<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-27158524</id><updated>2011-12-20T05:51:57.889-08:00</updated><title type='text'>La Manera de Obrar un Prodigio</title><subtitle type='html'></subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://lamaneradeobrarunprodigio.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/27158524/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lamaneradeobrarunprodigio.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Javier Úbeda</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh3.googleusercontent.com/-p54cZNqpPTc/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAFvY/9wQ70qqw6jQ/s512-c/photo.jpg'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>12</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-27158524.post-114751137567485648</id><published>2006-05-13T02:05:00.000-07:00</published><updated>2006-07-04T09:30:31.510-07:00</updated><title type='text'>ÍNDICE DE CAPÍTULOS</title><content type='html'>&lt;ol&gt;&lt;li&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;a href="http://lamaneradeobrarunprodigio.blogspot.com/2006/04/parbola-de-la-luna.html"&gt;Parábola de la Luna&lt;/a&gt;&lt;/span&gt;&lt;/li&gt;&lt;li&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;a href="http://lamaneradeobrarunprodigio.blogspot.com/2006/05/parbola-de-la-colina.html"&gt;Parábola de la Colina&lt;/a&gt;&lt;/span&gt;&lt;/li&gt;&lt;li&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;a href="http://lamaneradeobrarunprodigio.blogspot.com/2006/05/parbola-del-pajar.html"&gt;Parábola del  Pajar&lt;/a&gt;&lt;/span&gt;&lt;/li&gt;&lt;li&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;a href="http://lamaneradeobrarunprodigio.blogspot.com/2006/05/parbola-del-constructor.html"&gt;Parábola del Constructor&lt;/a&gt;&lt;/span&gt;&lt;/li&gt;&lt;li&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;a href="http://lamaneradeobrarunprodigio.blogspot.com/2006/05/parbola-de-la-presa.html"&gt;Parábola de la Presa&lt;/a&gt;&lt;/span&gt;&lt;/li&gt;&lt;li&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;a href="http://lamaneradeobrarunprodigio.blogspot.com/2006/05/parbola-del-guerrero.html"&gt;Parábola del Guerrero&lt;/a&gt;&lt;/span&gt;&lt;/li&gt;&lt;li&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;a href="http://lamaneradeobrarunprodigio.blogspot.com/2006/05/parbola-del-hechicero.html"&gt;Parábola del Hechicero&lt;/a&gt;&lt;/span&gt;&lt;/li&gt;&lt;li&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;a href="http://lamaneradeobrarunprodigio.blogspot.com/2006/05/parbola-del-mercader.html"&gt;Parábola del Mercader&lt;/a&gt;&lt;/span&gt;&lt;/li&gt;&lt;li&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;a href="http://lamaneradeobrarunprodigio.blogspot.com/2006/05/parbola-del-tesoro.html"&gt;Parábola del Tesoro&lt;/a&gt;&lt;/span&gt;&lt;/li&gt;&lt;li&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;a href="http://lamaneradeobrarunprodigio.blogspot.com/2006/05/parbola-de-los-caminos.html"&gt;Parábola de los Caminos&lt;/a&gt;&lt;/span&gt;&lt;/li&gt;&lt;li&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;a href="http://lamaneradeobrarunprodigio.blogspot.com/2006/05/parbola-del-maestro.html"&gt;Parábola del Maestro&lt;/a&gt;&lt;/span&gt;&lt;/li&gt;&lt;/ol&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/27158524-114751137567485648?l=lamaneradeobrarunprodigio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lamaneradeobrarunprodigio.blogspot.com/feeds/114751137567485648/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=27158524&amp;postID=114751137567485648' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/27158524/posts/default/114751137567485648'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/27158524/posts/default/114751137567485648'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lamaneradeobrarunprodigio.blogspot.com/2006/05/ndice-de-captulos.html' title='ÍNDICE DE CAPÍTULOS'/><author><name>Javier Úbeda</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh3.googleusercontent.com/-p54cZNqpPTc/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAFvY/9wQ70qqw6jQ/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-27158524.post-114751110565730815</id><published>2006-05-13T02:03:00.000-07:00</published><updated>2006-05-13T02:10:25.763-07:00</updated><title type='text'>PARÁBOLA DEL MAESTRO</title><content type='html'>&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;span style=""&gt;        &lt;/span&gt;Tras regresar de su último viaje, Abel y Caín permanecieron todavía unos días junto al Maestro. A lo largo de su corta biografía, mientras recorrían las primeras etapas de la vida en la Tierra, habían tenido ocasión de extraer importantes enseñanzas de sus muchas aventuras. Desde el principio aprendieron a proceder con serenidad, pues conocían la virtud de la paciencia. Comprendieron que no hay grandeza posible sin humildad, y fueron capaces de juzgar más allá de la confusión y la apariencia. Así mismo, amaron el profundo misterio de lo creado, reverenciando a los que fueron antes que ellos por el sinuoso sendero de la vida. También supieron compartir el éxito después del esfuerzo común. En todo ese tiempo, no dejaron de experimentar una inclinación natural y afectuosa por la Voluntad que creó todo cuanto hallaron sobre la Tierra, siendo respetuosos con toda muestra de culto hacia ella por parte de los hombres, que en distintos lugares y épocas la llamaron de muchas formas. Al mismo tiempo, rechazaron con firmeza a cuantos se amparaban en el misterio o en el temor para hacer cundir entre los ignorantes y los crédulos falsas doctrinas. Vivieron siempre precavidos contra la arrogancia de los poderosos, apreciando las cosas más sencillas de la vida. Supieron dar al oro y la riqueza su justo valor, desde luego, muy inferior al del agua. Del mismo modo, comprendieron que no hay nada imposible para una voluntad firme, y que el fracaso es también maestro de los hombres. Y mientras aprendían crecía su amor y su sabiduría. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Pese a todo, les hubiera gustado permanecer aún al lado del Maestro, conscientes de que tendrían que entender muchas otras cosas en adelante. A medida que se acercaba el momento de su partida, iba aumentando su congoja. Aunque se veían capaces de proseguir por sus propios medios, no deseaban despedirse tan pronto. Pero el Maestro estaba convencido de que el momento había llegado para los dos. Desde luego, consideraba que tenían mucho que aprender aún, pero eran asuntos que sólo podrían entender desde su propia experiencia. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Resuelto a llevar a término su propósito, decidió al fin regresar con ellos hasta el lugar en el que dio comienzo su viaje: la montaña Primera, desde cuyas cumbres habían presenciado el sometimiento del Caos. Quiso con ello cumplir su propio designio, de manera que en adelante, Abel y Caín escribieran la historia de todos y cada uno de nosotros, pues a ellos correspondía en el inicio. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;El Maestro preparó con gran detenimiento aquel último viaje, sirviéndose de la colaboración de Caín y Abel, pues ya eran dos adultos competentes, a los que podía confiar aquella tarea. Los preparativos se demoraron aún varias jornadas que fueron como un bálsamo para los muchachos. Mientras trabajaban, sentían una alegre nostalgia, y disfrutaban recordando los días compartidos en los caminos. El Maestro observaba con atención a los jóvenes, y cada día aumentaba su convencimiento de que estaban maduros para trazar la senda de su propio destino. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Y así, cierta mañana, aprovecharon que el amanecer había deparado un espléndido día para iniciar la marcha. Salieron con la luz del alba, y caminaron un largo trecho a descubierto, hasta internarse en un frondoso bosque cuando ya el sol dejaba atrás el cenit. Las ramas más altas de los árboles, agitadas por el ímpetu del viento, ocultaban en parte la luz del sol, de suerte que el camino, según avanzaban, aparecía cada vez más sombrío. La copiosa vegetación se iba haciendo más densa conforme se adentraban en la floresta, hasta que llegó un momento en que el Maestro, que parecía conocer sobradamente aquellos parajes, tomó la determinación de encabezar la marcha. Sus pies desnudos, conforme ascendían por aquel sendero tan empinado, se resentían de la humedad creciente apenas protegidos por las sandalias. Anduvieron durante horas en aquel laberinto vegetal, hasta que incluso la senda terminó por desvanecerse bajo sus pies. Nada quedaba ya del sol sino la escasa luz que se filtraba en algunos recodos a través de las plantas, tan abundantes que impedían el paso en ocasiones. A pesar de la creciente dificultad, el Maestro no parecía desorientarse jamás, pues en ningún momento vacilaba, abriéndose paso de manera decidida entre la vegetación. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Cuando ya el día tocaba a su fin, arribaron a una sima, oculta en lo más recóndito del bosque. A pesar de que se hallaba cubierta totalmente por la maleza, el Maestro la reconoció al momento. Después de detenerse y dejar sus bultos en el suelo, limpió el acceso con sumo cuidado, dejando al descubierto el inicio de una escalera en forma de caracol que descendía por aquel pozo hasta perderse. Una imperceptible sonrisa asomó entonces a los labios del Maestro, consciente de haber hallado el sitio exacto. Miró a su alrededor, buscando un lugar en que pudieran descansar cómodamente los tres, pues pretendía descender a la gruta al día siguiente. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;La noche transcurrió deprisa. Al poco de amanecer, mientras el Maestro inspeccionaba la caverna, Abel y Caín tomaron algún bocado que repusiera sus fuerzas. Seguidamente comenzaron el descenso. El Maestro había hecho provisión de varias antorchas, pues se hallaba precavido sobre la oscuridad que encontrarían en aquella gruta. Una vez las hubo prendido, dio una a cada muchacho, porque se sirvieran de ella en la bajada. Los dos hermanos caminaban recelosos, guiados por el Maestro. Poco a poco se fueron adentrando en las profundidades inexploradas de la cueva, hasta llegar a una zona en la que incluso el sonido estaba ausente. Únicamente la resonancia de sus respiraciones agitadas parecía invadir el espacio, aumentando su inquietud de manera notable. Los dos hermanos abrían los ojos tanto como podían, procurando llevar su vista más allá de las débiles antorchas, pero era imposible. En toda la gruta no había otras fuentes de luz, y la enormidad de su tamaño impedía incluso que las que ellos portaban se reflejaran por acaso en alguna pared. En aquel instante, una desoladora sensación de soledad les abrumó de pronto. Comprendieron de súbito que se encontraban en un lugar sobrenatural, cuyo conocimiento escapaba a la inteligencia de los mortales. La voz de Caín rompió por fin el silencio, deslizándose entrecortada como un susurro:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-¿Dónde estamos? -preguntó.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-En el Pozo del Tiempo -replicó el Maestro, y su voz retumbó de manera terrible, elevándose sobre las sombras como un portento-. En él se custodian todos los momentos: los pasados, los presentes y los futuros, alejados de la codicia y la mezquindad de los hombres. Nos hallamos aquí para poder regresar al lugar en el que todo fue originado.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Sobrecogidos ante tan extraordinaria revelación, ninguno de los dos se atrevió a preguntar nada más, y continuaron su descenso envueltos en aquel espantoso silencio que no cesaba nunca. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Por fin llegaron a una sala espaciosa, iluminada en su parte alta por un débil resplandor. La presencia de aquel destello insignificante, causó sin embargo gran estupor a Caín y Abel, pues su vista comenzaba a acostumbrarse a las tinieblas. El Maestro señaló el lugar en que la luz penetraba la gruta, y decidió parar. Como quedaba aún cierta distancia, descansaron un instante entre las rocas, a fin de habituar su visión a la claridad creciente, y cuando lo hubieron hecho se encaminaron los tres con paso decidido.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;No más traspasaron el umbral de la caverna, Abel y Caín reconocieron al instante el horizonte que se mostraba ante sus ojos atónitos. Se encontraban de nuevo en la montaña Primera, y frente a ellos se desplegaba el espectáculo grandioso de la Creación. Habían regresado al principio, y aunque ninguno daba crédito, tampoco podía rehusar lo que veían sus ojos. Caín fue el primero en salir de la gruta. Desconcertado por tan portentosa visión, apenas encontraba palabras que pudieran expresar su estupor: &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;-¡No es posible! -exclamó- ¡Este es el lugar desde el que comenzó nuestro viaje! ¡Fue aquí! ¡Todo está como entonces! El valle, los montes... Pero... -titubeó contrariado- ¡En aquella ocasión no había ninguna cueva!&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-El Pozo del Tiempo se transforma a cada instante -dijo el Maestro por toda respuesta.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Caín se giró de inmediato. Ante su asombro, aquella cueva por la que habían salido instantes antes se desvanecía ahora frente a sus ojos.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-Este es un viaje sin retorno -anunció el Maestro-, desde ahora caminaréis solos. Tú Caín, y tú Abel, formaréis parte de cada hombre y de cada mujer, y viviréis de nuevo en cada uno de ellos. En adelante estaréis presentes en cada Espíritu y en cada Tiempo. Ni siquiera a mí podréis recordarme; aunque algo en vuestro interior sabrá siempre que me ha conocido. Todos los caminos se abren frente a vosotros. Todos los aciertos, como también todos los errores. Recordad siempre que nada hay en el mundo más grande que vuestra voluntad, ni tampoco nada más pequeño. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Abel se sintió desolado frente a su propio desamparo. Sobrecogido, rompió a llorar. Mientras admiraba la extraordinaria soledad de los primeros tiempos, había comprendido por fin que su naturaleza trascendía a la de cualquier ser humano que hubiera tenido ocasión de conocer.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Sus lágrimas caudalosas eran una combinación extraña de desconsuelo y alegría, de júbilo y desvanecimiento, de esplendor y de impotencia. Era el llanto de un hombre rendido a los pies de su propia esencia. Enseguida supo que el misterio último encerrado tras las palabras de aquel Maestro amable, aquel que durante tanto tiempo había orientado sus pasos, permanecería oculto en su corazón, y jamás sería desvelado a su entendimiento. Era un secreto mucho más grande que cualquier otra cosa sobre la Tierra. Un escalofrío recorrió toda su piel, y sintió de súbito la imperiosa necesidad de dar gracias. Corrió por los pastos nuevos de aquel monte, y embriagado por la vida revelada ante él en toda su plenitud, tomó de ellos sus primeros frutos. Lleno de gozo los preparó y los lavó, mientras su corazón palpitante se llenaba de misericordia y gratitud. Después de disponerlos sobre unas hojas, los dio por fin al Maestro.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-Ten -le dijo, mientras podía escuchar el latido de su propio corazón- acepta estos frutos en señal de ofrenda, y llévalos contigo cuando regreses al Pozo del Tiempo. Quiero que en mi nombre los traslades al lugar en que reside la Primera Voluntad. Son los más delicados dones de la Tierra, de cuya simiente han de colmarse los siglos que vendrán.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Tomó el Maestro aquella colecta, y sus ojos se llenaron de lágrimas, pues estaba realmente emocionado con el gesto de Abel. Tan profundo era su arrebato, que los dos se fundieron en un abrazo. Pero ninguno se acordó de compartir aquel momento con Caín. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;El joven, un tanto distanciado, asistía a la escena con profunda congoja. Deseaba poder participar de aquel momento tan dichoso, y sin embargo no estaba seguro de estar a la altura de su hermano. Cariacontecido, pensaba en la manera de ofrecer al Maestro un presente digno de aquella ocasión, pues nada deseaba tanto como poder agradarle. De pronto tuvo una idea. Sin poder ocultar su satisfacción, se retiró discretamente hasta el lugar en que pastaban los primeros rebaños nacidos en el valle. Buscó entre los animales aquellos que le parecieron más tiernos e hizo presa en ellos. Luego los ató fuertemente, arrastrándolos por fin hasta donde estaban el Maestro y Abel.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-Estos son -dijo Caín al Maestro lleno de orgullo- los primogénitos que he hallado entre los animales de la Tierra. Llévalos también contigo en señal de ofrenda.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;El Maestro, que aún estaba enternecido por el gesto de Abel, quedó espantado ante tan terrible escena. Miró a aquellas pobres bestias, que temblaban las unas contra las otras, doliéndose de sus ataduras lejos del abrigo de sus rebaños. Sin perder un instante liberó uno tras otro todos los animales. El Maestro no tomó en consideración la intención de Caín, pues le desagradó profundamente su acción. Lleno de ira, recriminó a su discípulo:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-¿Por qué tratas de agradarme con este absurdo presente? ¿No te conmueve el dolor de estas criaturas indefensas? ¿Acaso envidias a tu hermano? ¡Necio! -exclamó- ¡Bien sé que no hay sinceridad en tus palabras! ¿Quieres ser pastor? ¡Pues toma entonces este cayado -dijo mientras le arrojaba su báculo- y lleva estos animales al lugar donde los robaste! ¡Tu ofrenda no me agrada en absoluto!&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Caín apretó los dientes. Estaba tan aturdido como humillado, pues jamás había escuchado semejantes censuras de labios del Maestro. De súbito, sintió crecer dentro de sí una cólera terrible, agitando a su paso todo su ser. Lleno de ira, se dio la vuelta, y corrió con el ímpetu de su furia. No sabía de qué estaba huyendo, ni sabía tampoco hacia dónde, pero la rabia le hacía correr hasta el límite de sus fuerzas. Y mientras corría con los puños violentamente apretados, iban pasando por su cabeza todas las ocasiones en que su hermano había recibido las alabanzas del Maestro. No recordaba los días en que también hubo elogios para él, pues le cegaba su profunda indignación por lo que consideraba un brutal atropello. Desde aquel momento no hubo lugar en su mente para nada más. Caín se hallaba fuera de sí, y revivía ahora sus vanos esfuerzos por agradar al Maestro. La conciencia de su propia torpeza causaba en él un profundo dolor: ¿acaso era culpa suya no ser más hábil que Abel?&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Pero Abel amaba a Caín. Por eso, cuando vio a su hermano huyendo despavorido, mientras el Maestro palidecía profundamente arrepentido, salió tras él, pues temía de su temperamento cualquier locura. Tras sus pasos, Abel iba gritando su nombre una y otra vez, sin obtener ninguna respuesta. Cuando al fin lo encontró, estaba sentado sobre sus piernas, en mitad de un campo yermo y desolado; con unos ojos furibundos cuya mirada se perdía más allá del infinito. Abel se acercó hasta él, llamándole de nuevo por su nombre.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Y sin embargo, a pesar de tenerlo delante, Caín no pudo ver a su hermano, porque su mente había quedado aturdida por el tormento de aquel sufrimiento atroz. De pronto se puso en pie, espoleado por un impulso feroz, y cegado por su cólera brutal, arremetió con todas sus fuerzas, golpeando sin cesar las sombras oscuras que en su locura veía frente a él. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Caín no supo nunca qué ocurrió cuando se abalanzó sobre su hermano. Ni cómo Abel cayó muerto a sus pies, mirándole con ojos llenos de misericordia. No vio la sangre, ni el fuego, ni las tinieblas; ni escuchó tampoco el silencio infinito que asoló la Tierra. Trató de llorar, pero no encontró en su corazón una sola lágrima, pues su interior había quedado vacío. Entonces, sin saber por qué, tuvo miedo. Todo el temor que es capaz de sentir un alma humana cayó de pronto sobre él. Aterrorizado, corrió de nuevo, y no pudo parar hasta que pudo hallar al Maestro para arrojarse a sus pies.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-¿Dónde está tu hermano? -preguntó el Maestro, mientras le agitaba desesperado, mirando con espanto la sangre que empapaba sus ropas.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-No lo sé -contestó Caín aturdido.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;El Maestro, en los ojos ausentes de Caín, que se perdían tras el estupor de la muerte, supo leer todo el horror de su corazón. Cayó de rodillas, y lloró como nadie ha vuelto jamás a llorar. Luego sintió como su corazón se helaba, golpeando sus sienes en un suplicio sobrecogedor. Comprendió que no había sabido elogiar el esfuerzo de Caín por emular a su hermano, ni se había detenido a ponderar sus virtudes, ocupado como estaba en sacar sus defectos a la luz. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Caín era distinto a Abel, y aquella circunstancia, que debería haber sido fuente de riqueza para los dos, se había convertido por obra de su iniquidad en fatal obstáculo. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;El Maestro elevó su mirada a las alturas, y mientras se rasgaba la túnica arrebatado por un dolor inacabable, se dio cuenta que también los hombres que nacerían desde entonces, todos los hombres y mujeres de todas las épocas, serían distintos entre sí, y estarían marcados para siempre con el estigma de aquella muerte. Desolado, pidió entonces con todas sus fuerzas que su error no se repitiera eternamente, generación tras generación, y que los dos hermanos, llamados a nacer de nuevo en el alma de todos los Hombres y Mujeres futuros, pudieran algún día obrar el prodigio de abrazar sus corazones de manera imperecedera. De este modo, en medio de su terrible dolor, encontró la mayor enseñanza y la mayor advertencia de cuantas han sido dadas jamás a la Humanidad:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;br /&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/div&gt;&lt;o:p&gt;&lt;br /&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;  &lt;p style="text-align: center; color: rgb(153, 0, 0);" class="capitulosprodigio"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;Si crees que ya lo sabes todo,&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: center; color: rgb(153, 0, 0);"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: center; color: rgb(153, 0, 0);" class="capitulosprodigio"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;tal vez has olvidado lo más importante:&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p style="text-align: center; color: rgb(153, 0, 0);" class="capitulosprodigio"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;Un maestro también puede equivocarse.