GrahamsBloggerNovelTemplate

PARÁBOLA DEL TESORO

Siempre que el Maestro se ausentaba para entregarse a reservadas meditaciones, regresaba envuelto en una sensación de paz que conservaba durante mucho tiempo. A su retorno, solía complacerse especialmente acercándose hasta lugares en los que le fuera posible compartir con sus discípulos aquel estado contemplativo, propio de su remozado espíritu. Escogía a tal fin comarcas que por alguna razón invitaran al caminante a detenerse, para poder así disfrutar de las cosas más gratas de la vida.

En esta ocasión, después de viajar algunos días por varias rutas distantes e inexploradas, avistaron por fin una remota región de la que el Maestro había tenido noticia. Pronto se hizo notar que aquel lugar tenía un especial encanto, pues conforme llegaron pudieron advertir enseguida la excepcional hermosura de sus campos, abundantes en praderas de delicada belleza. También encontraron a su paso numerosos cultivos cuidadosamente trazados, en los que laboraban animosos algunos grupos de hombres. Las aldeas, dispersas a ambos lados de la ruta, mostraban una armonía inusual, y se veían ocupadas en un ajetreo vivaz y alegre. Los ancianos aparecían a menudo rodeados de jóvenes, que consideraban sus palabras con atención y conversaban de forma amena en los lugares principales de las poblaciones. Los niños, ágiles y despiertos, jugaban despreocupados mientras los hombres y mujeres trabajaban con afán, intentando que prosperaran los logros que habían hecho de su tierra un lugar incomparable. Tenía por todo aquella región un aire de paz y quietud que reconfortaba a los tres viajeros, cansados de hallar en sus travesías el desorden al que eran tan inclinados los hombres de aquel tiempo. Caín y Abel, seducidos por tan fascinante equilibrio, admiraban cuanto veían, y así se lo hacían saber al Maestro llenos de entusiasmo.

Los tres caminaron aún durante un tiempo, y era tal el placer que encontraban en su mutua compañía, y tan alegre el colorido y la disposición de aquel paisaje, que apenas notaban el cansancio que sería de esperar después de tan larga caminata. Al cabo, divisaron a lo lejos el perfil de una hermosa población que aparentaba ser la más señalada de cuantas habían visitado, de manera que encaminaron sus pasos hacia ella. Y en verdad debía tratarse de un pueblo pacífico entre miles, ya que pronto hallaron entre quienes salían a su encuentro la hospitalidad que buscaban, pues no faltó quien se ofreciera generosamente a tenerlos en su casa. Entre todos ellos, llamó la atención al Maestro un adorable anciano, que resultó ser el gobernador de aquella comarca. Había advertido en su mirada una serenidad que inspiraba profundo respeto y franca simpatía. El anciano, después de presentarse al Maestro, les rogó que se hospedaran en su residencia, lo que aceptaron los tres encantados.

Una vez entraron en su vivienda, advirtieron que se trataba de un lugar sencillo y respetable, pues se hallaba concebido con el mayor gusto. Sus estancias, desprovistas de adornos excesivos, inspiraban una apacible tranquilidad a quienes eran invitados a cruzar su puerta. El viejito, muy ceremonioso, mandó aproximarse a una joven doncella que estaba a su servicio, solicitándola que trajera de su despensa cuanto pudiera servir para honrar a aquellos visitantes tan celebrados. Caín expresó particular regocijo ante aquellas palabras, pues comenzaba a padecer en su estómago los efectos de tan agradable como larga excursión. También Abel encontró muy de su gusto aquel ofrecimiento, e incluso el Maestro, que solía saciarse con poco; de manera que agradecieron los tres el convite, disponiéndose a pasar una agradable velada con su anfitrión. Se sentaron los cuatro alrededor de una mesa robusta, y al instante apareció la muchacha, transportando una bandeja en la que, para deleite de Caín, numerosos manjares competían a la hora de regalar los ojos de los comensales. La sirvienta dejó la fuente sobre la mesa y se fue discretamente, deseando buen provecho a los cuatro. Ya solos, comieron todos con apetito, sintiéndose reconfortados con aquellas viandas, mientras disfrutaban con la animada conversación en que fueron entrando.

Cuando hubieron despachado todos los alimentos, regresó de nuevo la doncella, dejando sobre la mesa otra bandeja repleta de dulces y golosinas, que hicieron las delicias de Caín y Abel. Aprovechó entonces el Maestro para obsequiar a su anfitrión, y mientras los jóvenes hermanos disfrutaban con los postres, le entretuvo con algunas historias ligeras que había ido recogiendo en su largo peregrinar, deseando con ello complacer al anciano. Y así fue en verdad, pues éste agradeció vivamente la iniciativa, y se mostró muy complacido con las narraciones del Maestro. El gobernador había tomado gran afición a los viajes en su juventud, pero la edad avanzada en que se encontraba le impedía proseguir con esta diversión. Ahora, con ayuda de las palabras del Maestro, imaginaba llegar de nuevo a lugares lejanos que excitaban su fantasía. El anciano disfrutó largo rato con aquellas aventuras que iba escuchando, hasta que por fin, cuando parecía que el Maestro ya no encontraría nuevos episodios con que amenizar la noche, tomó la palabra para agradecer a sus invitados tan deliciosa velada, pues se sentía encantado en su compañía. Aprovechó entonces Abel para preguntarle acerca de las cosas que habían llamado su atención a lo largo del camino:

