos que encontraba a su paso. Pensó que sus dedos repararían enseguida en cualquier objeto que cubriera la paja, y decidió sumergirse en aquel pequeño mar dorado, hasta que en breve estuvo todo él cubierto por el polvo y la hierba. Rastreó con gran tesón, mientras que aquí y allá, burlonas briznas saltarinas delataban su presencia bajo el manto vegetal. Envuelto en sudores, peleaba sin descanso contra el desánimo y la fatiga. Sólo en un par de ocasiones se detuvo, pues notaba que le faltaba el aire para respirar. Aun así, tan pronto como cobraba aliento, emprendía de nuevo su alocada búsqueda.
Tantas horas entretuvo en aquella empresa, que en el lejano horizonte comenzaba a oscurecer. Después de un tiempo, cuando la luz terminó por extinguirse completamente, Caín se sintió extenuado. Sin poder ver ya nada alrededor, dio por vanos todos sus esfuerzos, y muy a su pesar, pues en nada le complacía admitir una derrota, hubo de desistir. Cariacontecido, salió por fin adonde estaban los otros, y con profunda aflicción les habló de su fracaso.
El Maestro, que daba por bueno el empeño de Caín, trató de consolarle con palabras amables. Sabía que era joven e impulsivo, y apreciaba en verdad el esfuerzo con que acometió la tarea. Después miró largamente a Abel, que permanecía sentado en silencio junto a la puerta del pajar. Al cabo de unos segundos le formuló una pregunta:
-¿Querrás intentarlo tú también? Quizás sea mejor que esperes a que amanezca, pues ya no queda luz que pueda encaminar tus pasos.
Abel reflexionó. Recordó las palabras enigmáticas con las que el Maestro había aconsejado a Caín: Después se levantó, y sin dejar de mirar a los ojos de su Maestro, contestó con serenidad:
-Iré ahora.
Acto seguido, tomó de las proximidades del pajar algunas briznas de hierba seca, y se apartó con ellas hasta un lugar más alejado. Caín, intrigado por tan extraño proceder, miró al Maestro con claro desconcierto, por ver si hallaba en su rostro alguna señal de lo que allí ocurría. Aguardaba con expectación hasta ver qué cosa era aquella que planeaba su hermano, y por qué, si había decidido buscar la aguja, se alejaba entonces del pajar. Todas estas cavilaciones ocupaban su pensamiento mientras miraba al Maestro. Entretanto, el silencio alrededor de los dos era cada vez mayor, a no ser por el ritmo acompasado que llegaba de los grillos lejanos. Abel llegó por fin a la altura de un viejo tronco. Se agachó y tomó un par de ramas que estaban caídas junto a él. Seguidamente se dispuso a llevar a término una idea que rondaba por su cabeza. Caín, en la distancia, procuraba seguir la extraña maniobra de su hermano. Pero por más que tratara de acomodar su vista a la oscuridad, apenas alcanzaba a vislumbrar alguna cosa entre las sombras, lo que aumentaba de manera notable su frustración. Aún hubo de transcurrir algún tiempo, hasta que un pequeño resplandor iluminó la parte del bosque en que se hubiera internado Abel. De súbito, entre la penumbra, surgió nítida la silueta de Abel. En su mano, de manera resuelta, portaba una antorcha encendida. Su gesto se iluminó entonces con el resplandor de las llamas, y le pareció al Maestro que en verdad había crecido en sabiduría y majestad. Abel se acercó al pajar con decisión, y cuando se encontraba a sólo unos metros, arrojó la tea en su interior. Caín estaba maravillado, y miraba una y otra vez al Maestro y a Abel. El incendio crecía, y las llamas arruinaban ya la parte alta de la techumbre, mientras se dejaba sentir en el silencio de la noche el crepitar furibundo del fuego. Abel no dijo nada. Armado de valor, observó cómo se devastaba el pajar. Poco a poco la estructura se fue desmenuzando, quedando a merced de la brisa como una extraña osamenta ennegrecida. Después de unas horas, apenas quedaban llamas bajo los leños que todavía resistían en pie, mientras el hollín los envolvía con su manto negro. Poco más tarde, entre las brasas ardientes, refulgía incandescente la aguja.
TERCERA ENSEÑANZA:
Lo más inteligente
No siempre es lo más complicado.

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