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;font-size:10;"  lang="EN-US" &gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/27158524-114751110565730815?l=lamaneradeobrarunprodigio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lamaneradeobrarunprodigio.blogspot.com/feeds/114751110565730815/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=27158524&amp;postID=114751110565730815' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/27158524/posts/default/114751110565730815'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/27158524/posts/default/114751110565730815'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lamaneradeobrarunprodigio.blogspot.com/2006/05/parbola-del-maestro.html' title='PARÁBOLA DEL MAESTRO'/><author><name>Javier Úbeda</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh3.googleusercontent.com/-p54cZNqpPTc/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAFvY/9wQ70qqw6jQ/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-27158524.post-114751101203828421</id><published>2006-05-13T02:02:00.000-07:00</published><updated>2006-05-13T02:36:47.006-07:00</updated><title type='text'>PARÁBOLA DE LOS CAMINOS</title><content type='html'>&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;span style=""&gt;        &lt;/span&gt;Durante mucho tiempo, Caín y Abel habían caminado a través de distintas regiones, atravesando infinidad de territorios. Fueron jornadas duras pero provechosas, en las que tuvieron oportunidad de juzgar cuanto de bueno y malo hay entre los seres humanos. Mientras recorrían la Tierra en compañía del Maestro, se habían sentido siempre acompañados; aun hallándose en medio de las mayores dificultades. Incluso si alguna vez se vieron privados de su protección, podían al menos consolarse en su mutua compañía. Pero los dos habían crecido notablemente mientras tanto, hasta el punto de convertirse en jóvenes experimentados y capaces. Por este motivo el Maestro creyó oportuno someterlos a una prueba definitiva en la que tendrían que valerse de sus propias fuerzas. Según entendía, había llegado la hora de soltar sus ya escasas ataduras, y encomendarles la custodia de su propio destino. Sabía que, llegados a este punto, no era mucho lo que podía enseñarles todavía, de manera que no creía conveniente continuar a su lado por más tiempo, pues pensaba que para alcanzar su propia verdad, deberían cometer sus propios errores. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;En estas y otras reflexiones venía sumido el Maestro cuando llegaron al fin hasta un paraje apartado de toda población. La densa vegetación que flanqueaba su recorrido desde hacía unos días se abría ahora ante ellos, dando paso a una extensa llanura. A lo lejos, confundido entre brumas, descollaba el contorno nevado de una lejana cordillera. No muy lejos de allí el camino que transitaban quedaba dividido en otros muchos, cuyos rastros se proyectaban en todas direcciones. El Maestro se detuvo para examinar la encrucijada con atención. Luego miró a sus discípulos, cuyos progresos celebraba para sí, y pensó que aquel era un lugar muy adecuado para ponerles a prueba. Así, se acercó a ellos, decidido por fin a revelarles lo que venía planeando:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-Mis bien amados discípulos -les dijo-, en todo este tiempo hemos tenido ocasión de compartir las más variadas experiencias, a lo largo de innumerables travesías. Según entiendo, nunca faltaron para vosotros oportunidades de las que pudierais extraer útiles enseñanzas. Día a día he visto aumentar ante mí vuestra sabiduría, vuestra moderación y vuestro amor por los hombres y mujeres, así como por la Tierra misma. En el principio os contemplaba como a dos criaturas desvalidas, y así lo recuerdo a veces con nostalgia. Mucho habéis crecido desde entonces, hasta llegar a transformaros en dos jóvenes discretos y juiciosos. Bien sé que para vosotros ha sido igualmente grato compartir todas estas jornadas, pues he descubierto en vuestros ojos el entusiasmo con que acometíais cada nuevo descubrimiento; sin embargo -reveló con pesar- no poseo todas las respuestas. Hay muchas cosas que yo no podré mostraros en adelante, pues corresponde a la vida hacerlo por mí. Esta es la causa de que nos hallemos hoy aquí: quiero que afrontéis un último desafío que me permita comprobar si mis enseñanzas han sido suficientes para completar vuestra instrucción. Ante vosotros se abren ahora distintos caminos -prosiguió el Maestro señalando el cruce-; es hora de que partáis en busca de vuestro destino. Quiero que cada uno de vosotros se aventure por uno de estos senderos. Nadie habrá de acompañaros en este último viaje, ni yo podré auxiliaros esta vez con mi presencia. Mientras tanto, esperaré aquí vuestro regreso. A la vista de vuestras nuevas decidiré si estáis finalmente preparados para marchar solos por siempre. Ahora decidme hacia qué remoto lugar, conocido o ignoto, pensáis dirigir vuestros pasos; y partid luego en buena hora. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Caín dejó que su vista se perdiera en el horizonte. Los paisajes lejanos y cautivadores por los que había transitado en el pasado acudieron de pronto a su recuerdo, y sintió dentro de sí un repentino anhelo. Si bien se sentía apenado por las palabras del Maestro, veía nacer al mismo tiempo en su interior una sensación de libertad que no había experimentado nunca antes. Muchas veces, durante el tiempo compartido con su hermano y el Maestro, había deseado poder deambular a su antojo, atraído por la novedad de las distintas rutas que interceptaban su recorrido, pues adivinaba en sus sendas el rumor de remotas ciudades que alimentaban su afán. Ahora, mientras contemplaba ensimismado aquella encrucijada, creyó llegada por fin la ocasión de alcanzar todas esas regiones misteriosas que conformaban sus sueños. De forma decidida se acercó hasta el Maestro, en cuyo rostro se advertían ciertos signos de melancolía. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-Amado Maestro -manifestó Caín-, también yo creo que ha llegado el momento de tomar el rumbo de mi propio destino, y aunque me apena dejaros, siempre he deseado visitar algunos lugares a los que no llegamos en el pasado, pues de ellos he oído referir historias fascinantes. Se cuenta que la fortuna sale al encuentro del viajero, pues todo esta proyectado para la diversión. Quienes han viajado hasta allí hablan con entusiasmo de jornadas saturadas de gozo y alegría que pueden alcanzarse sin demasiados esfuerzos. Sería muy de mi agrado encaminarme hacía esos lugares. Si aceptas que marche ahora, estaré de vuelta tan pronto como me sea posible, de modo que pueda participarte mis noticias.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-Si eso es lo que deseas, ve entonces -contestó el Maestro a Caín-; pero sé precavido, pues nunca antes tuviste que aventurarte sin nuestra compañía.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Así marchó Caín, dejando solos a los otros dos. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Abel meditaba en silencio. Mientras veía empequeñecerse a lo lejos la figura de su hermano, se sintió triste. Amaba al Maestro, y amaba igualmente a Caín. Sabía que aquel instante era el preludio de una despedida definitiva que llegaría tarde o temprano. Estaba seguro de que cuando regresaran de aquella nueva empresa los dos tendrían que asumir su propio sino. Probablemente, nunca volverían a ver al Maestro. Por eso Abel sentía aquella terrible congoja. Al mismo tiempo, comprendía que aquel era su destino, y que nada sobre la Tierra puede alterar la ley inexorable del Tiempo. Mientras perdía de vista la silueta de Caín, confundida ya en la distancia, pensó con mucho detenimiento hacia qué lugar dirigiría sus pasos, pues ambicionaba que aquel viaje fuera realmente una nueva oportunidad de aprendizaje. Pretendía extraer de este nuevo desafío la mayor de las lecciones, porque no dudaba que sería la última que podría comentar después con el Maestro. Mucho pensó Abel en estas cosas, hasta que por fin tomo una decisión. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-Maestro -dijo al fin-, como sin duda recordarás, durante alguno de nuestros viajes oímos referir las proezas que se atribuyen a todos cuantos en el pasado trataron de alcanzar el confín más remoto de la Tierra. En las crudas noches de invierno, mientras desadormecíamos nuestros entumecidos pies junto a algún fuego prendido en el camino, mi hermano y yo tuvimos oportunidad de escuchar algunas de estas hazañas de tus propios labios. Por lo que sé, todos aquellos que intentaron esta empresa en el pasado fracasaron sin remedio. Y sin embargo estimo que su empeño fue meritorio. Ahora, quiero que me des tu aprobación, para emprender esta misma ruta, e intentar llegar hasta donde otros no pudieron. He decidido partir tras los pasos de aquellos que me preceden en este intento, y llegar, si la fortuna me es propicia, hasta el confín de la Tierra.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;El Maestro tenía una gran confianza en Abel, más con todo, sopesó detenidamente los riesgos de aquella empresa tan descomunal. Finalmente, no sin mostrar cierta inquietud, decidió consentir: &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-Alabo tu determinación -dijo entonces. Procura guiarte por la prudencia y el buen ánimo que atesoras. En este mismo lugar esperaré con impaciencia tu regreso. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Así fue como Abel se marchó también, siguiendo un camino distinto al que tomó su hermano. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;El Maestro quedó sólo y entristecido. Acto seguido, se apartó hasta un lugar menos transitado, escogiendo a tal fin un pequeño cerro a la salida de la arboleda, desde el que podría advertir fácilmente el regreso de los dos en los días venideros. En aquel lugar, alejado de cualquier distracción, dedicó muchos días a la oración, que interrumpía sólo para entregarse a profundas reflexiones. A menudo procuraba también pasear, y daba entonces largas caminatas, pues pensaba que no sólo deben mantenerse activos el espíritu y la mente, sino también el cuerpo. De esta manera pasaban las jornadas, y todavía no tenía noticias de los dos hermanos. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Pero ocurrió que cierto día se hallaba el Maestro caminando por el collado, cuando a lo lejos, por una de las sendas que concurrían en el cruce, vio llegar a un joven que le pareció Caín. Tan grande fue su emoción después de aquel período de soledad, que descendió enseguida en su busca, y comprobando que era él, corrió a abrazarlo, dándole la bienvenida con gran alborozo. Enseguida regresaron los dos hasta el promontorio, porque pudiera Caín despachar algún manjar de entre los que había provisto el Maestro, pues traía un hambre feroz. Cuando se hubo repuesto por fin, quiso saber el Maestro qué había significado para él semejante experiencia, y si la había encontrado provechosa. Caín se mostraba entusiasmado mientras iba dando respuesta a estas preguntas. Habló con placer de sus muchas aventuras, y de cómo había conseguido visitar todos los rincones que había previsto a su partida, sin que dejara de distraerse en ninguno de ellos. En sus palabras se dejaba notar que había realizado su viaje con gran deleite, sin que nada se le opusiera, ni encontrara dificultades tan grandes que no hubiera podido superar por sí solo. El Maestro se encontraba dichoso con la venida de Caín, y asentía con atención a todas las explicaciones que el muchacho le daba de sus hazañas. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Transcurrieron aún algunos días, en los que ambos conversaron animadamente. Pero he aquí que cierta mañana, mientras se encontraban los dos desayunándose despreocupadamente, acertaron a ver en la distancia una figura que avanzaba maltrecha por el camino. Alertados por su visión, dejaron pronto cuanto estaban realizando, y bajaron luego hasta el cruce, por ver si podían socorrer a aquel prójimo que parecía abandonado a su suerte. El hombre, que se acercaba al fin hasta donde ellos estaban, caminaba desfallecido, con los ojos clavados en el suelo, mientras el Maestro y Caín aguardaban impacientes. Pero por más que miraran hacia él con toda su atención, no lo reconocieron hasta que hubo levantado la vista hacia ellos.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-¡Abel! -gritó el Maestro sobresaltado. ¿Qué es lo que te ocurre, que apareces ahora con estas trazas de gran calamidad? Pero ven, vayamos a un lugar más recogido, en el que puedas tomar bocado y descansar un tanto.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Dicho lo cual regresaron los tres, alejándose de la encrucijada. Una vez en el collado, se sentaron en un pequeño prado, porque pudiera Abel recuperar sus energías. Pronto pudo respirar con alivio, sintiéndose al fin en lugar seguro. Después de ver a su hermano y al Maestro tan angustiados, quiso contarles sin más demora lo que le traía con aquella facha. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-Sabed -comenzó- que grandes han sido las calamidades que me han salido al paso, como grande fue también mi sufrimiento, que de tanto seguirme, tomó la forma de mi sombra en el día y de mi sueño en la noche. No encuentro palabras que puedan describir con justicia los terribles parajes que me vi obligado a atravesar mientras buscaba el confín de la Tierra. Bien puedo deciros que son muchos los misterios que lo preservan de los ojos de los hombres. Atravesé suelos rojos, en cuya atmósfera vapores hediondos quebrantaban mi respiración, y cuya arena hiriente abrasaba mis pies. Recorrí otras regiones esculpidas en hielo, que de tan frías quemaban mis manos, dejándolas inertes e insensibles, tal y como si me abandonara realmente una parte de mí. Todos estos horrores padecí en mi larga odisea. También tuve ocasión de presenciar escenas estremecedoras, que causaron en mí gran espanto, pues hallé los cadáveres de muchos otros que me precedieron en este viaje, y que permanecían semiocultos en lugares tenebrosos cercanos al camino. Bajé luego atravesando cañones interminables, y trepé a las más altas montañas, y en cada lugar encontré razones suficientes para desistir. Y por fin, cierto día en que mis fuerzas eran ya tan exiguas que apenas ayudaban a sostenerme, llegué hasta la última cumbre. Desde sus riscos nevados y temibles creí entrever en la lejanía el último de los lugares, pues nada sino el sol aparecía más allá. Abrí entonces mis ojos maltrechos tanto como pude, y lo que vi me dejó maravillado por completo, pues juro que el cielo se quebraba suavemente, del mismo modo en que el aceite se agita sobre las aguas mansas de un tonel, y aparecía luego dibujado en insólitos y suaves colores, como si un torrente de luz discurriera en verdad sobre el firmamento. Traté de alcanzar aquella visión, más ya era tarde. Mis huesos y mis músculos, derrotados por fin tras aquella brutal travesía, cedieron contra mi voluntad. Supe entonces que debía regresar, pues de otro modo hubiera muerto sin remedio entre las álgidas peñas. Con gran pena, me vi obligado a tomar el camino de vuelta, para haceros partícipes de mis nuevas. Ahora maldigo una y mil veces mi suerte, pues fracasé. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;El Maestro sintió lástima por Abel. Después de escuchar sus lamentos levantó al punto su mano, en señal que hacía cuando tomaba la palabra para decir algo importante, y habló así: &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-¡Mi bien amado!, alegra ese rostro tan sombrío, y abandona ya tan oscuros pensamientos. He pasado muchos días junto a Caín aguardando tu retorno, mientras celebrábamos los dos su afortunado viaje. Caín ha visitado aquellos lugares que tanto han celebrado otros, y anduvo en ellos despreocupado y alejado de cualquier calamidad. Tú apareces hoy ante nosotros abatido y maltrecho, creyendo erróneamente que me defraudas. Pero debes saber que tu hermano, habiendo llevado a término esta última prueba con éxito, escogió sin embargo el camino más sencillo, pues su destino está al alcance de otros muchos. Tú te adentraste por senderos inexplorados, y aunque no llegaste hasta el confín de la Tierra, debes estar satisfecho de tus logros, pues eres en verdad quien ha recorrido la mayor distancia. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="text-align: center; color: rgb(153, 0, 0);" class="enseanzaprodigio"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p style="text-align: center; color: rgb(153, 0, 0);" class="enseanzaprodigio"&gt;DÉCIMA ENSEÑANZA:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: center; color: rgb(153, 0, 0);"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: center; color: rgb(153, 0, 0);" class="enseanzaprodigio"&gt;Si persigues la meta más lejana,&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p style="text-align: center;" class="enseanzaprodigio"&gt;&lt;span style="color: rgb(153, 0, 0);"&gt;Llegues donde llegues habrás llegado lejos.&lt;/span&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;font-size:10;"  lang="EN-US" &gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="color: rgb(153, 0, 0);"&gt; &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/27158524-114751101203828421?l=lamaneradeobrarunprodigio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lamaneradeobrarunprodigio.blogspot.com/feeds/114751101203828421/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=27158524&amp;postID=114751101203828421' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/27158524/posts/default/114751101203828421'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/27158524/posts/default/114751101203828421'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lamaneradeobrarunprodigio.blogspot.com/2006/05/parbola-de-los-caminos.html' title='PARÁBOLA DE LOS CAMINOS'/><author><name>Javier Úbeda</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh3.googleusercontent.com/-p54cZNqpPTc/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAFvY/9wQ70qqw6jQ/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-27158524.post-114751094591467691</id><published>2006-05-13T02:01:00.000-07:00</published><updated>2006-05-13T02:46:00.556-07:00</updated><title type='text'>PARÁBOLA DEL TESORO</title><content type='html'>&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;span style=""&gt;        &lt;/span&gt;Siempre que el Maestro se ausentaba para entregarse a reservadas meditaciones, regresaba envuelto en una sensación de paz que conservaba durante mucho tiempo. A su retorno, solía complacerse especialmente acercándose hasta lugares en los que le fuera posible compartir con sus discípulos aquel estado contemplativo, propio de su remozado espíritu. Escogía a tal fin comarcas que por alguna razón invitaran al caminante a detenerse, para poder así disfrutar de las cosas más gratas de la vida. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;En esta ocasión, después de viajar algunos días por varias rutas distantes e inexploradas, avistaron por fin una remota región de la que el Maestro había tenido noticia. Pronto se hizo notar que aquel lugar tenía un especial encanto, pues conforme llegaron pudieron advertir enseguida la excepcional hermosura de sus campos, abundantes en praderas de delicada belleza. También encontraron a su paso numerosos cultivos cuidadosamente trazados, en los que laboraban animosos algunos grupos de hombres. Las aldeas, dispersas a ambos lados de la ruta, mostraban una armonía inusual, y se veían ocupadas en un ajetreo vivaz y alegre. Los ancianos aparecían a menudo rodeados de jóvenes, que consideraban sus palabras con atención y conversaban de forma amena en los lugares principales de las poblaciones. Los niños, ágiles y despiertos, jugaban despreocupados mientras los hombres y mujeres trabajaban con afán, intentando que prosperaran los logros que habían hecho de su tierra un lugar incomparable. Tenía por todo aquella región un aire de paz y quietud que reconfortaba a los tres viajeros, cansados de hallar en sus travesías el desorden al que eran tan inclinados los hombres de aquel tiempo. Caín y Abel, seducidos por tan fascinante equilibrio, admiraban cuanto veían, y así se lo hacían saber al Maestro llenos de entusiasmo. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Los tres caminaron aún durante un tiempo, y era tal el placer que encontraban en su mutua compañía, y tan alegre el colorido y la disposición de aquel paisaje, que apenas notaban el cansancio que sería de esperar después de tan larga caminata. Al cabo, divisaron a lo lejos el perfil de una hermosa población que aparentaba ser la más señalada de cuantas habían visitado, de manera que encaminaron sus pasos hacia ella. Y en verdad debía tratarse de un pueblo pacífico entre miles, ya que pronto hallaron entre quienes salían a su encuentro la hospitalidad que buscaban, pues no faltó quien se ofreciera generosamente a tenerlos en su casa. Entre todos ellos, llamó la atención al Maestro un adorable anciano, que resultó ser el gobernador de aquella comarca. Había advertido en su mirada una serenidad que inspiraba profundo respeto y franca simpatía. El anciano, después de presentarse al Maestro, les rogó que se hospedaran en su residencia, lo que aceptaron los tres encantados. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Una vez entraron en su vivienda, advirtieron que se trataba de un lugar sencillo y respetable, pues se hallaba concebido con el mayor gusto. Sus estancias, desprovistas de adornos excesivos, inspiraban una apacible tranquilidad a quienes eran invitados a cruzar su puerta. El viejito, muy ceremonioso, mandó aproximarse a una joven doncella que estaba a su servicio, solicitándola que trajera de su despensa cuanto pudiera servir para honrar a aquellos visitantes tan celebrados. Caín expresó particular regocijo ante aquellas palabras, pues comenzaba a padecer en su estómago los efectos de tan agradable como larga excursión. También Abel encontró muy de su gusto aquel ofrecimiento, e incluso el Maestro, que solía saciarse con poco; de manera que agradecieron los tres el convite, disponiéndose a pasar una agradable velada con su anfitrión. Se sentaron los cuatro alrededor de una mesa robusta, y al instante apareció la muchacha, transportando una bandeja en la que, para deleite de Caín, numerosos manjares competían a la hora de regalar los ojos de los comensales. La sirvienta dejó la fuente sobre la mesa y se fue discretamente, deseando buen provecho a los cuatro. Ya solos, comieron todos con apetito, sintiéndose reconfortados con aquellas viandas, mientras disfrutaban con la animada conversación en que fueron entrando. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Cuando hubieron despachado todos los alimentos, regresó de nuevo la doncella, dejando sobre la mesa otra bandeja repleta de dulces y golosinas, que hicieron las delicias de Caín y Abel. Aprovechó entonces el Maestro para obsequiar a su anfitrión, y mientras los jóvenes hermanos disfrutaban con los postres, le entretuvo con algunas historias ligeras que había ido recogiendo en su largo peregrinar, deseando con ello complacer al anciano. Y así fue en verdad, pues éste agradeció vivamente la iniciativa, y se mostró muy complacido con las narraciones del Maestro. El gobernador había tomado gran afición a los viajes en su juventud, pero la edad avanzada en que se encontraba le impedía proseguir con esta diversión. Ahora, con ayuda de las palabras del Maestro, imaginaba llegar de nuevo a lugares lejanos que excitaban su fantasía. El anciano disfrutó largo rato con aquellas aventuras que iba escuchando, hasta que por fin, cuando parecía que el Maestro ya no encontraría nuevos episodios con que amenizar la noche, tomó la palabra para agradecer a sus invitados tan deliciosa velada, pues se sentía encantado en su compañía. Aprovechó entonces Abel para preguntarle acerca de las cosas que habían llamado su atención a lo largo del camino: &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-Decid, ¿cómo es posible que reine en esta comarca un orden tan extraordinario que llena cuanto toca de sensatez y hermosura? No os vanaglorio si digo que jamás encontramos un lugar que pueda compararse a éste en su belleza y gobierno; antes bien, en todas partes los hombres parecen arreglarse para hacer las cosas del peor modo posible, y es tanto lo que deberían aprender, que parece tarea imposible llegar a instruirles.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-Entonces -continuó Abel- ¿Dónde reside vuestro secreto? ¿Acaso os gobierna algún sabio desconocido?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;El anciano comprendió el interés del muchacho, pues intuía que aún no había concluido el tiempo de su instrucción, por lo que trató de ofrecer una respuesta que pudiera satisfacerle.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-La razón de nuestra prosperidad -contestó mientras se levantaba- es un tesoro extraordinario que custodiamos en secreto desde hace ya tantos años que ni siquiera yo -dijo con una sonrisa, pues los ancianos son los únicos capaces de reírse abiertamente de su condición- soy capaz de contarlos. Gracias a esta estratagema, hemos conseguido desterrar la codicia de nuestro pueblo, hasta el punto de que nuestros jóvenes ni siquiera conocen su maligna influencia. Ciertamente, no hay en el mundo un tesoro que supere en importancia al nuestro. Sabiéndolo, no ambicionamos otro, pues: ¿por qué habríamos de querer algo que es inferior en valor a lo que ya tenemos? Por eso no pensamos en buscar fortuna, como hacen algunos bárbaros más allá de nuestros límites, y dedicamos nuestros días a labrar nuestros campos, porque no falte en ellos el sustento que necesitamos. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Caín, que había quedado impresionado con las palabras del anciano, trató de imaginar la dimensión de aquel tesoro, pues no era capaz de concebir una riqueza tal que asegurara a sus poseedores que ninguna otra, conocida o desconocida, pudiera igualarla. Tan intrigado estaba, que no dudó en preguntar: &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-¿Es posible -dijo-, si ello no ha de ser quebranto para las leyes de vuestro generoso pueblo, que nuestros ojos puedan ver también semejante riqueza? De este modo podríamos apartar la ambición de nuestro destino, si como aseguráis tal es lo que sucede a quienes lo contemplan.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-No hay inconveniente -respondió el gobernador- pero descansemos ahora, y mañana yo mismo os acompañaré.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Estuvieron todos de acuerdo, pues se hallaban bastante fatigados. Así, el anciano acompañó a los hermanos hasta una confortable habitación, en la que la sirvienta había dispuesto dos mullidos camastros. Luego guió al Maestro hasta otro cuarto similar, retirándose después a sus habitaciones. Pronto quedaron los cuatro plácidamente dormidos en espera del próximo día.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Al poco de amanecer, acudió el Maestro a la estancia en que descansaban Caín y Abel, y quedó enternecido después de contemplar por un momento como dormitaban. Los despertó luego con suaves palabras, y bajó con ellos hasta el piso inferior, donde les aguardaba su huésped. Cuando todos se hubieron desayunado, acordaron no demorar más su partida, y dirigidos por el anciano salieron a la calle. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;No habían andado mucho cuando llegaron por fin a una casa situada en una plazoleta. Se trataba de un edificio blanco y luminoso, de aspecto sencillo. Nada en su fachada hacía sospechar que su interior albergaba un tesoro. Tampoco había en la entrada guardia alguna, lo que llamó la atención de los dos hermanos, que lo tuvieron por imprudente. Sobre la puerta principal, un letrero decía escuetamente: "Escuela". &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Sin pronunciar una palabra, y ante el asombro creciente de los muchachos, el gobernador cruzó la puerta delante de ellos. Desde el umbral apenas se distinguía nada, pues no parecía que hubiera ventanas por las que pudiera entrar alguna claridad. El anciano, acostumbrado a desenvolverse en las tinieblas de la casa, se adentró un tanto, y prendió luego una antorcha que tomó de una pared lateral. Hacerse la luz y mudar el rostro los dos hermanos fue todo uno, pues al instante, Abel y Caín quedaron maravillados, tras comprobar que tal y como habían soñado, por todas partes resplandecían las piezas de oro y otros metales preciosos. Vasijas, collares, pulseras y otros objetos exquisitos, rematados con las más hermosas joyas que puedan describirse rivalizaban en calidad y belleza. Se hallaban por doquier, amontonados sin concierto como se describen a menudo en las más antiguas tradiciones. Los muchachos avanzaban animados por el brillo soberbio de aquellas riquezas de valor incalculable, hasta que el anciano llamó su atención, pues creía llegada la hora de que compartieran su secreto. Mandó a los dos que se acercaran a él y les habló así:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-Durante la deliciosa velada que compartimos anoche quisisteis saber la razón de nuestra prosperidad. Os hablé entonces de nuestro tesoro, y os prometí compartirlo con vosotros. Pues bien, es en fidelidad a mi promesa que nos hayamos hoy aquí.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Pero algo intrigaba a Caín desde que traspasaron la puerta de la casa, y le pareció que aquel era un momento oportuno para obtener una respuesta:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-¿Por qué llamáis escuela a este lugar? -quiso saber entonces.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;El anciano sonrió al Maestro, pues encontró muy atinada la pregunta del muchacho. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-Has de saber -contestó de inmediato- que cuantos aquí vivimos, recibimos instrucción en este lugar acabado el tiempo de nuestra niñez. Por espacio de un día, somos recluidos en esta sala, hasta que logramos encontrar en ella el tesoro más preciado que ocultan sus paredes. Por esta causa llamamos escuela al lugar en que nos encontramos. Pero decid: ¿Creéis que si os dejáramos aquí, seríais capaces de hallar vosotros también la que sin duda constituye nuestra mayor riqueza?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Al instante, los dos hermanos pasearon su vista por aquel paisaje de brillo estremecedor. Pero era tal la abundancia acumulada en aquella estancia que resultaba imposible decidirse por una pieza en concreto. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;A pesar de todo, aceptaron el desafío, pues estaban acostumbrados a resolver los enigmas que el Maestro venía ofreciéndoles. Sin perder tiempo, el anciano salió de la casa acompañado del Maestro, dejando a Caín Y Abel en su interior. Antes de salir, tomó la antorcha que había encendido a la entrada, sacándola también a calle. Esto desconcertó sobremanera a los hermanos, pues quedaron sumidos en tinieblas. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;En el exterior, el sol comenzaba a ascender en el horizonte, haciendo que el calor fuera en aumento. A medida que la espera se prolongaba, la temperatura empezaba a ser sofocante, de manera que el Maestro y su venerable anfitrión se vieron obligados a buscar la sombra de una casa vecina. Por su parte, Caín y Abel estaban realmente asustados. Desde hacia un buen rato sólo conseguían tropezar con aquellos tesoros que privados de luz habían perdido todo su poder de seducción. Además, el calor en el interior de la casa era realmente intolerable, pues estaba rematada con un techo de pizarra negra, y sus muros revestidos con láminas de metal dorado, y al no disponer de ventanas, se diría que toda la estancia se había convertido en un horno. Poco tiempo hubo de transcurrir para que los dos hermanos empezaran a temer por su vida. Los dos sabían que no aguantarían mucho tiempo en una atmósfera tan asfixiante. El sudor cubría sus rostros por completo, escociendo sus ojos y llenándoles de angustia. Ni siquiera pensaban ya en el tesoro, cuando algo atrajo de pronto a Caín. Se trataba de un sonido rítmico y cadencioso; que pronto llenó en la imaginación del muchacho toda la sala, siendo suficiente para exaltar su ánimo abatido. Abel, que estaba junto a su hermano, también pudo escuchar aquel ruido libertador, y los dos se supieron salvados en medio del infierno, estallando de pronto en un grito de júbilo indescriptible.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Mientras tanto, el gobernador había decidido ir en busca de los muchachos junto al Maestro, pues llevaban ya demasiado tiempo encerrados, y era un día particularmente caluroso. Abrió la puerta, y cuando lo hizo encontró que los dos esperaban junto a ella. Contra toda lógica, no aparentaban gran inquietud, lo que impresionó al anciano. Caín, que sonreía junto a su hermano, quiso participar al anciano sus buenas nuevas:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-Estoy seguro de haber hallado el mayor de vuestros tesoros -dijo tomando la antorcha de manos del gobernador. Mi hermano y yo lo encontramos. Venid y os lo mostraremos.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Pasó primero el Maestro, y luego el anciano, y caminaron detrás de Caín. Entonces Abel señaló una fuente en medio de la sala. Sus grifos eran de oro y plata fina, y estaban rematados de diamantes del tamaño de un puño. El pilar se hallaba recubierto de rubíes, y el pilón había sido ornamentado con multitud de zafiros y esmeraldas, de manera que el conjunto aparecía como la pieza de joyería más hermosa que pueda concebirse. Caín se adelantó, hablando también en nombre de su hermano: &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Sólo hay una cosa más hermosa en esta sala -dijo señalando la fuente. Y después de llenar sus manos con el agua que manaba de ella, miró al Maestro y al anciano extendiendo sus brazos.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-Éste es el tesoro -les dijo, mientras dejaba caer mansamente el agua entre sus dedos.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="text-align: center; color: rgb(153, 0, 0);" class="enseanzaprodigio"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p style="text-align: center; color: rgb(153, 0, 0);" class="enseanzaprodigio"&gt;NOVENA ENSEÑANZA:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: center; color: rgb(153, 0, 0);"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: center; color: rgb(153, 0, 0);" class="enseanzaprodigio"&gt;Lo más valioso,&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p style="text-align: center;" class="enseanzaprodigio"&gt;&lt;span style="color: rgb(153, 0, 0);"&gt;No siempre es fruto de la industria del hombre.&lt;/span&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;font-size:10;"  lang="EN-US" &gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="color: rgb(153, 0, 0);"&gt; &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/27158524-114751094591467691?l=lamaneradeobrarunprodigio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lamaneradeobrarunprodigio.blogspot.com/feeds/114751094591467691/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=27158524&amp;postID=114751094591467691' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/27158524/posts/default/114751094591467691'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/27158524/posts/default/114751094591467691'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lamaneradeobrarunprodigio.blogspot.com/2006/05/parbola-del-tesoro.html' title='PARÁBOLA DEL TESORO'/><author><name>Javier Úbeda</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh3.googleusercontent.com/-p54cZNqpPTc/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAFvY/9wQ70qqw6jQ/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-27158524.post-114751085833429769</id><published>2006-05-13T01:59:00.000-07:00</published><updated>2006-05-13T02:34:15.953-07:00</updated><title type='text'>PARÁBOLA DEL MERCADER</title><content type='html'>&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Día a día, los asuntos que ocupaban a los hombres fueron recuperando su naturaleza pacífica. Y aunque la guerra seguía presente entre los pueblos, los períodos de paz eran cada vez más abundantes. Entre las multitudes ociosas y desconcertadas, parecían surgir también en todas partes grupos de prudentes. Tanto unos como otros procuraban medrar según sus intereses, y todo hacía pensar, ya entonces, que la disputa entre ambas partes sería larga. Acaso fuera propio de la naturaleza humana, a menudo tan contradictoria, pero lo cierto es que incluso en medio de aquella frágil situación, la vida continuaba su curso. Algo había implícito en todo lo creado que lo impulsaba a crecer, sorteando prodigiosamente cualquier posible inconveniente; algo inexplicable que todavía maravilla y seduce a nuestros modernos hombres de ciencia: la fuerza de la vida. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Así las cosas, el ambiente entre los pueblos se tornó más apacible, a tal punto que el Maestro parecía ciertamente feliz en aquellos días. A través de sus viajes, reanudados después de un tiempo de reposo largo y merecido, veía de nuevo crecer a Caín y Abel a su lado, y se sentía auténticamente dichoso observando sus progresos. Mucho tiempo había transcurrido ya desde el lejano día en que emprendieran su viaje extraordinario en busca de su destino, y los dos hermanos rivalizaban en hermosura y sabiduría. A lo largo de todos esos años el Hombre había progresado también, y se podía decir que ya extendía su dominio por los cuatro confines de la Tierra.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Sucedió en aquel tiempo que el Maestro se reunió cierto día con sus dos amados discípulos, y quiso obsequiarles en prueba de su afecto y consideración para con ellos. A media tarde, después de haber dedicado la jornada a disfrutar de su grata compañía, tomó a ambos de la mano, y deleitándose en las delicias del paseo, los condujo hasta cierto hermoso jardín, en cuyo centro una fuente cristalina dejaba caer a capricho un pequeño manantial. Una vez llegaron, conversó con los dos por espacio de varias horas, pues estaba de muy buen humor en aquella ocasión. En las inmediaciones, alrededor del surtidor, las más vistosas y coloridas flores daban ornamento al jardín. Se hallaban dispuestas en parterres, distribuidas con exquisito gusto y, a lo que parecía, cuidadas con esmero y dulzura. Observó el Maestro que, no muy lejos de donde se encontraban, se ubicaba un discreto asiento labrado en sólido mármol, cobijado a la sombra de una abundante floresta. El banco invitaba al descanso, pues era refrescado ocasionalmente por algunas gotas que la brisa traía desde el manantial. Le pareció que aquél era un lugar muy a propósito para obsequiar a los jóvenes, de manera que se acercó con ellos y los tres se sentaron. Luego, sin dejar de mirar a ambos con embeleso, pues se sentía especialmente complacido, tomó un petate que traía colgado a las espaldas y extrajo de él dos sencillos mantos, tejidos en lana por manos expertas. Los sostuvo en su mano&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;por un momento, y dio acto seguido uno de ellos a Abel, y el otro a Caín, hablándoles luego:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-Amados míos: en verdad hemos recorrido juntos un largo camino para llegar hasta aquí. Muchas han sido las dificultades que han sometido a prueba vuestro ingenio, y de todas ellas ha salido triunfante. En estas jornadas, a través de los más variados casos, habéis tenido ocasión de aprender grandes principios, que sin duda os serán de provecho de ahora en adelante. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Mientras hablaba el Maestro, Abel y Caín miraban hacia él, cautivados por su ternura.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-Por la destreza que ambos habéis demostrado en todas estas aventuras pasadas -prosiguió el Maestro-, y por el amor que siento por vosotros, mis queridos discípulos, quiero entregaros ahora estos sencillos mantos, para que tengáis en ellos una pequeña recompensa a las calamidades, si tales fueron, a las que os visteis sometidos en mi compañía. Desde este día son vuestros para siempre. Ahora -dijo al tiempo que se incorporaba-, descansad y recrearos en este ubérrimo jardín que nos regala la vista, pues aún no hemos llegado al final de nuestro recorrido, y las jornadas que vendrán están llenas de nuevos desafíos que requieren todo vuestro esfuerzo. Excusad que me retire por un tiempo, pues debo entregarme a la meditación, para que pueda recomponer mi serenidad y alcanzar en medio del silencio fuerzas renovadas con las que acompañaros hasta el final de nuestro viaje. Con este ánimo buscaré un lugar solitario y recogido en el que pueda reflexionar sin sobresaltos. Os ruego que quedéis mientras tanto aquí esperando mi venida.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Caín y Abel agradecieron de sumo grado aquel regalo sencillo, y despidieron al Maestro, no sin pena, quedando después solos en el jardín. Nada de cuanto necesitaban les faltaba, pues se hallaban en un lugar muy acogedor, estaban bien provistos, y la temperatura era sumamente agradable. Así fue que, despreocupados y felices, pronto se entregaron a juegos que habían olvidado hacía tiempo, pues con los viajes frecuentes apenas tenían ocasiones para disfrutar de su mutua compañía, como corresponde a dos hermanos jóvenes. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Entretanto, iban pasando los días, y el calor del estío fue cediendo en intensidad, pues el otoño llamaba a su puerta. Cierta tarde en que Caín y Abel holgaban plácidamente junto a la fuente, acertó a pasar por allí un viajante que se detuvo al ver a los hermanos. El mercader les saludó con un gesto ostentoso, y ellos respondieron cortésmente, invitándole a que se sentara. Los dos sintieron vivo interés por aquel hombre, y pensaron que quizás podrían escuchar de sus labios el relato de algún suceso lejano que alegrara sus oídos, pues empezaban a echar de menos a su maestro y necesitaban alguna diversión. De este modo se acomodó el buhonero junto a los dos hermanos, y después de participar de su hospitalidad, se dispuso a tomar la palabra. Pero al poco de comenzar a hablar, puso los ojos en aquellos dos mantos que el Maestro había regalado a Caín y Abel, pues era hombre habituado al comercio, y supo ver en ellos cualidades que sin duda serían de provecho para su negocio. Así, sin quitar la vista de aquellas prendas, tomó en sus manos el destino de la conversación y la hizo llegar a donde quiso, pues como buen comerciante, era un orador habilísimo. Primero se presentó, dando señas de su condición y origen, expresándose con estudiada humildad, porque los dos le tomaran crédito. Luego, cuando los supo confiados, se dio a relatarles mil y una aventuras de todo punto inverosímiles, que juraba haber presenciado en sus años de profuso comercio por el mundo. Era tan formidable su retórica, y tan vivas y afortunadas las descripciones que edificaba con sus palabras, que durante largo tiempo tuvo a los dos hermanos suspendidos en vagas ensoñaciones, sin que pudieran advertir que aquellos fantásticos relatos nunca habían tenido lugar en otro sitio que no fuera su fértil imaginación. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Habló durante mucho tiempo, refiriendo a los pobres incautos las maravillas del Oriente y el Occidente, pues en todas las regiones pretendía haber estado, y en todos los portentos haber tomado parte. Tantas cosas decía, y a tan formidable velocidad, que ya no había forma humana de separar lo verdadero de lo simulado. De esta manera hablaba, enfatizando los incontables fenómenos que decía haber tenido el honor de contemplar con sus astutos ojos, y conforme avanzaba en su exposición, más se maravillaban los dos hermanos. Así seguía incansablemente hasta que, habiendo llegado a cierto punto de su narración, y cuando creyó tener por fin completamente embaucados a sus dos interlocutores, tomó de pronto un bulto de entre los muchos que traía, sacando de él una fina capa de fiesta, tejida en seda blanca. Tras admirarla como lo haría quien la contemplara por vez primera, la elevó lentamente entre sus manos, para que la luz del cercano atardecer, tan rica en matices, iluminara la escena con un tinte mágico. Luego de provocar en Caín y Abel el efecto apetecido, volvió a tomar la palabra hablando a los dos de esta forma:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-En verdad, queridos amigos, podéis teneros por venturosos; pues ésta que tenéis ante vosotros, y que ahora ensalzáis sin duda en vuestro pensamiento, es la misma capa de que os hablé hace un momento -ciertamente, alguno de sus incontables embustes mencionaba un vestido semejante-; como recordaréis sin duda, es aquella que transfigura a quien la porta en un hombre señalado entre los suyos, y que tuve ocasión de ganar a un sultán de Oriente tras solucionar un complicado enigma. Desde entonces, y puesto que la novedad de mi afortunada adquisición se ha propagado por los cuatro confines, muchos son los que han ofrecido a este pobre mercader grandes cantidades de oro y otras piedras preciosas a cambio de hacerla suya. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;El charlatán hizo una pausa, y se acercó más a los jóvenes, afectando cierta complicidad.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-Pero en ellos -prosiguió al fin-, no vi reflejada la nobleza que ha de distinguir a quien finalmente posea la capa, por lo que de nada les valieron sus infinitas riquezas. Mas he aquí que hoy, en este lugar tan inesperado, encuentro dos nobles amigos que sin conocerme no han dudado un instante en ofrecerme su hospitalidad y compañía. Siempre he sido generoso con los que me favorecen, de manera que, en prueba de agradecimiento por vuestra consideración hacia mí, he decidido entregar esta capa maravillosa a uno de vosotros. A cambio me contentaré con uno de esos humildes mantos que lleváis, pues como sin duda comprenderéis, mi condición de mercader me impide quedar sin prenda alguna que pueda emplear en mi comercio, ya que a él me debo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Nada más terminar de pronunciar estas palabras, extendió la capa cuidadosamente, por ver si uno de los dos la tomaba, mientras miraba con disimulo para aquellos magníficos mantos que habían atraído su interés desde que halló la compañía de los dos hermanos. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Abel, a pesar de la diligencia con que el mercader preparó aquella treta, se mostró un tanto desconfiado, pues había advertido en los ojos de éste un cierto brillo que juzgó al punto como indicio de gran codicia. Caín sin embargo no se percató de este signo que había llamado la atención de su hermano, pues había quedado de tal manera cautivado por el discurso del mercader, y era tan grande la admiración que despertaba en él aquella capa, que no dudó en ofrecer su manto al buhonero. Ni siquiera advirtió las señas que en aquel momento trataba de hacerle Abel, convencido ya del doblez de aquel trueque desigual. Después de entregar su manto al embaucador, tomó Caín la capa de sus manos y la puso de inmediato sobre sus hombros, sintiéndose al instante majestuoso y digno a un tiempo, pues tal era el poder de sugestión de aquel fetiche. Pero por más que Abel le miraba, no conseguía encontrar nada de excepcional en la apariencia de Caín, por lo que crecían sus sospechas de que nada tenía de extraordinaria aquella capa, que por lo demás ni siquiera le favorecía lo más mínimo. Por su parte, el mercader, una vez se vio en poder del manto, se mostró repentinamente impaciente, y dando a los hermanos algunas vagas excusas, se alejó corriendo, dejándolos solos. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;No mucho después, la noche cayó sobre el jardín. La luz del crepúsculo, que hasta ese instante todavía mostraba su fascinador embrujo, se había desvanecido por completo, dejando la capa de Caín desnuda de su magia. Y mientras el aire despedía los últimos rayos de sol, iba notando Caín como el frío del anochecer le tocaba los huesos con sus dedos helados. Fue entonces cuando se sintió engañado, pues advirtió que Abel dormitaba ya plácidamente arropado en su manto, que tenía la propiedad de procurar calor y sueños dulces a quien lo portaba. Caín, transido, despertó a su hermano, porque el frío que sentía comenzaba a hacerse insoportable, y le habló lacónicamente:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-Hermano, deja que comparta tu manto, pues en verdad he sido el más necio entre los necios.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Cuando Abel notó la franqueza de aquel rostro avergonzado, tuvo piedad de la torpeza de Caín, y le confortó con su calor, hasta que pronto quedaron ambos dormidos y en paz.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;A la mañana siguiente, en el instante en que la luz del amanecer abrió los ojos de los dos hermanos, encontraron que frente a ellos se hallaba sentado el Maestro, tras regresar por fin del lugar de su retiro. Sin dar tiempo a que ninguno de sus discípulos le dirigiera siquiera una palabra de bienvenida, extrajo de su petate un nuevo manto, y lo entregó enseguida a Caín. El buen muchacho, tomándolo en sus manos, quedó mudo de asombro. Abel, profundamente admirado por tan grande previsión, tomó la palabra, pues sabía que su hermano, maravillado como estaba, aún tardaría en hacerlo:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-Di, maestro: ¿Cómo pudiste saber que Caín sería engañado por aquel mercader?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;El Maestro miró con ternura a los dos, pues en verdad los amaba. Tomó entonces sus manos entre las suyas y contestó con estas enigmáticas palabras:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-Aún no hemos alcanzado el final de nuestro viaje. Cuando llegue el momento, tú también sabrás.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="enseanzaprodigio"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="text-align: center; color: rgb(153, 0, 0);" class="enseanzaprodigio"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p style="text-align: center; color: rgb(153, 0, 0);" class="enseanzaprodigio"&gt;OCTAVA ENSEÑANZA:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: center; color: rgb(153, 0, 0);"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: center; color: rgb(153, 0, 0);" class="enseanzaprodigio"&gt;Si podéis disfrutar del arco&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;font-size:10;"  lang="EN-US" &gt;&lt;/span&gt; iris,&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p style="text-align: center; color: rgb(153, 0, 0);" class="enseanzaprodigio"&gt;¿Por qué buscáis en él pucheros de oro?&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/27158524-114751085833429769?l=lamaneradeobrarunprodigio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lamaneradeobrarunprodigio.blogspot.com/feeds/114751085833429769/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=27158524&amp;postID=114751085833429769' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/27158524/posts/default/114751085833429769'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/27158524/posts/default/114751085833429769'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lamaneradeobrarunprodigio.blogspot.com/2006/05/parbola-del-mercader.html' title='PARÁBOLA DEL MERCADER'/><author><name>Javier Úbeda</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh3.googleusercontent.com/-p54cZNqpPTc/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAFvY/9wQ70qqw6jQ/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-27158524.post-114751076706584850</id><published>2006-05-13T01:58:00.000-07:00</published><updated>2006-05-13T02:31:44.886-07:00</updated><title type='text'>PARÁBOLA DEL HECHICERO</title><content type='html'>&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;En aquel tiempo en que la Tierra conocía el lado más amargo de sus moradores, el miedo acompañaba a los Hombres. Se trataba de un temor constante, que se manifestaba tanto en los días como en las noches, apesadumbrando todas las circunstancias de la vida como la sombra desconcertante de un terrible presagio. Muchos pensaron que el paraíso se había perdido para siempre, y temían que su estado no mejorara con el correr de los siglos. Es cierto que muchas novedades saludaban cada día la perpleja mirada de la civilización. Y sin embargo, en el interior del ser humano, permanecían inamovibles las mismas dudas. Conforme la vida desplegaba su enorme complejidad, aumentaba con ella la incertidumbre, pues nada origina tanta inquietud como saber que aquello que aprendemos nos revela en toda su crudeza hasta dónde se extiende cuanto ignoramos. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Tal y como hoy, algunas personas sin escrúpulos buscaban la manera de utilizar el temor de los otros en su propio provecho. Movidos por su inmensa codicia, y perdida ya cualquier noción sobre las fuentes de su propia naturaleza, comenzaron a predicar con palabras herméticas toda suerte de augurios. El miedo se transformaba de este modo en un arma sutil, pues si poco puede el Hombre contra lo que teme en el presente, mucho menor es su poder ante lo que teme del futuro. Los simples y los desahuciados se reunían a menudo en torno a los charlatanes, dejándose arrastrar por sus discursos urdidos con astucia mezquina. En todos los ámbitos, personajes sin escrúpulos hacían cundir entre los pueblos historias sobrecogedoras que rindieran al cabo su voluntad temerosa. Muchas eran las personas que se dejaban conducir por semejantes engaños, pues en verdad temían por su destino, y no tenían explicación para las nuevas calamidades que asolaban la Tierra. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Ciertamente, éste es el peor de los males, pues como bien sabrá quien tenga entendimiento, desde entonces hasta hoy no faltó nunca quien tratara de embaucar a todos los pueblos, en todas las épocas. Cuando esto sucede, la voluntad es sometida mediante la palabra, y el Hombre queda atrapado en su tiempo, privado de toda perspectiva, a merced de sujetos sin escrúpulos que saben usar de la oratoria en su provecho. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Es así que nació la Mentira, engendrada por mezquindad de los hombres a imagen y semejanza de su debilidad. Y se mostró como la más temible servidora del Caos. Rindió pueblos enteros, y se llamó entonces Tiranía. Doblegó espíritus nobles, y se llamó Brutalidad. Sometió por fin la razón, y se llamó Dogmatismo. En aquellos días fatales el Hombre conocía un nuevo mal que habría de crecer a lo largo de los siglos, y para el que aún no hemos hallado remedio. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;El Maestro, después de un período de constantes viajes, se reunió al fin con sus discípulos, pues deseaba reflexionar junto a ellos acerca de todas aquellas dificultades que confundían a los hombres. Sabía que les quedaba todavía un largo trecho por recorrer, y estimaba conveniente tomar unos días de descanso, en los que pudiera fortalecer su ánimo y el de los dos muchachos. Con este propósito se encaminó junto a ellos hasta un delicioso prado no muy distante. Después de recorrer una buena distancia, descubrieron en mitad de la pradera una pequeña y sólida construcción, hecha de piedra en su parte baja, y rematada hasta la techumbre con firmes troncos. Entró primero el Maestro, y examinó con detenimiento los austeros muebles que estaban dispuestos en el interior, encontrando que todo en aquella cabaña aparecía seguro y confortable. A una señal suya, pasaron luego Abel y Caín, acomodándose en ella. Entre los tres dispusieron ciertos utensilios que descansaban en los estantes, y limpiaron los lechos que hallaron en la habitación. Una vez terminadas estas tareas, decidieron salir a recrear su vista en los alrededores. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;En torno a ellos, más allá del límite del prado, se extendían en todas direcciones innumerables hileras de árboles, cargados con las frutas más exquisitas. A simple vista, semejante abundancia parecía no tener fin, pues se encontraban en un lugar elevado, y la niebla, frecuente en esa estación, había descendido entre la vegetación, causando este efecto en la distancia. Pasearon en silencio hasta llegar a la arboleda, y como estaban hambrientos después de tan larga caminata, tomaron de aquellas frutas cuantas necesitaban, comiéndolas después con gran apetito. Pronto se sintieron colmados con tales manjares, y regresaron para reposar. Sin otras preocupaciones, pasaron varios días en aquel lugar, en los que conversaban a menudo. Caín y Abel recordaron allí la maravilla de los días sin prisa, que habían olvidado en el trajín de sus recientes aventuras. En tan deleitosa calma, volvieron a sentir el gozo que se esconde detrás de las cosas más sencillas. No hubo en todo aquel tiempo quien les importunara, pues no parecía que habitara gente alguna en aquellos contornos. Tan sólo algunas tardes, mientras paseaban los tres despreocupados en animada charla, habían creído ver entre los árboles más alejados un hombrecillo taciturno, tomando algunas golosinas en su cesto. Aparecía siempre a la puesta de sol, y cargaba deprisa tantas frutas como podía transportar, sin percatarse nunca de la presencia de ellos tres. Tan extravagante era su conducta, que pronto lo tomaron por un pobre demente, y no hicieron demasiado caso de sus escaramuzas. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Pero sucedió que, cierto día, amaneció con una luz más clara que de costumbre, pues el sol brillaba con gran energía. Durante toda la mañana el calor fue penetrando la bruma que envolvía los límites de la pradera. Tanto fue así que, a media tarde, mientras el Maestro y los hermanos sesteaban plácidamente después de despachar algunas viandas, en el horizonte comenzó a dibujarse la silueta de ciertos lugares más alejados, ocultos hasta entonces por la neblina. Cuando los tres terminaron su siesta, la niebla se había disipado ya por completo. Fue entonces cuando Caín, que tenía la vista muy aguda, acertó a distinguir más allá de la verde frescura de los campos lo que le pareció el reflejo de algunas casas blancas.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-¡Qué extraño! -dijo Caín.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-¿Qué cosa? -preguntó Abel intrigado.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-Según me parece... por lo que veo desde aquí, a no mucha distancia se divisa una hermosa aldea, y sin embargo... en todo el tiempo que llevamos en este sitio nunca se acercó nadie hasta donde estamos, cosa que fuera harto normal, pues es tan grande y fecunda la cosecha de esta tierra. Nunca hombre o mujer alguno vieron mis ojos recoger estas frutas que son tan abundantes... salvo aquel loco grotesco que a la puesta de sol llenaba furtivo y receloso sus cestos de manjares.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Abel, usando su mano a modo de visera, forzó la vista en la dirección que señalaba su hermano. Cuando pudo por fin acomodar su visión, consiguió advertir también la aldea que había descubierto Caín. Reflexionó un momento, y encontró que era verdad cuanto decía su hermano. Sin duda resultaba insólito que, estando tan próxima, ninguna persona de aquella población se hubiera acercado junto a ellos. Y aún le extrañó más cuando, desvanecido el efecto de la bruma, pudo comprobar que los árboles terminaban su extensión bastante antes de llegar al pueblo, que se encontraba por fuerza en un lugar mucho menos fértil que el que ellos ocupaban. Desconcertado por su hallazgo miró al Maestro, que se había interesado por la conversación de sus discípulos, y oteaba también en aquella dirección.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-¿Qué crees que ocurre? -le preguntó.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;El Maestro sentía viva curiosidad por semejante caso. Pensaba que tal vez algún infortunio hubiera hecho mella en el lugar, dejando abandonado a su suerte a aquel pobre diablo que les visitaba en ocasiones al caer la tarde. No era en modo alguno una idea descabellada, pues había notado cuando llegaron que la cabaña en que ellos se hallaban no tenía aspecto de habitarse con frecuencia, ni tampoco pastor alguno había pasado con su rebaño por aquellos prados. Por otro lado, mientras miraba en dirección a la aldea, no advertía en ella signo alguno de abandono; ninguna casa se encontraba derruida, ni la vegetación había hecho presa en los muros de las edificaciones a lo que parecía desde allí. En estas reflexiones se ocupaba el Maestro, por ver si encontraba en ellas alguna respuesta. Pero viendo que no atinaba con la solución del enigma, contestó a Caín lo que sigue: &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-Por más que medito sobre este asunto, no acabo de comprender. Pero en breve he de saber lo que está sucediendo. Me dispongo a bajar de inmediato hasta ese lugar, por ver si encuentro en él alguna pista que me oriente en tal misterio. La tarde es espléndida, y me sentará bien el paseo. Quedad aquí vosotros mientras tanto, no fuera que en mi ausencia pudierais hallar algún indicio que os permita llegar a la verdad, y de este modo, averiguando cada cual por su lado, es seguro que llegaremos antes a una solución acertada. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Estuvieron conformes Caín y Abel, pues estaban ansiosos por indagar las razones de tan curioso caso, de modo que se despidieron, y luego de hacer a los hermanos algunas juiciosas advertencias, tomó camino el Maestro en dirección a la aldea, sumido en profundo sigilo. Conforme avanzaba, iba examinando con atención todo lo que encontraba a su paso, pues creía con buen criterio, que cualquier pequeño detalle, por insignificante que parezca, puede ayudar a resolver un enigma. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;La villa, que se percibía ahora con toda nitidez, estaba todavía a una buena distancia. Pero el Maestro caminaba a buen paso, y no parecía muy fatigado. El frescor de la hierba, tan apreciado por el viajero experimentado, renovaba su vigor y alegraba su marcha. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Cuando ya oscurecía, llegó hasta cierto lugar en que la pradera descendía abruptamente, tomando la forma de en un pequeño valle que volvía luego a elevarse suavemente hasta alcanzar la aldea. La luz era bien escasa, pero aun así, pudo reconocer en la penumbra la silueta de un hombre que se agitaba agazapado entre los árboles.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;- Sin duda es el loco- pensó El Maestro.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Maravillado por el hallazgo, determinó seguirle en sus andanzas cuidando de no dejarse ver por él, pues encontraba insólito tan disimulado proceder. Tras los pasos del furtivo se fue internando en la hondonada, hasta que, de pronto, se sintió angustiado mientras trataba en vano de alcanzar un soplo de aire fresco, pues la atmósfera se había vuelto irrespirable por aquella parte. Un intenso olor a pasto quemado sacudió todos sus sentidos, mientras continuaba desesperado su persecución. De pronto el lunático se detuvo. Sacó de entre sus ropas una lámpara de aceite y la arrojó resuelto sobre unos matorrales. Una luz rojiza y tenue fue creciendo en intensidad, iluminando paulatinamente toda la escena. Hasta donde alcanzaba la vista, toda la tierra aparecía calcinada. Después de que las llamas ascendieran tomando una altura considerable, el loco abandonó su escondite. Subió después en dirección a la aldea, atravesando aquel paisaje desolador, y mientras avanzaba tan deprisa que a duras penas podía seguirle el Maestro, iba dando grandes voces y haciendo extraños aspavientos, como si estuviera poseído por mil demonios. Con tanta agilidad se deslizaba entre los rescoldos, que pronto alcanzó las calles de aquel pacífico pueblo. El Maestro, que haciendo un gran esfuerzo había llegado también a su altura, pudo escuchar entonces lo que decía:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-¡Ah majaderos! -gritaba a todas las personas que iban saliéndole al paso con los ojos desorbitados- ¡Alguno de vosotros ha vuelto a intentar recoger los frutos prohibidos! ¿No os advertí una y mil veces que con vuestra osadía ofenderíais al espíritu del prado? ¡Mirad, mirad como estalla su furia! -y señalaba luego con su dedo hacia las llamas que él mismo había provocado con su lámpara.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Durante algún tiempo se entretuvo con esta artimaña, para proseguir después su espantosa carrera, internándose cada vez más en las calles silenciosas de la aldea. Con gran astucia, iba zarandeando e infundiendo pavor a los pobres ingenuos que topaban con él, y que acudían a las llamadas que iba haciendo en todas las puertas. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Mientras presenciaba esta escena, mucho se maravilló el Maestro, comprendiendo de qué manera tan osada venía atemorizando aquel lunático a sus vecinos, que sin duda creían la pradera hechizada por algún extraño encantamiento, de forma que en su descuido atesoraba para sí cuantos frutos maduraban en aquellos contornos, disponiendo de ellos a su antojo. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Después que hubo hallado por fin la evidencia de tan curioso asunto, decidió retornar hasta la cabaña en que le aguardaban sus discípulos, porque participaran pronto de esta enseñanza. Regresó bordeando la maleza, para dejar las llamas a su espalda, y atravesó luego la pradera, llegando por fin junto a Caín y Abel. Los encontró a cierta distancia del refugio, tratando de adivinar su presencia en la oscuridad, pues al quedar vigilantes habían advertido el resplandor del incendio y temían por él. Procuró tranquilizarlos de inmediato, participándoles cuanto había visto y oído desde que marchó. Al escuchar lo que decía, quedaron ambos admirados por el torcido ingenio de aquél que poco antes les parecía un pobre enajenado, tomando de las palabras del Maestro una gran enseñanza. Conversaron aún durante algún tiempo, pues ninguno de los dos hermanos acababa de salir de su asombro. Cuando hubieron recobrado la serenidad, les propuso el Maestro que a la mañana siguiente caminaran junto a él hasta la aldea, a fin de advertir a sus vecinos de aquel engaño, y aconsejarles para que en adelante no se dejaran llevar por pensamientos oscuros, que como todas las grandes mentiras, no son fruto sino del ingenio maligno del Hombre.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="enseanzaprodigio"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="text-align: center; color: rgb(153, 0, 0);" class="enseanzaprodigio"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p style="text-align: center; color: rgb(153, 0, 0);" class="enseanzaprodigio"&gt;SÉPTIMA ENSEÑANZA:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: center; color: rgb(153, 0, 0);"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: center; color: rgb(153, 0, 0);" class="enseanzaprodigio"&gt;Mientras se guarda el prudente,&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="color: rgb(153, 0, 0);"&gt;El necio corre pretendiendo que la lluvia le persigue.