-Decid, ¿cómo es posible que reine en esta comarca un orden tan extraordinario que llena cuanto toca de sensatez y hermosura? No os vanaglorio si digo que jamás encontramos un lugar que pueda compararse a éste en su belleza y gobierno; antes bien, en todas partes los hombres parecen arreglarse para hacer las cosas del peor modo posible, y es tanto lo que deberían aprender, que parece tarea imposible llegar a instruirles.

-Entonces -continuó Abel- ¿Dónde reside vuestro secreto? ¿Acaso os gobierna algún sabio desconocido?

El anciano comprendió el interés del muchacho, pues intuía que aún no había concluido el tiempo de su instrucción, por lo que trató de ofrecer una respuesta que pudiera satisfacerle.

-La razón de nuestra prosperidad -contestó mientras se levantaba- es un tesoro extraordinario que custodiamos en secreto desde hace ya tantos años que ni siquiera yo -dijo con una sonrisa, pues los ancianos son los únicos capaces de reírse abiertamente de su condición- soy capaz de contarlos. Gracias a esta estratagema, hemos conseguido desterrar la codicia de nuestro pueblo, hasta el punto de que nuestros jóvenes ni siquiera conocen su maligna influencia. Ciertamente, no hay en el mundo un tesoro que supere en importancia al nuestro. Sabiéndolo, no ambicionamos otro, pues: ¿por qué habríamos de querer algo que es inferior en valor a lo que ya tenemos? Por eso no pensamos en buscar fortuna, como hacen algunos bárbaros más allá de nuestros límites, y dedicamos nuestros días a labrar nuestros campos, porque no falte en ellos el sustento que necesitamos.

Caín, que había quedado impresionado con las palabras del anciano, trató de imaginar la dimensión de aquel tesoro, pues no era capaz de concebir una riqueza tal que asegurara a sus poseedores que ninguna otra, conocida o desconocida, pudiera igualarla. Tan intrigado estaba, que no dudó en preguntar:

-¿Es posible -dijo-, si ello no ha de ser quebranto para las leyes de vuestro generoso pueblo, que nuestros ojos puedan ver también semejante riqueza? De este modo podríamos apartar la ambición de nuestro destino, si como aseguráis tal es lo que sucede a quienes lo contemplan.

-No hay inconveniente -respondió el gobernador- pero descansemos ahora, y mañana yo mismo os acompañaré.

Estuvieron todos de acuerdo, pues se hallaban bastante fatigados. Así, el anciano acompañó a los hermanos hasta una confortable habitación, en la que la sirvienta había dispuesto dos mullidos camastros. Luego guió al Maestro hasta otro cuarto similar, retirándose después a sus habitaciones. Pronto quedaron los cuatro plácidamente dormidos en espera del próximo día.

Al poco de amanecer, acudió el Maestro a la estancia en que descansaban Caín y Abel, y quedó enternecido después de contemplar por un momento como dormitaban. Los despertó luego con suaves palabras, y bajó con ellos hasta el piso inferior, donde les aguardaba su huésped. Cuando todos se hubieron desayunado, acordaron no demorar más su partida, y dirigidos por el anciano salieron a la calle.

No habían andado mucho cuando llegaron por fin a una casa situada en una plazoleta. Se trataba de un edificio blanco y luminoso, de aspecto sencillo. Nada en su fachada hacía sospechar que su interior albergaba un tesoro. Tampoco había en la entrada guardia alguna, lo que llamó la atención de los dos hermanos, que lo tuvieron por imprudente. Sobre la puerta principal, un letrero decía escuetamente: "Escuela".

Sin pronunciar una palabra, y ante el asombro creciente de los muchachos, el gobernador cruzó la puerta delante de ellos. Desde el umbral apenas se distinguía nada, pues no parecía que hubiera ventanas por las que pudiera entrar alguna claridad. El anciano, acostumbrado a desenvolverse en las tinieblas de la casa, se adentró un tanto, y prendió luego una antorcha que tomó de una pared lateral. Hacerse la luz y mudar el rostro los dos hermanos fue todo uno, pues al instante, Abel y Caín quedaron maravillados, tras comprobar que tal y como habían soñado, por todas partes resplandecían las piezas de oro y otros metales preciosos. Vasijas, collares, pulseras y otros objetos exquisitos, rematados con las más hermosas joyas que puedan describirse rivalizaban en calidad y belleza. Se hallaban por doquier, amontonados sin concierto como se describen a menudo en las más antiguas tradiciones. Los muchachos avanzaban animados por el brillo soberbio de aquellas riquezas de valor incalculable, hasta que el anciano llamó su atención, pues creía llegada la hora de que compartieran su secreto. Mandó a los dos que se acercaran a él y les habló así:

-Durante la deliciosa velada que compartimos anoche quisisteis saber la razón de nuestra prosperidad. Os hablé entonces de nuestro tesoro, y os prometí compartirlo con vosotros. Pues bien, es en fidelidad a mi promesa que nos hayamos hoy aquí.