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;p class="enseanzaprodigio"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;span style=";font-family:&amp;quot;;font-size:10;"  lang="EN-US" &gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/27158524-114751076706584850?l=lamaneradeobrarunprodigio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lamaneradeobrarunprodigio.blogspot.com/feeds/114751076706584850/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=27158524&amp;postID=114751076706584850' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/27158524/posts/default/114751076706584850'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/27158524/posts/default/114751076706584850'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lamaneradeobrarunprodigio.blogspot.com/2006/05/parbola-del-hechicero.html' title='PARÁBOLA DEL HECHICERO'/><author><name>Javier Úbeda</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh3.googleusercontent.com/-p54cZNqpPTc/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAFvY/9wQ70qqw6jQ/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-27158524.post-114751067717967257</id><published>2006-05-13T01:56:00.000-07:00</published><updated>2006-05-13T02:29:19.843-07:00</updated><title type='text'>PARÁBOLA DEL GUERRERO</title><content type='html'>&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;span style=""&gt;        &lt;/span&gt;En la Tierra se sucedían los siglos, sobreviniendo sin pausa ante la mirada atenta del Maestro, que procuraba encontrar en todos ellos ocasiones propicias para el aprendizaje de Caín y Abel. A lo largo de todo ese tiempo, mientras los tres se aventuraban por caminos diversos, iban apareciendo nuevas civilizaciones; enigmáticas y extravagantes las unas, humildes y encantadoras las otras. Y lo hacían en una progresión que llegó a ser vertiginosa en algunas épocas. Poco a poco, algunos de estos nuevos grupos humanos, estimulados por su propio crecimiento, comenzaban a extender su dominio a través de grandes territorios sometidos a sus intereses. Ocurrió entonces un hecho que vendría a determinar para siempre el futuro de la humanidad. En todas partes, los hombres que hasta entonces vivían confiados en pequeños núcleos de población, entregados a la práctica de sus sencillas y hermosas tradiciones, fueron volviéndose temerosos los unos de los otros. Los grupos recién formados, movidos por la ambición incipiente, reclamaban para sí cada porción de tierra, y de esta forma, iban olvidando paulatinamente cuál era el origen de todos ellos, pues todos provenían del mismo lugar y debían su vida a la misma Voluntad. A menudo ocurría, entre la multitud anónima que conformaba aquellas primeras naciones, que ciertos individuos despiadados hacían valer su fuerza o su astucia para mover en los demás sentimientos de temor. Con esta arma poderosa, conseguían despojar a los otros de los dones de la Tierra, que de otro modo hubieran sido bastantes para todos, y tomaban de ellos el poder necesario para extender su sombra de terror. Así era entonces; y así, lamentablemente, sigue siendo hoy. En tales circunstancias, muchos incautos seguían a estos caciques, pues encontraban junto a ellos la protección que precisaban frente al miedo creciente. De esta forma se inició una loca carrera sin retorno, pues siempre había un caudillo mayor al que temer, y otro más grande aún a quien confiar la propia seguridad, de tal modo que el miedo seguía propagándose de manera inexorable. Era el temor que brotaba entre los semejantes; un miedo que no era como aquel otro que infundían la Luna o la noche, sino mucho más terrible: era el temor del Hombre al propio Hombre. Aquel nuevo caos amenazó para siempre la frágil paz establecida entre los pueblos de la Tierra. Desde entonces, los fuertes y los astutos, que sometían de manera despiadada a sus congéneres, fueron llamados señores; y aunque con frecuencia solían verse rodeados de sabios, la mayoría de las veces no lo hacían sino por ornamento, pues llegado el caso usaban de su propia determinación sin confiarse a las palabras de los prudentes. Fueron tiempos de dura porfía para el Maestro, porque entonces se sentía conmovido como nunca, y temía de veras por el futuro, pues entendía que no había enemigo más feroz del Hombre que el Hombre mismo. En aquellas fechas, el Maestro recorría sin pausa todos los ámbitos, y atendía los lamentos que en todas partes elevaban las voces de los humildes. Siempre que le era posible, movido por su infinita caridad, procuraba su auxilio a cuantos le solicitaban en todos los rincones. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;El Hombre afrontó entonces multitud de nuevas situaciones que nacían del temor, para las cuales no albergaba en su ánimo ninguna prevención. Se enfrentó a la miseria y a la codicia; al poder y a la guerra; a la servidumbre y al hambre, y todo resultaba inquietante para él. Aquellos fueron tiempos verdaderamente difíciles, pues en ellos se gestaron todas las injusticias que aquejan a la humanidad, aún en nuestros días. Tanto hubo de esforzarse el Maestro para proporcionar algún consuelo a los más desventurados, y tan frecuentes eran sus viajes, que Caín y Abel quedaban a menudo privados de su compañía. El Maestro, que era reclamado desde todas las regiones, prefería dejarlos a recaudo de tantos horrores. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Aconteció cierto día que Caín y Abel se encontraban aguardando el regreso del Maestro junto a las faldas de una imponente cordillera, pues había partido de nuevo en uno de aquellos viajes. Habían acordado los dos esperarle por espacio de varios días, porque a su regreso proyectaban marchar con él en busca de un lugar en el que pudieran recuperar la plenitud de los días lejanos vividos en paz. Con esta idea, tomaron refugio en una pequeña cabaña de madera que quedaba a corta distancia del camino, y que servía de cobijo a los pastores que a menudo recorrían aquella ruta. Ya en otras oportunidades se habían alojado los tres en aquel lugar, y como entonces, les pareció también tranquilo y confortable en esta ocasión. Cuando habían transcurrido dos días desde la marcha del Maestro, acertó a pasar junto a ellos una insólita comitiva de hombres a caballo, levantando tras de sí una enorme polvareda. Los dos hermanos habían advertido en la distancia aquel grupo tan numeroso de jinetes, y pronto repararon en que tomaba camino hacia el lugar en que ellos se encontraban, pues era éste un paso obligado para quienes se aventuraban a cruzar las montañas.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Marchaba al frente de aquella hueste un hombre arrogante a lo que parecía. En el severo contraste que se advertía entre el descuido de su atuendo y la reverencia con que era servido por los otros, se dejaba notar que se trataba de un señor de la guerra. Era un hombre alto y malencarado, si bien adornaban su rostro ciertos atributos que no lo hacían completamente desagradable. Vestía con lo que parecía ser un acopio de prendas obtenidas de trajes bien diversos. Destacaba en su extraño atavío un curioso pañuelo anudado sobre la cota de malla, y llevaba también unos calzones oscuros y ceñidos. Además de estas ropas, y como casi todos sus acompañantes, portaba abundantes armas. Flanqueaban tan inusitado cortejo un gran número de músicos, titiriteros y saltimbanquis, que hacían sonar sus instrumentos enloquecidos, e iban corriendo de un lado a otro, mientras entretenían a los personajes principales que mandaban el grupo con mil bufonadas. Al frente, cabalgando a ambos lados del señor, venían otros hombres, que debían ser los de más confianza para él. Al igual que el guerrero, vestían con extraña facha, fruto de los saqueos que a buen seguro practicaban con frecuencia. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Una vez hubieron llegado a la altura de los dos hermanos, mandó el caballero principal parar al resto, pues le llamó la atención la compostura de ambos, ya que no aparentaban temor ante su aparición, como era común entre todas las personas que encontraban en su ruta. Adelantó unos pasos su montura para poder examinarlos de cerca. Semejante gesto no gustó mucho a Abel, pues había percibido en aquellos jinetes algún indicio que le impulsaba a desconfiar. Después de mirarlos con mucho detenimiento, el guerrero decidió consultar con ellos, pues aquellos parajes le eran completamente desconocidos, y temía tomar un camino equivocado.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-¡Buen día! -dijo a modo de saludo, a lo que contestaron ambos con parecidas fórmulas. Sabed -continuó el caballero con una voz ronca y cavernosa- que me contenta hallaros en este camino, que viene de largo tan deshabitado. He creído notar, después de examinar vuestras vestiduras, tan esmeradas y humildes a un tiempo, que sois a buen seguro discípulos de algún sabio notable, lo cual me complacería de grado. Nunca estuve antes en este lugar, ni tampoco ninguno de los muchos que hoy me acompañan. Y bien; ¿acaso conocéis por ventura estas montañas?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Caín, a pesar de la mucha amabilidad con que el caballero pronunció estas palabras, mostró también su recelo, pues en verdad eran temibles aquellos jinetes que iban con él, cuyas monturas llenaban el aire con espantosos bufidos. No obstante, haciendo acopio de valor, trató de responder al caballero con gentileza, pues así lo tenía aprendido del Maestro.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-Acertáis al interpretar que somos compañeros de un sabio, que por cierto, pronto ha de regresar con nosotros -contestó Caín. También estáis en lo cierto al suponer que conocemos estas cumbres, pues así es en efecto. Decidme: ¿Acaso necesitáis nuestra ayuda?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;El señor encontró divertido el ademán de Caín, pues estaba habituado a la rudeza de la guerra, y hacía mucho tiempo que no topaba en su camino gentes de paz, y a lo que parecía, de tan buena disposición. Mandó entonces detener la comitiva para poder así conversar con aquellos muchachos que movían su curiosidad. Acercó su caballo a la entrada del refugio para desmontar, y cuando estuvo por fin frente a los dos les habló así:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-Todos nosotros -dijo señalando su comitiva- hemos realizado un largo periplo hasta llegar por fin a esta comarca. La razón de nuestra expedición no es otra que ésta que ahora os participo: hace algún tiempo, mientras me hallaba descansando en mis dominios luego de una dura batalla, un grupo de trovadores llegó hasta mi fortaleza y me obsequió con hermosos poemas. Mediante aquellos cánticos, que sin duda eran dulces y elevados, tuve noticia de que en las proximidades de este lugar vive una doncella cuya belleza compite en gracia y discreción con las más grandes que recuerden los siglos. Cuando inquirí a los músicos sobre la portentosa muchacha que daba origen a sus canciones, me dijeron que ésta era dulce, noble y delicada como ninguna otra sobre la Tierra, y que sin duda sería buen partido para un personaje tan principal como yo. Hace tiempo que vengo calculando la mejor manera de abandonar el ejercicio de la guerra y tomar mujer, pues aunque soy joven todavía, quiero disfrutar largo tiempo de cuanto he ganado en la contienda. Muy a mi pesar, en todo mi feudo no hay doncellas que puedan servir adecuadamente para tal fin, pues todas son villanas. Así, cuando escuché las canciones que traían a mi puerta estos juglares que ahora me acompañan, y supe a través de ellas que en esta región habitaba una beldad semejante, al instante decidí venir hasta aquí y tomarla cuanto antes como mujer, pues corresponde a mi fama desposar una muchacha semejante. Cuando la encuentre por fin, haré de ella mi señora, y engendraré de su vientre a mis descendientes, porque sean tocados con su belleza. Crecerán entonces con su donaire y mi astucia, y serán dignos sucesores de mi linaje. Con este propósito que ahora conocéis he gastado ya muchas jornadas de dura travesía. Pero muy a mi pesar, desconozco que senderos son los que cruzan esta cordillera. Si vosotros pudierais orientar a mis gentes a través de las cumbres, podría ganar un tiempo precioso. A cambio de vuestra ayuda prometo recompensaros con generosidad. Debéis saber que me urge encontrar cuanto antes la ruta más propicia, pues no es sensato dejar mis dominios sin protección por más tiempo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Abel encontró un tanto arrogante el discurso del hidalgo, pues no estaba acostumbrado a tratar con gente de su categoría. Le incomodaba sobremanera la torcida intención con que realizaba aquel viaje, pues, según creía, nada hay tan indigno como tomar a alguien contra su voluntad. Miró a su hermano, que parecía compartir su impresión en aquella ocasión. Por un momento dudó, pues no sabía bien qué contestar, hasta que recordó de pronto lo que había escuchado del Maestro, cuando en cierta ocasión les animó a ser prudentes y bien intencionados en todo lo que hicieran. Con estos pensamientos se contuvo, y comoquiera que además se hallaba en descomunal desventaja con respecto a aquellos hombres, creyó que lo más sensato era mostrar una buena disposición hacia el viajero.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-Mi hermano y yo os mostraremos con gusto el camino que debéis tomar -dijo por fin Abel. Más dejad para otra ocasión vuestra recompensa. Como podréis advertir, dada nuestra condición, poco es en verdad lo que necesitamos. Según mi parecer, nuestro premio no ha de ser otro que escuchar de vuestros músicos esas maravillosas trovas que tanto nos habéis encarecido, pues si en verdad son tan hermosas como decís, sin duda nos deleitarán. También será grato a nuestros oídos participar de vuestra conversación; a buen seguro nos ilustrará sobre muchas cosas que ignoramos aún y que podrán sernos valiosas en el futuro.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-¡Bien me satisface vuestra respuesta -contestó el señor, que comenzaba a sentir cierta simpatía por los dos hermanos-, pues más caro me es el oro que el discurso!&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Seguidamente, comenzaron la travesía en la dirección que apuntaban Caín y Abel, siguiendo una espaciosa pista que se adentraba en las cumbres. Los dos jóvenes abrían la comitiva, a ambos lados del señor, y charlaban animadamente con él de los asuntos más diversos. Tras ellos marchaban también algunos hombres que participaban de la conversación, pues todos sentían viva curiosidad por aquellos dos muchachos que habían sido tan del gusto de su señor, ya que éste no acostumbraba tanta franqueza con extraños. El resto del ejército, formado por soldados y sirvientes, y por los trovadores y titiriteros que animaban la marcha, seguía inmediatamente después, entonando alegres canciones que formaban un gran alboroto. La caminata había despertado la sed de los que iban a pie, y pronto comenzaron a pasar de mano en mano ligeros pellejos de amable vino, a la par que espléndidas raciones de carne y pasteles. Con tales viandas iban todos gozosos y animados; y era tan grande el entusiasmo con que acometieron la subida, que apenas se daban cuenta del tiempo que iba transcurriendo desde que partieron. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Más adelante, llegaron por fin a una falsa planicie que servía de plataforma a las cimas más altas. Abel observaba con detención los formidables picos, hasta que, repentinamente, mandó que parara la comitiva, pues conocía muy bien aquellas montañas. Aquello incomodó al señor, que no acostumbraba a que otros mandaran sobre sus hombres, y era además poco amigo de contratiempos.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-¿Pues... qué diantre sucede? -preguntó el caballero con cierto enojo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-Sabed -contestó Abel- que nos aproximamos a un largo y estrecho desfiladero que llega hasta las cumbres en esa dirección -dijo señalando con el dedo. Mi hermano puede confirmaros que en esta época del año son frecuentes los aludes en esta zona. Según parece, en varias ocasiones se cerró el paso por completo, tal y como hemos oído referir a los pastores que lo frecuentan con sus rebaños. Si miráis allá en lo alto, sin duda podréis advertir que las cumbres están cubiertas de nieve. Por tal motivo, considero que sería muy prudente cesar al instante con todo ese estruendo que arman vuestros siervos, pues es en extremo arriesgado continuar con tanta algarabía. Más aún; me temo que ni en el más absoluto silencio sea juicioso tomar este camino; muchos son los caballos que sirven a vuestros valerosos jinetes, y sus solas pisadas podrían bastar para desatar la tempestad. Os sugiero que sigáis mi consejo, y prosigáis vuestro viaje por aquella otra vereda que circunda la cumbre más elevada.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;El señor, después de escuchar aquella exhortación, mostró gran inquietud por la repentina dificultad en que se veía su expedición. Miró largamente a Caín, por ver si éste tenía una opinión distinta, pero reparó en que mostraba claros signos de coincidir con su hermano. Al cabo, interrogó de nuevo a Abel:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-Di, muchacho: ¿Es acaso más corto ese otro camino que dices?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-No, no lo es -contestó-, pero sin duda es más seguro.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Tomó un momento el caballero para meditar, pero enseguida consideró todo el tiempo que, sin lugar a dudas, le llevaría rodear la cima. Miró hacia atrás, advirtiendo que sus acompañantes comenzaban a mostrarse intranquilos, pues eran hombres de acción, y no entendían por qué se habían detenido cuando estaban ya tan cerca de su destino. El señor se impacientaba por momentos, pues comprendía que si tomaba en consideración la indicación de Abel se demoraría más de lo previsto. Además, el alboroto que formaban sus hombres contribuía de manera notable a incrementar su inquietud. De pronto, exhibiendo un carácter propio de su ruda crianza, de forma repentina e incomprensible montó en cólera:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-¡Mira bien este brazo muchacho! -Gritó el señor fuera de sí, mientras elevaba su espada a los cielos- ¡Ante él inclinaron su rodilla los más temibles caballeros que la Tierra haya conocido! ¿Crees que ha de doblegarse ahora ante unos campos nevados? ¡He malgastado muchas jornadas hasta hoy! ¡No puedo perder más tiempo en adelante! &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Caín quedó turbado ante la furia del caballero. Sintió rugir a sus espaldas aquella hueste bárbara, y al instante notó como se endurecían todos los músculos de su cuerpo, pues se tenía por valiente, y era poco amigo de escuchar ofensas. Pero Abel conocía de sobra el temperamento de su hermano, y temiendo su furia decidió anticiparse a él, no fuera que llevado por su ánimo cometiera alguna insensatez. Tomó del brazo a Caín, y sujetándole, le hizo luego un gesto, con el que quería indicar que era suicida enfrentarse con aquel ejército. Después se puso frente a su hermano, y mirando a los ojos al señor, le habló con gran serenidad. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-Sin duda sabéis lo que decís. Por mi parte, lamento que no podamos acompañaros en esta oportunidad, pues como recordaréis aguardamos desde hace tiempo a nuestro maestro. Partid pues con vuestra comitiva, y que el destino os acompañe.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Era tal el aplomo con que Abel pronunció estas palabras, que el señor contuvo su enojo ante la mirada resuelta del muchacho. Se despidió luego de ellos sin demasiadas ceremonias, mandando proseguir a sus hombres por el camino que desaconsejara Abel, alejándose al fin de los dos hermanos. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;A medida que penetraban entre las fauces silenciosas de las montañas más altas, el sonido de los músicos se hacía menos intenso. Desde las alturas, la intensa luz que reflejaba la nieve confería a la comitiva una apariencia espectral conforme se aproximaba al centro del cañón. Los últimos ecos de los timbales cesaron de pronto. Se oyó el espantoso rugido de la tempestad, arrastrando en el viento mil fragmentos de hielo, y en un instante todo se llenó de polvo helado. Las lenguas de nieve que se precipitaban por las laderas parecían despedazar las entrañas mismas de la cordillera. No mucho después, en el silencio terrible que llenaba todos los rincones, se dejaba sentir todavía un extraño eco. Una pasmosa resonancia que llenaba el aire de canciones muertas.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="ultimafrase"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="color: rgb(153, 0, 0); text-align: center;" class="enseanzaprodigio"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p style="color: rgb(153, 0, 0); text-align: center;" class="enseanzaprodigio"&gt;SEXTA ENSEÑANZA:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: center; color: rgb(153, 0, 0);"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="color: rgb(153, 0, 0); text-align: center;" class="enseanzaprodigio"&gt;Si miras sobre el hombro a quien camina hacia la luz,&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="color: rgb(153, 0, 0);"&gt;Sólo verás tu propia sombra.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;p class="enseanzaprodigio"&gt; &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;span style=";font-family:&amp;quot;;font-size:10;"  lang="EN-US" &gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/27158524-114751067717967257?l=lamaneradeobrarunprodigio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lamaneradeobrarunprodigio.blogspot.com/feeds/114751067717967257/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=27158524&amp;postID=114751067717967257' title='1 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/27158524/posts/default/114751067717967257'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/27158524/posts/default/114751067717967257'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lamaneradeobrarunprodigio.blogspot.com/2006/05/parbola-del-guerrero.html' title='PARÁBOLA DEL GUERRERO'/><author><name>Javier Úbeda</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh3.googleusercontent.com/-p54cZNqpPTc/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAFvY/9wQ70qqw6jQ/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-27158524.post-114751060145395951</id><published>2006-05-13T01:55:00.000-07:00</published><updated>2006-05-13T02:27:34.230-07:00</updated><title type='text'>PARÁBOLA DE LA PRESA</title><content type='html'>&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Durante algún tiempo, mientras se despertaba a los siglos la exuberancia de los días futuros, los hombres veneraron la memoria del agua, y de los dones que sembró por toda la Tierra. No es sólo que supieran de la relación que existe entre el agua y la vida, pues también nosotros conocemos este principio elemental. Sin embargo nosotros hemos aprendido cuanto sabemos. Los hombres de entonces, a diferencia nuestra, sabían lo que nosotros aprendimos después. Y lo sabían porque podían sentirlo así. Todos cuantos habitaron las edades anteriores al advenimiento de la ciencia amaron los torrentes y las lluvias; los lagos, los ríos y los mares ilimitados que segaban el horizonte más allá de los continentes. A través de la plenitud con que saciaba su sed, a través de la frescura incomparable de su contacto, mediante el rebosante júbilo con que reverdecían las plantas a su paso, pudieron sentir que de las aguas brotaba la vida, y como amaban la vida, veneraron las aguas. Así era en verdad, para personas distintas y distantes; multitudes que vestían, hablaban y soñaban de formas diferentes, y que en virtud de una admirable percepción valoraban a menudo las mismas cosas. Al cabo, quisieron crecer junto a estas mismas cosas, abrigados por su fascinador influjo. Así, cuando hubieron de decidir en que lugares establecerían sus primeras sociedades, conforme prosperaban esperanzados a través de los inciertos senderos de la Tierra, fueron poblando las cercanías de las aguas con la obra de su incipiente civilización. Ríos, lagos y mares, se convirtieron pronto en su morada, pues se consideró que aquel era el lugar natural del Hombre. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;En aquel tiempo, tan rico en revelaciones, en todas partes se aprendían cosas nuevas y sorprendentes. Incluso algunos sabios comenzaban ya a interpretar, siquiera en sus trazos más simples, el complejo y fascinante lenguaje de la naturaleza. Como fruto de estas reflexiones primeras, los hombres habían llegado a considerar que perduraba un lado oscuro en todo lo creado. Esta siniestra presencia se manifestaba ante su ciencia como una fuerza poderosa que emanaba del firmamento, y que dejaban sentir las más variadas circunstancias, tomadas de sus agudas observaciones. Ya entonces habían advertido que la sola presencia de la Luna era capaz de doblegar las aguas a su voluntad, provocando así las mareas. De este modo, otros muchos fenómenos inexplicables fueron pronto atribuidos por nuestros antepasados al influjo poderoso de las estrellas: la furia terrible de la Tierra, que sacudía en ocasiones pueblos enteros, sepultándolos luego bajo sus fauces; o la ira de las montañas, que, a decir de los sabios, escupían fuego enojadas por la conducta de algunas personas insensatas. En estos portentos supo el Hombre que el Caos no había sido sometido por completo, y que tendría que valerse de su inteligencia para desentrañar el misterio de la vida y servirse de él. Con tal empeño, puso su voluntad al servicio del Conocimiento, para transformarlo en Sabiduría por medio del Tiempo y la Palabra. Así fue en los primeros días. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Y mientras despertaba el entendimiento en el Hombre, a través de las regiones inmensas del mundo, el Maestro y sus discípulos tomaron la costumbre de mezclarse en los asuntos de los pueblos. Discurrieron los tres que para ellos sería provechoso, pues así accederían a la lección de certeza que sólo emana de la realidad. También para las gentes que encontraban a su paso sería bueno, pues de ellos tres podrían tomar prudentes avisos. De esta manera, se acercaban a las poblaciones que encontraban por todas partes, y regalaban a sus habitantes con juiciosas reflexiones. No obstante, pareció oportuno al Maestro poner suma diligencia en no mostrar a los hombres y mujeres que encontraba más verdad que aquella que pudieran apreciar en virtud de su propia voluntad, su tiempo y su palabra; porque sabía que la vida ha de seguir su curso natural. Por tal motivo hablaban siempre usando palabras sencillas, y empleaban su tiempo departiendo sobre aquellos asuntos que más preocupaban a quienes visitaban. Casi siempre trataban sobre cuestiones relativas al quehacer cotidiano: a la industria artesana, la ganadería o la agricultura; o también a los modos y formas en que podían procurarse mejor gobierno. El Maestro ofrecía ante tales negocios su dictamen, adornado con valiosísimas sentencias; y les hablaba también del amor, de la misericordia y otros dones preciados que hacen del ser humano una criatura verdaderamente única. En todas partes, los aldeanos corrían al encuentro de los tres, pues admiraban sobremanera su sencilla sabiduría, y a menudo los tomaban por extranjeros o por sabios. En muchos lugares, aleccionados por la clarividencia de sus discursos, comenzaron a llamarlos profetas. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Fue en una de aquellas jornadas, estando ya próxima la estación de las lluvias, cuando llegaron los tres a cierta población. La villa, compuesta por hermosas casas de adobe y argamasa, tomaba su sustento de un fecundo río que discurría junto a ella. Como en otras ocasiones, admiraron la disposición de las construcciones, y recrearon su vista en las tierras de labranza que se extendían junto a la orilla de aquel afluente de gran belleza. Caminaban alegres, intercambiando impresiones sobre tantas cosas que se ofrecían a su mirada, hasta que hubieron llegado a las puertas de la ciudad. Tomaron entonces el camino principal que conducía a su interior. Nada más penetrarla, les sorprendió el rumor grato de muchas voces de hombres, elevándose sobre sus pasos como un arrullo cálido; ese murmullo que anuncia las concentraciones de personas en torno a algún asunto de importancia. Habían tenido la fortuna de llegar en un día de mercado, y así lo notaron nada más traspasar las puertas de la población. Junto a las voces unísonas de comerciantes y compradores, llenaba el aire el sonido de los útiles y aperos: rozándose entre sí en innumerables trueques. Completaban la escena multitud de animales, que eran parte principal del comercio, junto al polvo blanquecino que levantaban las sandalias con su trajín, de manera que aparecía a los ojos como ligera niebla. Así era el mercado de aquella singular villa. El Maestro ensalzaba ante Caín y Abel las muchas e ingeniosas industrias con que quedaban dispuestos los tenderetes a uno y otro lado del paseo. Se sorprendía a cada paso con algún nuevo ingenio traído desde remotos lugares, y admiraba la manera en que todo prosperaba. Pasearon largo rato los tres, entretenidos en aquel comercio. De vez en cuando, el Maestro se detenía junto a los alfareros que realizaban su labor a la vista de los transeúntes; enseñaba entonces a sus discípulos la manera en que aquellos artesanos tomaban el barro entre sus manos, para sacar de él, con paciencia y buenas artes, vasos y vasijas. Más adelante, numerosos puestos concebidos con gracia, de manera que ganaran la atención de los compradores, exhibían en alegre colorido los copiosos dones de las tierras cercanas; y eran en verdad tan apetecibles aquellas frutas y hortalizas, que hablaban por sí solas de la fertilidad de la comarca. Caín y Abel observaban con detenimiento cuanto iban encontrando a su paso, y atendían con deleite a las explicaciones que de cada uno de aquellos negocios les daba el Maestro. En esto ocupaban los tres su tiempo cuando llegaron al fin hasta una gran plaza en la que desembocaban las calles principales de la localidad.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Fue entonces, después de que hubieran admirado todas aquellas novedades que habían ido encontrando a lo largo de su recorrido, cuando dieron en mirar por vez primera los ojos de los hombres, pues en aquella plaza no había ya otra cosa que llamara su atención. Quedaron admirados de pronto, pues encontraron en aquellas gentes una expresión de profunda preocupación. Hasta entonces, la distracción de los comerciantes había impedido que alguno de los tres se diera cuenta de tan extraña circunstancia. Al instante, el Maestro se mostró afligido por el desasosiego que rondaba en silencio entre la multitud, pues era de suyo muy impresionable, y quiso enseguida saber su causa. Llamó a sus discípulos junto a él, y encontrándolos también atribulados, les hizo señas para que se acercaran con él hasta un lugar próximo, en el que parlamentaban varios aldeanos. Se hallaban congregados junto a una de las bocacalles que daban a la glorieta, y gesticulaban con signos de gran inquietud, mirándose unos a otros, ora asintiendo, ora negando reiteradamente con la cabeza. Una vez llegaron a la altura los reunidos, quisieron saber de inmediato en sus propias palabras que mal podía ser aquél que los encrespaba de tal modo, y en que forma podían prestarles su auxilio, de manera que mudaran sus rostros en otros de menor tristeza. Con este propósito se adelantó el Maestro, y con señas que delataran su presencia entre aquellos labradores, se presentó a ellos:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-Nobles y amigas gentes que aquí os encontráis -les dijo- he podido apreciar en vuestros rostros, mientras caminaba distraído por estas calles, la sombra de una gran pesadumbre. Ya en otros lugares había visto expresión semejante, pues he andado muchos caminos en compañía de mis discípulos, que aquí están. En mis viajes, a lo largo de vastos territorios, he tenido ocasión de aprender algunas lecciones que quizás puedan seros provechosas en el día de hoy. Sabed que si en mi mano está, haré cuanto pueda por mudar vuestra preocupación y restituir la paz a vuestros semblantes. Decidme pues: ¿Qué asunto os atormenta de modo semejante? &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Aquellos hombres, que un segundo antes alzaban sus voces sin concierto los unos sobre los otros, prestaron atención a las palabras del Maestro, pues en la sencillez de sus vestidos y en su sereno ademán pudieron notar que se trataba sin duda de un sabio extranjero. Entonces se adelantó uno de aquellos, que parecía muy respetado entre los demás, y tomando la palabra, contestó al Maestro:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-Señor -dijo aquél- acaso habréis reparado, a la entrada de nuestra ciudad, en el caudaloso río que baña nuestras riberas. Sus aguas fertilizan nuestra tierra, y a ellas debemos cuantos aquí nos hallamos nuestra vida y sustento. Por gracia de esta corriente, cada año recolectamos los generosos frutos que nos ofrece la tierra fértil en que vivimos. Esta cosecha constituye la base principal de nuestro mercado, que atrae hasta nuestra comarca a muchos compradores desde lugares remotos.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-Así lo creo -intervino el Maestro- pues he observado con gusto la prosperidad de vuestro comercio. Puedo jurar que no he visto antes frutos tan magníficos. También he tenido ocasión de admirar el ingenio de vuestra industria, como bien atestiguan mis discípulos, aquí presentes. ¿Por qué mostráis entonces este desconsuelo?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-Hemos consultado a nuestros sabios -prosiguió el mercader-, que custodian la memoria de los tiempos pasados. Ellos han examinado con cautela los signos que están escritos en el firmamento, y después de interpretarlos han hablado a su pueblo. Su vaticinio no puede ser peor para nuestros intereses, pues asevera que se avecinan muchos días de lluvias torrenciales. Quienes hemos vivido aquí desde antiguo, sabemos por nuestra propia experiencia cuán grande e implacable es el ímpetu del río cuando las aguas crecen, y por tal causa tememos que devore entre sus fauces líquidas el producto de nuestro esfuerzo, como ya lo hizo en el pasado. ¿Acaso hay algo que podamos hacer contra esto?&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;El Maestro, después de escuchar pronóstico tan sombrío, hizo un mohín en señal de meditación, al tiempo que todos los presentes guardaban silencio en espera de su respuesta. Pensaba en la mejor manera de favorecer a aquellas gentes. Mientras, la expectación aumentaba entre la multitud, que iba creciendo en número atraída por la novedad de aquella conversación. Cuando, tras mucho cavilar, encontró al fin la solución que consideró más oportuna para el caso; se apartó un tanto junto a sus discípulos, pidiendo excusas a los demás, y de manera que no pudieran oírle habló entonces a los hermanos como sigue:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-He pensado largamente en las palabras de este hombre. Ciertamente no es poca su preocupación, y según yo mismo entiendo, no le sobran fundamentos a su gran temor. Nuestro deber ahora es socorrer a este pueblo, pues atraviesa por tamaña dificultad. Creo saber como podemos proceder en su favor -les dijo. Miraremos a la salida de la población, más allá del límite de las tierras de labor, e indagaremos por aquella parte qué lugar resulta más apropiado a fin de construir una presa; con ella podremos contener la furia desatada de las aguas. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Caín y Abel asintieron con entusiasmo, pues les pareció a ambos una idea magnífica. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-Sin embargo -prosiguió el Maestro- más allá de los límites del río, la tierra de estos contornos aparece bastante desprovista de vegetación, siendo así que no hallaremos en las inmediaciones madera suficiente para tan descomunal empresa. Para vencer este inconveniente, uno de vosotros remontará el cauce en busca de árboles, de suerte que cuando los tenga pueda irlos enviando a lomos de las aguas aprovechando la corriente. Yo quedaré aquí con el otro, a fin de enseñar a estas gentes la manera de llevar a término la construcción.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Ambos estuvieron de acuerdo, y nuevamente elogiaron la decisión del Maestro, pues la encontraron conveniente. Echaron suertes luego, para decidir a cuál de ellos dos tocaría remontar el río, y resultó ser Abel. Así las cosas, y después de despedirse y desearles éxito en su labor, marchó Abel río arriba en busca de los maderos, mientras quedaba Caín con el Maestro.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Ya solos, regresaron los dos junto al grupo, que aguardaba con enorme interés. Después de atraer su atención, les encomendó el Maestro la tarea de reunir con prontitud a todas las gentes que pudieran encontrar. La cosa no resultó difícil, pues en los días de mercado se congrega siempre una gran multitud. Conforme fueron llegando los convocados, que en verdad eran muchos, iban ocupando por indicación del Maestro los lugares vacantes en el centro de la plaza. Pronto no quedaba un sitio vacío, de modo que, sin perder más tiempo, les hizo saber lo que proyectaba. La multitud, conforme avanzaba en su exposición, escuchaba con mayor atención las palabras del Maestro, asintiendo a su discurso con gestos de admiración, pues se hallaba conforme con todo. Tan grande fue el entusiasmo de aquellas gentes, que todas se manifestaron dispuestas a ayudar tanto como les fuera posible. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Habló luego el Maestro con cada uno de los presentes, a fin de conocer sus profesiones y habilidades. Escogió de entre ellos a los dos mozos más robustos, y los mandó remontar el curso del río para que sirvieran de ayuda a Abel. Luego dispuso que comenzara de inmediato la construcción de la presa, encomendando a Caín la dirección de las obras.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;En poco tiempo se localizó un buen emplazamiento a escasa distancia de la villa, y se organizaron cuadrillas de hombres y mujeres según su destreza. A cada cual se le asignó la tarea que le era más propia, en función de su disposición y oficio; y porque nadie quedara apartado de aquel asunto tan importante para todos, se procuró que todo el mundo tuviera algo en qué ocuparse, por pequeño que fuese. Entretanto, Abel había conseguido localizar corriente arriba una abundante floresta, en el que pudo hallar madera suficiente para la obra que proyectaban. Se instaló en aquel lugar junto a los hombres que enviara el Maestro, y no sin esfuerzo, fueron talando los maderos más gruesos que encontraron, de manera que, flotando mansamente sobre las aguas, pronto comenzaron a llegar a la ciudad. A medida que pasaban los días, y conforme llegaban los árboles, todos los que quedaban en la ciudad iban trabajando con mayor denuedo, a fin de terminar la obra en el plazo previsto. Caín administraba con buena mano la construcción, procurando que todos trabajaran con gran armonía, y se sentía realmente importante con tantas personas a su cargo. En este trajín fueron pasando las jornadas, hasta que, uno de aquellos días, los cielos comenzaron a oscurecerse por momentos, presagiando lo que todos temían. A la vista de tan segura amenaza, decidieron hacer un último esfuerzo, no fuera que el diluvio desbaratase de pronto aquel trabajo que con tanta determinación habían emprendido, y poniendo cada cual lo que estaba de su parte, consiguieron concluir la presa en el plazo previsto. Cuando la construcción hubo finalizado, se reunieron de inmediato todos los que allí estaban, y recorrieron las calles en grandes celebraciones, pues nada hay tan embriagador para los hombres como llevar a término tareas imposibles. Y así, a pesar del cansancio acumulado durante aquellas jornadas de intenso trabajo, en verdad se sentían todos embargados por un inmenso júbilo, pues habían conseguido ahuyentar sus temores gracias a su esfuerzo titánico. Pronto ensalzaron la maestría con que Caín había dirigido la construcción, pues eran conscientes de que gracias a su orientación y gobierno habían conseguido anticiparse a las lluvias. En agradecimiento a tan insigne director, se extendió de boca en boca una feliz iniciativa, de modo que cada uno de aquéllos fue hasta su casa y regresó para colmar a Caín con obsequios y atenciones. Al punto lo tomaron sobre sus hombros, y regalaron con vítores y aplausos los oídos de Caín, que se sentía dichoso con aquella dádiva de vanidad. Más he aquí que llegado este punto, el Maestro, que había permanecido mientras tanto contemplando el remate de las obras, habiéndoles oído se adelantó, e hizo ademán de hablar. Callaron todos al punto, pues sentían por él una gran reverencia. Hecho el silencio, su voz se elevó majestuosa por encima de los presentes:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-¡Sabed -dijo el Maestro recriminándoles- que no ha de recibir alabanzas quien cumple con su trabajo, pues estas son sin duda el principal sustento de la soberbia, enemiga del genio y la razón! He aquí que cada cual hizo su parte, de forma tal que no hubiera presa que levantar sin palos que la vistieran; ni utilidad en las vigas sin gentes que las ensamblaran. No debe haber entre vosotros principales ni sencillos, pues ninguna obra humana alcanzará jamás su culminación sin el trabajo de muchos. De igual manera es ahora entre vosotros.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Quedaron todos enmudecidos al escuchar estas palabras por boca del Maestro, que dejó maravillado al auditorio. Caín recordó de pronto a su hermano, y a los dos hombres que de su parte estaban, advirtiendo que en verdad la construcción de la presa no hubiera sido posible sin su trabajo. Habló entonces a las gentes, participándoles lo que pensaba, y estuvieron todos de acuerdo en esperar el regreso de los tres. Cuando estuvieron de vuelta, fueron recibidos con regocijo, y todos unidos continuaron festejando su obra hasta el alba.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="enseanzaprodigio"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="color: rgb(204, 0, 0); text-align: center;" class="enseanzaprodigio"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p style="color: rgb(204, 0, 0); text-align: center;" class="enseanzaprodigio"&gt;QUINTA ENSEÑANZA:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="color: rgb(204, 0, 0); text-align: center;" class="enseanzaprodigio"&gt;Ninguna gota colmó un vaso&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="color: rgb(204, 0, 0);"&gt;Sin que otras antes lo llenaran.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;p class="enseanzaprodigio"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;span style="" lang="EN-US"&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/27158524-114751060145395951?l=lamaneradeobrarunprodigio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lamaneradeobrarunprodigio.blogspot.com/feeds/114751060145395951/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=27158524&amp;postID=114751060145395951' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/27158524/posts/default/114751060145395951'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/27158524/posts/default/114751060145395951'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lamaneradeobrarunprodigio.blogspot.com/2006/05/parbola-de-la-presa.html' title='PARÁBOLA DE LA PRESA'/><author><name>Javier Úbeda</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh3.googleusercontent.com/-p54cZNqpPTc/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAFvY/9wQ70qqw6jQ/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-27158524.post-114751052403650977</id><published>2006-05-13T01:54:00.000-07:00</published><updated>2006-05-13T02:19:28.380-07:00</updated><title type='text'>PARÁBOLA DEL CONSTRUCTOR</title><content type='html'>&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;En aquel tiempo, mientras los tres proseguían su peregrinación a través de los caminos y senderos de la Tierra, se iban sucediendo las distintas generaciones de hombres y mujeres. Eran las estirpes iniciales, que terminarían poblando muchos años después todas las regiones. Aquellos primeros moradores perseveraban intentando conquistar el mundo que había sido conformado para ellos. A decir verdad, apenas lograban concebir una reducida parte del futuro que les estaba reservado por la Voluntad. Conforme prosperaban, iban creciendo con ellos el Tiempo y la Palabra. En los primeros años, compartían su destino con la naturaleza, y de ella se abastecían. Vivían de la caza, de la pesca, y de una limitada labor artesana, desarrollada en la vecindad de los ríos y lagos. Entonces todo era bastante más sencillo. En verdad, poco era lo que constituía el quehacer cotidiano de aquellos pueblos dispersos, y cualquier transformación introducida en una parte, tardaba a veces siglos enteros en extenderse a las otras. Apenas una docena de cosas, elementales y cotidianas, se bastaban para mover la vida de cientos de seres humanos en aquellos días. No ha de resultar sencillo para nosotros evocar un mundo semejante, pues una docena de cosas son menos de las que hoy llevamos en el bolsillo de nuestros pantalones. Y sin embargo era ciertamente una época encantadora y simple como ninguna otra. No obstante, los hallazgos que han venido sucediéndose a través de los tiempos, con frecuencia resuelven numerosos y graves inconvenientes. Y así lo debieron juzgar también los primeros habitantes de la Tierra, porque de forma interminable fueron creando diferentes herramientas, ornamentos, y toda clase de enseres. Pronto fue tal la abundancia de utensilios, que se hizo imprescindible nombrarlos. Así, mediante la Palabra, custodiada por los pueblos como más sagrado don, le fue asignada una voz a cada nueva realidad. Y se procuró en todas partes que cada nuevo nombre fuera conocido por todos. Mientras, el paso del tiempo se había convertido ya en una obsesión para las gentes, pues discurría paralelo a sus vidas, y no tenía senderos de retorno. Por este motivo se buscaron nombres también para él, con el deseo de que estuviera presente por siempre. Así acontecía en la primera edad del Hombre, en virtud de su propia voluntad. Sin embargo, ya entonces, cuando todo giraba alrededor de circunstancias tan naturales y escasas, el Hombre comenzaba a olvidar lo que la vida tenía de trascendente. Y aquello que desconocía, como a nosotros ahora, le hacía daño. Había olvidado que nacer y morir son sólo distintas formas de ser. Y también que fue la Voluntad Primera quien estimó conveniente dejar el firmamento como testimonio silencioso del Caos. Por eso no comprendía la causa de aquel recelo que llenaba sus noches, y que le hacía experimentar una zozobra espantosa al adentrarse en el reino sugerente de los sueños. Tampoco entendía por qué, en los días fríos y desapacibles, temblaba de pronto ante la sola visión de la Luna. Muchas cosas han cambiado desde entonces, más no ésta: los miedos que nos persiguen han sido los mismos en todas las épocas. En un principio, el Hombre se sentía indefenso frente a su propio desamparo. Pero muy pronto alcanzó a comprender que había algo que sí podía hacer para acrecentar su confianza. Aprendió enseguida que denominar a las cosas que ignoraba le ayudaba a no temerlas. Fue consciente de que dotándolas de identidad conseguía desarrollar cierto poder sobre ellas; y así, fue nombrando todo cuanto era fuente de inquietud para él. A La Voluntad que compuso todo lo que existe la llamó Dios. Y aunque no guardaba memoria de su obra, ni pudo penetrar jamás su profundo misterio, encontró en su corazón que debía amarla. Después miró en su interior, y a la conciencia de ser más pequeño que el Tiempo, la llamó muerte. Movido por su gran determinación, el Hombre procedía de este modo. Y sin embargo era consciente de que también podía ser sometido a pesar de su propia voluntad. A la conciencia de ser más pequeño que la voluntad la llamó miedo. Fue así que el verbo se hizo en el Hombre y el Hombre en la palabra. A la conciencia de ser más pequeño que la palabra puso nombre por fin, y la llamó ira. Pronto algunos hombres pensaron que si amaban el mundo y se amaban a sí mismos, si apreciaban la vida en toda su plenitud, en ellos y en los otros, podrían ser tan grandes como el Tiempo, como la Voluntad o como la Palabra. A éstos, los otros hombres los llamaron sabios o maestros. Pero incluso los sabios se sentían conmovidos ante la muerte, y no hallaban para ella palabras de consuelo. Tras muchas cavilaciones, pensaron que encontrarían la respuesta a sus preguntas en el firmamento, pues de él provenía la luz del Sol, que alumbraba sus días; y en él moraba también la fascinante Luna. Elevaron entonces sus ruegos al cielo, engalanándolos con el portento de la música, junto a las voces sobrias y majestuosas de todos los pueblos. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;span style=""&gt;        &lt;/span&gt;En aquellos días, llegó el Maestro junto a sus discípulos hasta una población que estaba asentada en la margen derecha de un gran río. Sus casas, blancas y pequeñas, aparecían aumentadas ante la vista por efecto de la mucha claridad, pues aquel día era despejado y luminoso como pocos. Desde el ancho camino que conducía a la aldea, se dejaban sentir los numerosos trinos de las avecillas que poblaban los cercanos matorrales. Era por todo un paraje encantador aquél que transitaban. No obstante, había asimismo en el ambiente una cierta tristeza, que se podía advertir en la ausencia de hombres y mujeres, pues ninguno se veía por las inmediaciones, a pesar de la hora, y de que en las cercanías, próximos a la corriente, algunos huertos reclamaban la atención de una mano afectuosa. Los tres continuaron su trayecto distraídos por pensamientos ambiguos, hasta que, desde la distancia, escucharon de pronto un grito de bronce. Cuando ya divisaban con nitidez el promontorio sobre el que se elevaban las casas más importantes de la villa, un sonido estremecedor y rotundo se elevó por encima de los pájaros captando de inmediato su atención. Por primera vez desde que comenzaran a caminar con el Maestro, Caín y Abel escuchaban ahora una campana. Quedaron ambos mudos de asombro, mientras el repique se hacía más intenso conforme caminaban. Llegaron al fin hasta un robusto puente que franqueaba la corriente, y una vez lo hubieron cruzado, se adentraron junto al Maestro en la población. A ambos lados del camino, fueron encontrando muchos grupos de campesinos, los mismos que antes echaron de menos junto a las huertas. Tristes y resignados, aquellos hombres y mujeres acudían hasta la plaza en que concurrían todas las calles del pueblo, frente a las puertas silenciosas de un sencillo templo que presidía la glorieta. Marchaban todos con las cabezas inclinadas, ensimismados y cariacontecidos, mientras se entregaban a profundas cavilaciones. De vez en cuando, al encontrar en su trayecto a las personas tenidas por más sabias, levantaban la vista movidos por una esperanza repentina. Las miraban entonces escrutando en sus semblantes un gesto que aquietara sus dudas. Pero no encontraban en sus ojos el consuelo que anhelaban, pues tampoco ellas tenían palabras que confrontar con el misterio mayor de todos. El Maestro, entretanto, quiso revelar a sus amados compañeros el mensaje terrible que ocultaban aquellas campanas que habían causado en ellos tan gran fascinación: &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-Este apesadumbrado sonido de bronce -dijo el Maestro, mientras miraba a los dos con exquisita ternura- proclama entre estas gentes la llegada de la muerte. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Abel, al pasar junto a la muchedumbre que se congregaba en torno al templo, se preguntaba a qué gran persona honrarían sus vecinos con tan hermoso duelo, pues los rostros de todos denotaban una sincera y profunda reverencia. Mientras pensaba estas cosas, caminaba junto a su hermano, al lado del Maestro. Iban los tres mezclándose en silencio con el resto de los hombres y mujeres allí presentes, hasta que, con gran sigilo, fueron llegando todos frente al pórtico del templo. Abel observaba con detenimiento aquella multitud. Notó, en el murmullo inadvertido que envolvía a los concurrentes, la presencia tenaz de un oscuro temor. Miró los rostros de jóvenes y ancianos, hasta que fue capaz de sentir su mismo dolor y quiso compartirlo. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-Maestro -dijo- en todo este tiempo, mientras mi hermano y yo recorríamos junto a ti la senda de la vida, hemos visto a menudo cómo los hombres y mujeres mueren en todas partes. En el pasado nada quise preguntarte, pues era grande el respeto que me imponían estas escenas; y sin embargo, hoy puedo sentir que no he encontrado las respuestas que preciso. No alcanzo a comprender por qué la muerte detiene de pronto el camino que cada persona va trazando a través de su vida. ¿Por qué razón han de perecer aquéllos que son justos, quedando los otros desprotegidos sin su favor? ¿Cuál es entonces el sentido de todo lo que aprendemos? &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;El Maestro quedó pensativo. Desde el día ya lejano en que Abel y Caín, siendo apenas dos niños, comenzaran su fascinante odisea, sabía que alguna vez escucharía de sus labios esta pregunta. Los miró, y alcanzó a ver en ellos la misma congoja que reflejaban los rostros de las gentes de la aldea. El Maestro entendía también que los dos deberían buscar a lo largo de su vida la respuesta a estas preguntas, pues en esto mismo consiste la libertad. Pero no quiso dejarles sin consuelo en ocasión semejante, de manera que trató de encontrar aquellas palabras que pudieran calmar su manifiesta inquietud. Así, mientras les miraba con gran ternura, se expresó en estos términos:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-Sin duda -comenzó- ha de parecer a los ojos de los hombres un elevado tributo el que exige la Muerte. No obstante, la vida ha sido concebida por la Voluntad Primera para que, en el tiempo que le sea asignado, cada uno de nosotros pueda construir a través de ella su propio destino. Todo lo que habéis visto hasta ahora, y cuanto veréis en el futuro, forma parte de un mundo que lucha por desterrar para siempre la memoria del Caos. La realidad no se ha creado perfecta, pues de haber sido así, en esa misma perfección hubiera muerto la Voluntad, cuya dinámica es su razón de ser. Y aunque quizás estas palabras resulten incomprensibles para vosotros, un día llegará en que podáis entenderlas. Cada uno de los hombres y mujeres que hemos encontrado hoy aquí, como aquellos otros que en adelante veremos, tiene asignado un lugar en el mundo. Así, cuanto aprenda en el tiempo que le corresponda, habrá cumplido su parte en la obra de perfección, pues servirá de lección a los otros. De este modo, cuanto más vea el Hombre tropezar a sus semejantes, menos tropezará a su vez; y cuanto más vea amar, más amará. Así, todas las vidas de hombres y mujeres cumplen su cometido en este mundo, pues todas sirven de estímulo o de advertencia para quienes han de llegar después a ocupar el lugar que otros dejaron. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;El Maestro, luego de tan provechosa disertación, animó a sus discípulos para que entraran junto a él en aquel sobrio templo. Ambos le miraban absortos, incapaces de articular una sola palabra. Al tiempo de traspasar el umbral, el Maestro señaló a los concurrentes, hablando de nuevo a Caín y Abel:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="texto"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-Las gentes que ahora notáis afligidas, ofrecen a través de estas exequias su postrero homenaje a un hombre notable, muy querido entre los suyos. Y porque comprendáis mejor cuanto os he dicho, sabed que éste por quien se conduelen sus vecinos, era un esforzado constructor que en realidad no ha muerto del todo, pues no ha muerto para nosotros lo que le estuvo dado aprender. Él fue quien nos dejó entrar en la aldea en brazos de aquel magnífico puente que cruzamos al llegar, y cuya provisión debemos a su ingenio.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="enseanzaprodigio"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;      &lt;p class="enseanzaprodigio"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="color: rgb(204, 0, 0);"&gt;CUARTA ENSEÑANZA:&lt;/span&gt;&lt;o:p style="color: rgb(204, 0, 0);"&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="color: rgb(204, 0, 0); text-align: center;" class="enseanzaprodigio"&gt;No muere lo que somos,&lt;/p&gt;&lt;p style="color: rgb(204, 0, 0); text-align: center;" class="enseanzaprodigio"&gt;Porque somos lo que hacemos.&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/27158524-114751052403650977?l=lamaneradeobrarunprodigio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lamaneradeobrarunprodigio.blogspot.com/feeds/114751052403650977/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=27158524&amp;postID=114751052403650977' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/27158524/posts/default/114751052403650977'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/27158524/posts/default/114751052403650977'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lamaneradeobrarunprodigio.blogspot.com/2006/05/parbola-del-constructor.html' title='PARÁBOLA DEL CONSTRUCTOR'/><author><name>Javier Úbeda</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh3.googleusercontent.com/-p54cZNqpPTc/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAFvY/9wQ70qqw6jQ/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-27158524.post-114751045663650214</id><published>2006-05-13T01:52:00.000-07:00</published><updated>2006-05-13T01:54:16.653-07:00</updated><title type='text'>PARÁBOLA  DEL PAJAR</title><content type='html'>&lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family: Verdana;"&gt;El tiempo había transcurrido desde aquel episodio en la colina del lago, y mientras caminaban junto al Maestro, Abel y Caín crecían de manera inadvertida y notable. Sus rostros se volvieron más serios, aunque sin llegar a perder esa gracia inocente que es propia de la infancia. Los rasgos se perfilaban, y sus cuerpos aparecían más fuertes de un tiempo a esta parte. A los dos les deleitaba ejercitarse siempre que tenían oportunidad planeando carreras y otras travesuras, y estos hábitos tan saludables contribuían a su maduración. Llegó un momento en que ambos eran ya tan altos como el Maestro. Mientras esto sucedía, los tres seguían recorriendo el mundo de un extremo a otro. Los seres humanos se asentaban ya en la mayoría de las regiones de la Tierra, y a lo largo de estos viajes, mientras visitaban parajes desconocidos, salpicados de la cándida belleza que colmaba todos los rincones en aquellos días, fueron conociendo al Hombre y a las primeras cosas por él concebidas. Mientras Caín y Abel disfrutaban de forma colosal con tantas y tan variadas experiencias, el Maestro no perdía ocasión de buscar para ellos nuevas oportunidades en las que pudieran poner a prueba su aprendizaje. Les procuraba acertijos y otras empresas en las que indagar la verdad que permanece oculta detrás de todas las cosas. Sacaba provecho de cada nuevo descubrimiento, y cualquier lugar era bueno a su propósito si de él podía extraer el beneficio de una nueva lección que participar a sus amados alumnos. Día tras día iba despertando en ambos la curiosidad, y gracias a su estímulo, y al ingenio y entusiasmo del Maestro, aprendían deprisa. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family: Verdana;"&gt;En cierta ocasión, llegaron los tres hasta un frondoso bosque que el milagro de la vida había hecho germinar muchos años atrás. Cuando llegaron faltaba poco tiempo para el crepúsculo, por lo que determinaron detener su marcha, pues habían seguido un largo trayecto a través de las montañas. En aquel tiempo los hombres habían comenzado a trabajar con un propósito, aprendiendo ya gran parte de su industria primera, y se empezaban a ver en las regiones que transitaban algunas construcciones. Así, encontraron un viejo pajar en el claro que servía de entrada al bosque. El cobertizo era discreto pero vistoso, y tenía el encanto propio de las cosas sencillas, pues nada había en él exagerado o pretencioso. Se encontraba semioculto por dos frondosos árboles, uno de los cuales tapaba parte del tejado, y parecía haber sido abandonado en el pasado. Por todas partes, hojas y ramas habían quedado prendidas a la estructura contribuyendo a su menoscabo. El Maestro dejó en el suelo sus enseres. Miró con detenimiento aquella construcción, y enseguida se sintió cautivado por ella, pues tenía una apariencia sugerente, y no era acostumbrado hallar algo semejante en un paraje tan distante de cualquier aldea. Venía meditando la idea de presentar a sus discípulos una nueva prueba con la que pudieran adquirir alguna enseñanza, y todo en aquel lugar, tan bello y cautivador, era a propósito para sus fines. Sabía que sus acompañantes sentían fascinación por lo misterioso, pues es propio de los jóvenes desafiar lo que está oculto. Así pensaba el maestro, mientras determinaba que aquél era el sitio perfecto para hacer noche. Con astucia, habló a los hermanos de la conveniencia de descansar en aquel punto antes de que oscureciera. A los dos pareció bien, pues estaban fatigados después de la marcha de aquel día. Como todos estuvieron de acuerdo, se acercaron a las inmediaciones del pajar con intención de pernoctar junto a él. Descargaron sus bártulos, y luego de acomodarse, el Maestro, que ya tenía compuesto cierto ardid, señaló el lugar que ocupaba la vieja construcción, hablando a Caín y Abel con estas palabras:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family: Verdana;"&gt;-Mirad bien este lugar que tan extraño aparece, pues he aquí que para mayor maravilla nuestra, frente a nosotros se encuentra el celebrado Pajar del rey Sabio &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family: Verdana;"&gt;Lo dijo en un tono confidencial y enigmático, para causar en los alumnos el efecto de participarles un gran secreto. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family: Verdana;"&gt;-En otras ocasiones -prosiguió el Maestro- como seguro recordaréis, os hablé ya de tan notable monarca. Fue en una de nuestras apacibles veladas, cuando os traje noticia de las canciones que se celebraban en su corte. Según veo, olvidé entonces referiros la historia del pajar, pues ninguno de vosotros lo ha reconocido. Dejad pues que os la cuente ahora, ya que la fortuna nos ha traído hasta su puerta. Y bien, sabed amados míos, que desde tiempo inmemorial cientos de hombres valerosos han acercado sus pasos hasta este rincón, provenientes de los cuatro confines de la Tierra. Su único propósito ha sido intentar descubrir entre la paja que esconden estas puertas que aquí vemos una singular aguja. Según es proclamado por quienes custodian las leyendas de los hombres, fue oculta muchos siglos atrás por el mismo rey Sabio, que prometió una gran sabiduría para aquella persona que lograra encontrarla. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family: Verdana;"&gt;Calló el Maestro después de su relato, y bajando un tanto la mirada, se apoyó en un largo cayado que había tomado del bosque. Quedó luego observando el pajar, simulando cierta ceremonia, por ver el efecto que causaba su discurso en los dos hermanos. Caín, que no había perdido palabra de cuantas oyera, contempló largamente la construcción, cuyo tejado, cubierto por las ramas que colgaban de los árboles, dejaba ver el paso irreverente de los años. Cerró entonces los ojos, pues se complacía sobremanera con aquellas leyendas tan hermosas, y creyó encontrar en su memoria aquella tarde lejana en la que el Maestro les habló a los dos de la leyenda del rey Sabio. Según la recordaba, aquella no era sino una fábula hermosa que había servido al propósito de entretener la velada. Narraba la historia de un hombre justo y valeroso, llamado a reinar entre los suyos con gran sabiduría. Caín abrió de nuevo los ojos, y después de considerar con gran detalle el pajar, quedó decepcionado. Entendía que no era propio de un monarca, pues se veía abandonado y sucio en extremo. Además, dudaba que aquel relato respondiera en verdad a un hecho cierto, por lo que pensó que podría tratarse de una estratagema del Maestro, que a menudo se divertía a costa de su inexperiencia. Con cierta desconfianza, habló Caín a su preceptor en estos términos: &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family: Verdana;"&gt;-Bien sabes que no he cuestionado nunca ninguna de tus palabras, Maestro, pero no entiendo cómo es posible que en semejante lugar esté oculta una de las fuentes del conocimiento. ¿No sería lo propio hallarla en algún palacio, o escondida entre las arcas de un inmenso tesoro? ¿Acaso es posible que detrás de una simple aguja permanezca encerrada una verdad? Mejor será que aclares este acertijo, pues no acabo de comprender el alcance de tu discurso.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family: Verdana;"&gt;El Maestro, en un primer momento, quedó desconcertado con aquella pregunta, pues no había previsto el recelo de Caín. Sin embargo se alegró de inmediato, pues fue consciente de que Abel y Caín ya no eran tan niños. Los dos comenzaban a desconfiar de las cosas que escuchaban, hasta tanto no tuvieran de ellas razones más ponderadas. Aquello era un signo inequívoco de que habían empezado a conquistar su propia sabiduría.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;No obstante, no quería dejar pasar una ocasión tan afortunada, de manera que con gran habilidad buscó algo en sus bolsillos, sin que los hermanos se percataran de esta maniobra. Luego los distrajo, fingiendo que había advertido algún movimiento en una zona alejada del bosque, y aprovechó el instante en que los dos miraban en la dirección señalada para lanzar al interior del pajar una aguja, que guardaba junto a otros objetos. Los maestros suelen llevar cosas inverosímiles entre sus ropas, que con frecuencia son las más a propósito para sus tretas. Luego de preparar este ardid, buscó con suma cautela las palabras que pudieran mover dentro de Caín el deseo de hallar aquel tesoro oculto en el pajar, pues advertía que estaba prevenido contra el engaño. Después de reflexionar en silencio, se manifestó en estos términos:&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family: Verdana;"&gt;- Acaso -dijo pausadamente- no se halle la verdad dentro de la aguja. Más bien pudiera ser que la sabiduría se nos revele a través de su búsqueda.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family: Verdana;"&gt;Caín, que no había considerado la cuestión desde aquella perspectiva, se sintió repentinamente intrigado. Después de todo, aquello pudiera tener cierta lógica. Observó detenidamente el pajar, preguntándose de qué manera buscaría en él, oscuro y lleno de paja, una aguja diminuta. Después miró largamente al Maestro. Rememoró el suceso de la colina, y cómo en aquella experiencia tuvo ocasión de aprender que con frecuencia la verdad se alcanza mientras se recorre el camino. Con estos pensamientos en su mente, intentaba escrutar el rostro grave del Maestro, que se había sentado sobre una roca próxima a la entrada del cobertizo, trazando círculos en la tierra con su bastón, mientras aguardaba la decisión de Caín. Al fin el muchacho se acercó al Maestro, y mirándole a los ojos le dijo así:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family: Verdana;"&gt;-Maestro, he meditado sobre tu respuesta, y considero que hay en ella razones que justifican un esfuerzo. Permite que sea yo quien trate ahora de buscar esa aguja fabulosa.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family: Verdana;"&gt;El Maestro sonrió. Al escuchar la respuesta de su alumno, supo que aquel cuento había sido útil a sus propósitos. Aunque había llegado a desconfiar de que Caín se decidiera finalmente, ahora lo tenía frente a sí, pronto a iniciar aquella nueva aventura. Se levantó despacio, reclinando su cuerpo sobre el báculo. Luego mudó su ademán, para dar a aquel momento tan esperado cierta solemnidad. Con aplomo, puso su mano sobre el hombro del muchacho, como si despidiera a un hombre a quien se encomienda una grave misión. Después lo acercó con paso decidido hasta la puerta:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family: Verdana;"&gt;-Adelante -le dijo-, ve en buena lid, y afronta este nuevo desafío. Deja que tu entendimiento se eleve con astucia sobre las cosas que distingues o conoces, y prueba ahora si logras sacar a la luz el tesoro oculto. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family: Verdana;"&gt;Aquellas palabras acrecentaron la audacia de Caín, que franqueó la entrada sin vacilación. Los travesaños que enmarcaban la puerta, agitados por el ímpetu del muchacho, comenzaron a crujir con gran ruido, pues llevaban mucho tiempo sin ser movidos, y la madera estaba reseca y resquebrajada. El polvo y la suciedad, ocultos durante tanto tiempo, parecían despertar al contacto con aquel aire nuevo que entraba repentinamente, levantándose de súbito para formar alrededor del umbral una densa polvareda. Caín esperó a que la luz que todavía llegaba del poniente disipara un tanto la confusión. Lentamente, el polvo fue depositándose de nuevo, hasta que por fin se acertaba a distinguir el interior del pajar. El muchacho abrió los ojos cuanto pudo, y no sin esfuerzo, consiguió fijar su atención en el centro de la sala, donde el forraje, algo aplastado por el paso del tiempo, había quedado amontonado. A la vista de la paja sintió un gran afán, y quiso hallar cuanto antes aquella aguja, que en su imaginación consideraba ya como la clave para alcanzar enormes riquezas. Sin más reflexión, se lanzó sobre el cúmulo de hierba seca, apartando con los brazos los fardos que encontraba a su paso. Pensó que sus dedos repararían enseguida en cualquier objeto que cubriera la paja, y decidió sumergirse en aquel pequeño mar dorado, hasta que en breve estuvo todo él cubierto por el polvo y la hierba. Rastreó con gran tesón, mientras que aquí y allá, burlonas briznas saltarinas delataban su presencia bajo el manto vegetal. Envuelto en sudores, peleaba sin descanso contra el desánimo y la fatiga. Sólo en un par de ocasiones se detuvo, pues notaba que le faltaba el aire para respirar. Aun así, tan pronto como cobraba aliento, emprendía de nuevo su alocada búsqueda. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family: Verdana;"&gt;Tantas horas entretuvo en aquella empresa, que en el lejano horizonte comenzaba a oscurecer. Después de un tiempo, cuando la luz terminó por extinguirse completamente, Caín se sintió extenuado. Sin poder ver ya nada alrededor, dio por vanos todos sus esfuerzos, y muy a su pesar, pues en nada le complacía admitir una derrota, hubo de desistir. Cariacontecido, salió por fin adonde estaban los otros, y con profunda aflicción les habló de su fracaso.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family: Verdana;"&gt;El Maestro, que daba por bueno el empeño de Caín, trató de consolarle con palabras amables. Sabía que era joven e impulsivo, y apreciaba en verdad el esfuerzo con que acometió la tarea. Después miró largamente a Abel, que permanecía sentado en silencio junto a la puerta del pajar. Al cabo de unos segundos le formuló una pregunta:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family: Verdana;"&gt;-¿Querrás intentarlo tú también? Quizás sea mejor que esperes a que amanezca, pues ya no queda luz que pueda encaminar tus pasos.