Pero algo intrigaba a Caín desde que traspasaron la puerta de la casa, y le pareció que aquel era un momento oportuno para obtener una respuesta:

-¿Por qué llamáis escuela a este lugar? -quiso saber entonces.

El anciano sonrió al Maestro, pues encontró muy atinada la pregunta del muchacho.

-Has de saber -contestó de inmediato- que cuantos aquí vivimos, recibimos instrucción en este lugar acabado el tiempo de nuestra niñez. Por espacio de un día, somos recluidos en esta sala, hasta que logramos encontrar en ella el tesoro más preciado que ocultan sus paredes. Por esta causa llamamos escuela al lugar en que nos encontramos. Pero decid: ¿Creéis que si os dejáramos aquí, seríais capaces de hallar vosotros también la que sin duda constituye nuestra mayor riqueza?

Al instante, los dos hermanos pasearon su vista por aquel paisaje de brillo estremecedor. Pero era tal la abundancia acumulada en aquella estancia que resultaba imposible decidirse por una pieza en concreto.

A pesar de todo, aceptaron el desafío, pues estaban acostumbrados a resolver los enigmas que el Maestro venía ofreciéndoles. Sin perder tiempo, el anciano salió de la casa acompañado del Maestro, dejando a Caín Y Abel en su interior. Antes de salir, tomó la antorcha que había encendido a la entrada, sacándola también a calle. Esto desconcertó sobremanera a los hermanos, pues quedaron sumidos en tinieblas.

En el exterior, el sol comenzaba a ascender en el horizonte, haciendo que el calor fuera en aumento. A medida que la espera se prolongaba, la temperatura empezaba a ser sofocante, de manera que el Maestro y su venerable anfitrión se vieron obligados a buscar la sombra de una casa vecina. Por su parte, Caín y Abel estaban realmente asustados. Desde hacia un buen rato sólo conseguían tropezar con aquellos tesoros que privados de luz habían perdido todo su poder de seducción. Además, el calor en el interior de la casa era realmente intolerable, pues estaba rematada con un techo de pizarra negra, y sus muros revestidos con láminas de metal dorado, y al no disponer de ventanas, se diría que toda la estancia se había convertido en un horno. Poco tiempo hubo de transcurrir para que los dos hermanos empezaran a temer por su vida. Los dos sabían que no aguantarían mucho tiempo en una atmósfera tan asfixiante. El sudor cubría sus rostros por completo, escociendo sus ojos y llenándoles de angustia. Ni siquiera pensaban ya en el tesoro, cuando algo atrajo de pronto a Caín. Se trataba de un sonido rítmico y cadencioso; que pronto llenó en la imaginación del muchacho toda la sala, siendo suficiente para exaltar su ánimo abatido. Abel, que estaba junto a su hermano, también pudo escuchar aquel ruido libertador, y los dos se supieron salvados en medio del infierno, estallando de pronto en un grito de júbilo indescriptible.

Mientras tanto, el gobernador había decidido ir en busca de los muchachos junto al Maestro, pues llevaban ya demasiado tiempo encerrados, y era un día particularmente caluroso. Abrió la puerta, y cuando lo hizo encontró que los dos esperaban junto a ella. Contra toda lógica, no aparentaban gran inquietud, lo que impresionó al anciano. Caín, que sonreía junto a su hermano, quiso participar al anciano sus buenas nuevas:

-Estoy seguro de haber hallado el mayor de vuestros tesoros -dijo tomando la antorcha de manos del gobernador. Mi hermano y yo lo encontramos. Venid y os lo mostraremos.

Pasó primero el Maestro, y luego el anciano, y caminaron detrás de Caín. Entonces Abel señaló una fuente en medio de la sala. Sus grifos eran de oro y plata fina, y estaban rematados de diamantes del tamaño de un puño. El pilar se hallaba recubierto de rubíes, y el pilón había sido ornamentado con multitud de zafiros y esmeraldas, de manera que el conjunto aparecía como la pieza de joyería más hermosa que pueda concebirse. Caín se adelantó, hablando también en nombre de su hermano:

Sólo hay una cosa más hermosa en esta sala -dijo señalando la fuente. Y después de llenar sus manos con el agua que manaba de ella, miró al Maestro y al anciano extendiendo sus brazos.

-Éste es el tesoro -les dijo, mientras dejaba caer mansamente el agua entre sus dedos.


NOVENA ENSEÑANZA:

Lo más valioso,

No siempre es fruto de la industria del hombre.

0 Comments:

Post a Comment

<< Home