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family: Verdana;"&gt;Abel reflexionó. Recordó las palabras enigmáticas con las que el Maestro había aconsejado a Caín: Después se levantó, y sin dejar de mirar a los ojos de su Maestro, contestó con serenidad: &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family: Verdana;"&gt;-Iré ahora.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family: Verdana;"&gt;Acto seguido, tomó de las proximidades del pajar algunas briznas de hierba seca, y se apartó con ellas hasta un lugar más alejado. Caín, intrigado por tan extraño proceder, miró al Maestro con claro desconcierto, por ver si hallaba en su rostro alguna señal de lo que allí ocurría. Aguardaba con expectación hasta ver qué cosa era aquella que planeaba su hermano, y por qué, si había decidido buscar la aguja, se alejaba entonces del pajar. Todas estas cavilaciones ocupaban su pensamiento mientras miraba al Maestro. Entretanto, el silencio alrededor de los dos era cada vez mayor, a no ser por el ritmo acompasado que llegaba de los grillos lejanos. Abel llegó por fin a la altura de un viejo tronco. Se agachó y tomó un par de ramas que estaban caídas junto a él. Seguidamente se dispuso a llevar a término una idea que rondaba por su cabeza. Caín, en la distancia, procuraba seguir la extraña maniobra de su hermano. Pero por más que tratara de acomodar su vista a la oscuridad, apenas alcanzaba a vislumbrar alguna cosa entre las sombras, lo que aumentaba de manera notable su frustración. Aún hubo de transcurrir algún tiempo, hasta que un pequeño resplandor iluminó la parte del bosque en que se hubiera internado Abel. De súbito, entre la penumbra, surgió nítida la silueta de Abel. En su mano, de manera resuelta, portaba una antorcha encendida. Su gesto se iluminó entonces con el resplandor de las llamas, y le pareció al Maestro que en verdad había crecido en sabiduría y majestad. Abel se acercó al pajar con decisión, y cuando se encontraba a sólo unos metros, arrojó la tea en su interior. Caín estaba maravillado, y miraba una y otra vez al Maestro y a Abel. El incendio crecía, y las llamas arruinaban ya la parte alta de la techumbre, mientras se dejaba sentir en el silencio de la noche el crepitar furibundo del fuego. Abel no dijo nada. Armado de valor, observó cómo se devastaba el pajar. Poco a poco la estructura se fue desmenuzando, quedando a merced de la brisa como una extraña osamenta ennegrecida. Después de unas horas, apenas quedaban llamas bajo los leños que todavía resistían en pie, mientras el hollín los envolvía con su manto negro. Poco más tarde, entre las brasas ardientes, refulgía incandescente la aguja.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family: Verdana;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="font-family: verdana; color: rgb(204, 0, 0); text-align: center;" class="enseanzaprodigio"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;TERCERA ENSEÑANZA:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="font-family: verdana; color: rgb(204, 0, 0); text-align: center;" class="enseanzaprodigio"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Lo más inteligente&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p style="font-family: verdana; text-align: center;" class="enseanzaprodigio"&gt;&lt;span style="color: rgb(204, 0, 0);font-size:100%;" &gt;No siempre es lo más complicado.&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; font-family: verdana; color: rgb(204, 0, 0);" lang="EN-US"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family: verdana;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/27158524-114751045663650214?l=lamaneradeobrarunprodigio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lamaneradeobrarunprodigio.blogspot.com/feeds/114751045663650214/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=27158524&amp;postID=114751045663650214' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/27158524/posts/default/114751045663650214'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/27158524/posts/default/114751045663650214'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lamaneradeobrarunprodigio.blogspot.com/2006/05/parbola-del-pajar.html' title='PARÁBOLA  DEL PAJAR'/><author><name>Javier Úbeda</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh3.googleusercontent.com/-p54cZNqpPTc/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAFvY/9wQ70qqw6jQ/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-27158524.post-114751035124184479</id><published>2006-05-13T01:50:00.000-07:00</published><updated>2006-05-13T02:13:30.316-07:00</updated><title type='text'>PARÁBOLA DE LA COLINA</title><content type='html'>&lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Durante muchos años, centenares de hermosas criaturas fueron poblando la Tierra. Por todas partes, en un alegre estallido de jubilosas formas, la fuerza creadora de la Vida iniciaba su génesis magnífico. Extendía su manto cálido sobre los mares, y tocando con sus dedos suaves la superficie de las aguas, levantaba las olas hacia el cielo, dejándolas allí, suspendidas en mil formas suaves y caprichosas. Transcurrido un breve tiempo, las dejaba caer de nuevo sobre los continentes. En ocasiones, con una violencia inusitada, se complacía en llenar los aires de sonidos tempestuosos, mientras vertía de pronto aquel líquido fértil sobre las montañas. Dibujaba entonces quebrantos de luz sobre los cielos, que como hilos enfurecidos cuarteaban la tarde. Otras veces hacía descender las aguas sobre la Tierra pausadamente, en una cascada ingrávida y transparente, semejante a un bosquejo de líneas oblicuas contra el paisaje del fondo. Así, todos los rincones se fueron nutriendo con un agua nueva conforme volvía a caer de los cielos, salpicando los valles y las praderas, los collados y las regiones ignotas sobre las cumbres más altas. Los temibles truenos se entremezclaban a veces con la suave cadencia de las gotas de lluvia bajo la atenta mirada del Sol, y acontecía entonces que una inverosímil diadema de luminosos colores cubría de parte a parte la bóveda celeste. Se dice que no paró de llover en muchos años. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Más tarde, cuando la Tierra saludaba ya la llegada del agua como se recibe a un viejo conocido, las precipitaciones fueron perdiendo la furia de los días primeros. El Tiempo dispuso que se sucedieran las estaciones, correspondiendo a unos meses la lluvia y a otros el estío, y a esta danza se entregaron los días, atemperando el desconcierto de los tiempos pasados. El agua recorrió entonces toda la extensión de La Tierra. Salió del mar, y llenando de alegría todas las cosas que encontró a su paso, se sintió renacida en cada una de ellas. Tan grande fue el amor que le cupo a la vida, que se volvió afable y dulce, según vemos hoy. En su mansedumbre consentía el suave roce de la brisa matinal, y adormecida por el calor amable del Sol, ascendía entonces a los cielos henchida de júbilo, y se dejaba caer de nuevo sobre cualquier lugar, haciendo brotar por todas partes tiernos milagros, en forma de innumerables plantas que salpicaban con su hermoso colorido los paisajes. La Tierra se cubría por doquier con el manto inconfundible de las verdes nuevas. Así aconteció que árboles y flores, en tal variedad que embriagaba la vista, colmaron pronto cada rincón del planeta. Susurraban en la noche, y entonaban al compás del viento y de la lluvia canciones secretas y conmovedoras que aún hoy escuchamos en nuestros bosques más viejos. No mucho después el sigilo de las arboledas se fue poblando con fantásticas voces, y aquí y allá, por todas partes, las más insólitas criaturas alzaban sus cabezas saludando el nuevo portento de la vida. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;En aquellos días, el Maestro y los hermanos pasaban jornadas enteras entregados a la contemplación de aquel insólito espectáculo, pues no es probable que nunca después hayan tenido lugar sucesos tan memorables, de tan extraordinaria belleza, como aquellos que admiraban ahora ellos tres. En una de aquellas tardes, quiso la fortuna llevar al Maestro hasta la cima de una colina, desde la que podía deleitarse sobremanera observando la espléndida llanura que se extendía ante su vista. Todo marchaba según lo previsto, y aquello llenaba de paz al Maestro. Después de ascender, miró hacia abajo, pues había dejado a Abel y Caín al pie de la colina, entretenidos en alguno de sus juegos. Cuando los tuvo al alcance de su vista, decidió llamarlos agitando sus brazos, para que pudieran compartir con él la contemplación de aquel espectacular paisaje.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-¡Amados discípulos! -les gritó- ¡Subid hasta aquí, a fin de que podáis ver el mundo con mayor claridad!&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Más abajo, en una zona próxima a aquella en la que la colina comenzaba su pendiente, Caín y Abel, que se perseguían alegres entre la vegetación, escucharon la voz del Maestro. Detuvieron al instante sus correrías, y sin decir una palabra, como si se tratara de un nuevo reto pactado en silencio, corrieron los dos cada uno por su lado. Encontraron que así, de alguna manera, podían seguir jugando mientras acudían a la llamada del Maestro. Abel había disfrutado especialmente de aquellas jornadas. Su espíritu inquieto se conmovía ante el espectáculo grandioso de la Creación, y a menudo, desde que llegaron los tres a aquel lugar, se había sentido sobrecogido en secreto por el rumor de las aguas que por todas partes continuaban su misión vivificadora. Es cierto que disfrutaba también con las diversiones que ideaba Caín, pero cuando éste no estaba cerca, como en aquella ocasión, prefería contemplar todas las maravillas que la naturaleza ponía a sus pies. Abel era en verdad un muchacho despierto. Por este motivo, mientras Caín volaba hacia la cima sorteando a gran velocidad todos los obstáculos que salían a su encuentro, Abel ascendía despacio, observando con detenimiento todo cuanto se ofrecía a uno y otro lado del camino. En los recodos menos peraltados, amparándose en las sombras caprichosas de los magníficos árboles que cubrían parte de la ladera, se detenía en ocasiones a descansar sobre la hierba, y miraba los curiosos dibujos que formaban las nubes. Podía ver entusiasmado cómo aquellas siluetas cambiaban de forma constantemente, por efecto del viento que las movía con suavidad. Si las miraba muy fijamente, perdía por un instante toda noción sobre su propia posición, y hasta le parecía que podía caerse hacia arriba. Luego se reía de semejante ocurrencia, porque Abel sabía perfectamente que esto era imposible. Transcurridos unos minutos se levantaba de nuevo, y proseguía el camino de ascenso sin dejar de mostrar su asombro ante cada nuevo hallazgo. Después de este agradable paseo, y cuando casi había olvidado la llamada del Maestro, alcanzó por fin el promontorio. Una vez llegó, respiró un par de veces profundamente, empapándose con aquel aire nuevo que llenaba sus pulmones, y se sintió altamente reconfortado. De inmediato alzó la vista, y pudo ver a cierta distancia a su hermano, que esperaba impaciente. Caín no había perdido un minuto en la ascensión, y parecía llevar mucho tiempo aguardando la llegada de Abel, pues había en sus gestos signos inequívocos de impaciencia. Había tomado aquella subida como si se tratara de una competición; un entretenimiento más, en el que pudiera dejar claro que su destreza era superior a la de su hermano, y por esta causa deseaba jactarse ante él: &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-¡He llegado el primero! -dijo Caín, al tiempo que miraba a su hermano con una sonrisa que expresaba su triunfo. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Abel, que conservaba la quietud alcanzada tras aquel delicioso paseo, no pensó que Caín hubiera logrado una gran victoria, pues a pesar de su juventud empezaba a encontrar disparatados aquellos constantes desafíos con los que su hermano se ejercitaba. Pero después de adivinar cierta inquietud en el semblante de Caín, optó por no decir nada, porque sabía que se enfadaba con frecuencia cuando le contrariaban. El Maestro, que se había aproximado hasta donde estaban ellos dos, se giró hacia el lado opuesto de la colina, y después de hablarles con amabilidad, como si temiera en los ojos de Caín el inicio de una disputa, los tomó de la mano, y acercándoles al borde de la cima les invitó a que miraran a lo lejos. Con el dedo apuntado en aquella dirección, guardó un breve silencio, porque sabía que este ademán suyo daba más sonoridad a lo que decía después. Cuando le pareció que los dos aguardaban con diligencia sus palabras, les habló así:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-Mirad aquí, en este lado de la colina, -dijo con su tono magistral- pues en él la tierra es árida y estéril, y así se ve en esas nubes de polvo que se elevan a ras de suelo. Sin embargo, tal y como descubren ahora vuestros ojos atónitos, justo a sus pies se extiende un lago en cuyas márgenes comienza a dibujarse el milagro de la vida. Ved si no ese reflejo verdáceo que denotan las aguas próximas al centro, y contemplad como algunos matorrales se extienden ya por la otra parte. Es un hecho que el agua difícilmente pudo llegar hasta allí, pues como sin duda podéis advertir, las nubes que están ahora sobre nosotros no consiguen cruzar la colina, y el impulso del viento en este otro lado es tal que las desvía sin remedio. A pesar de este fenómeno singular, por alguna razón, resulta evidente a nuestra visión que las lluvias han conseguido salvar la montaña para nutrir este lago que ahora contemplamos. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;El Maestro se volvió entonces dando a su expresión un tono enigmático, mientras señalaba algún punto imaginario sobre su cabeza y con la otra mano mesaba aquellas barbas extraordinarias: &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-¿Acaso podríais ilustrarme acerca del origen de este pequeño misterio?&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;-dijo. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Caín, en realidad, no esperaba tener que responder a un acertijo. Al menos no ese día. Había disfrutado mucho de su loca carrera hacia la cumbre, y no pensó ni por un instante en que el Maestro les llamara para proponerles algo semejante. Después de todo, consideraba que había tenido suficiente con alcanzar la cima antes que su hermano. Por eso le contrarió aquella pregunta inoportuna, y más lamentó que el Maestro no hubiera hecho siquiera mención de su pericia escaladora. Pero como no deseaba que la elocuencia de Abel le hiciera malograr de nuevo el triunfo que acababa de atribuirse, se anticipó a él, y levantando su mano la agitó frente a las barbas del Maestro, porque supiera que había encontrado ya una contestación. Miró después a su hermano, y por un segundo algunas dudas le asaltaron, pero no pensó en ellas más de lo que consideraba oportuno, y sin más dilación habló de esta forma, contestando de manera irreflexiva lo primero que se le ocurrió:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-Sin duda -dijo Caín algo nervioso- hubo en otro tiempo grandes aguaceros, semejantes a los que hemos podido ver en estos últimos días. Apuesto a que esto ocurrió antes de que nosotros llegáramos aquí. Pues bien, este es mi parecer: yo opino que el terreno situado bajo ese lago que se halla frente a nosotros debe ser impermeable por algún motivo, y debido a esta circunstancia, esas lluvias que tuvieron lugar en el pasado fueron quedando atrapadas en él. Tal fue el origen de esta laguna. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Caín se sintió aliviado después de exponer su hipótesis. Notó que el peso de aquel instante en que los ojos del Maestro se clavaban en cada una de sus palabras había terminado por fin. Ahora sólo aguardaba a que su argumento fuera refrendado con algún gesto. En realidad, su suposición tenía poco fundamento, y Caín había equivocado el diagnóstico. Miró al Maestro, y luego a su hermano. Y de no ser por cierto mohín que quiso notar en el rostro del segundo, hubiera dado por seguro su triunfo. El Maestro llevó su mano al mentón, procurando evitar que sus alumnos pudieran advertir su sonrisa, pues a pesar de que le divertían estos pequeños yerros de sus todavía muy jóvenes compañeros, pensaba que debía ser respetuoso con ellos. Todos incurrimos alguna vez. Miró con interés a Abel, en ademán de profunda meditación. Luego extendió la palma de su mano, y le pregunto así:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-Di tú, Abel amado, ¿Encuentras por ventura alguna otra explicación? &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Abel caviló unos instantes. Había estado observando el lago con atención, y comprendió que tendría que indagar en su memoria para hallar una respuesta adecuada. Consideró todo lo que había visto aquel día, a partir del momento en que el Maestro los convocó desde el lugar en que los tres se encontraban ahora. Evocó su excursión ascendente por la colina, y tras meditar sobre ello tanto como creyó pertinente, supo que ya tenía una respuesta.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-Mientras subía, -contestó Abel- en cierta ocasión me detuve a descansar en un recodo del sendero en el que la luz del sol no era tan intensa, y observé que no muy lejos manaba un torrente entre la vegetación. De inmediato decidí seguirlo, porque el paseo había despertado en mí una gran sed, y aquel lugar no era adecuado para beber, pues era inaccesible desde donde yo me encontraba. De este modo caminé detrás del reguero, por ver si descubría un sitio más propicio, y mientras mis pasos seguían su curso, pude percatarme de que continuaba hasta una gruta que se perdía en las entrañas de la roca, en dirección al otro lado de la colina. Apostaría a que es este manantial el que nutre con sus aguas la laguna. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;El Maestro no pudo evitar esta vez que una sonrisa asomara a sus labios. A pesar de que no quería favorecer la desazón de Caín, se sentía complacido con la respuesta de Abel. Un maestro tiene siempre su orgullo. Elogió las palabras de su discípulo, pues en ellas estaba encerrada la verdad de aquel enigma. Mandó entonces a los dos que se acercaran hasta él, y tuvo especial cuidado de mostrase solícito con Caín, un tanto contrariado con aquel nuevo éxito de su hermano. Así, le obsequió con una mirada afectuosa, al tiempo que tomaba su mano. Después pidió a los dos que se sentaran a su lado, porque pudieran escuchar atentamente la lección que había dispuesto para esta ocasión. Miró entonces a Abel, y con manifiesto reconocimiento, afirmó lo siguiente:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-Tú eres, en el día de hoy, el más aventajado de mis alumnos.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Caín, al escuchar estas palabras de labios del Maestro, sintió en lo más recóndito de su ser un hondo abatimiento. Movido por la desazón, miró a su hermano con los ojos encendidos, de tal manera que por un momento ambicionó poder arrancar del Maestro el amor que sentía por él. Lleno de enojo se levantó, y olvidando el respeto que debía a su mentor, protestó ante él&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;con gran furia, gritando a viva voz estas palabras:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-¡Esto no es justo! ¡Yo he alcanzado antes la cumbre! ¡Y ni tan siquiera he podido escuchar de vosotros palabras de aliento cuando llegué!&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;El Maestro, después de oírle, se sintió impresionado ante la ira de Caín. Le preocupaba su temperamento, pues tenía el genio vivo, y a menudo se mostraba colérico. Trató de explicarse aquella actitud de su discípulo, y pensó que quizás no había sido muy justo con él. Intentó entonces apaciguar su ánimo, y le besó con dulzura en la frente. Caín apreció este gesto, y después de sosegarse, se sentó de nuevo junto a su hermano. Aprovechó esta circunstancia el Maestro para dirigirse de nuevo a los dos, pues quería extraer de aquella jornada una enseñanza que fuera de gran provecho para ellos:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-Ciertamente, amado Caín, -dijo con gran afecto- tú has llegado a la cima antes que Abel. Y sin embargo, como podrás advertir, ahora te encuentras más fatigado, y la cólera ha cegado tu corazón hace un momento, haciendo que salgan de tu boca palabras que hieren. Abel vino más tarde, eso es cierto; pero él ha penetrado mejor la verdad que esconden todos los caminos.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p  style="color: rgb(204, 0, 0); text-align: center;font-family:verdana;" class="enseanzaprodigio"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p  style="color: rgb(204, 0, 0); text-align: center;font-family:verdana;" class="enseanzaprodigio"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;SEGUNDA ENSEÑANZA:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(204, 0, 0); text-align: center;font-family:verdana;" class="enseanzaprodigio"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;En el camino de la verdad,&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p style="font-family: verdana; color: rgb(204, 0, 0); text-align: center;" class="enseanzaprodigio"&gt;cada pequeño detalle es importante.&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/27158524-114751035124184479?l=lamaneradeobrarunprodigio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lamaneradeobrarunprodigio.blogspot.com/feeds/114751035124184479/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=27158524&amp;postID=114751035124184479' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/27158524/posts/default/114751035124184479'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/27158524/posts/default/114751035124184479'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lamaneradeobrarunprodigio.blogspot.com/2006/05/parbola-de-la-colina.html' title='PARÁBOLA DE LA COLINA'/><author><name>Javier Úbeda</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh3.googleusercontent.com/-p54cZNqpPTc/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAFvY/9wQ70qqw6jQ/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-27158524.post-114627454670161978</id><published>2006-04-28T18:34:00.000-07:00</published><updated>2006-05-13T01:49:30.063-07:00</updated><title type='text'>PARÁBOLA DE LA LUNA</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style="line-height: 200%;font-family:Verdana;font-size:14;"  &gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;  &lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Si hacéis un pequeño esfuerzo, procurando que vuele vuestra imaginación, os será fácil advertir que estamos en el momento en que todo nuestro mundo fue originado. Ese instante en que la Tierra, por alguna razón que todavía discuten nuestros filósofos, fue elegida como morada del Hombre. Observad ahora el firmamento, oscuro y desafiante detrás de nosotros. Apenas unos cuantos puntos luminosos, diminutos y trémulos, se atreven a romper la voz rotunda de la eterna noche. Entre ellos, perdido en la inmensidad de todo lo creado, aparece ante nuestra vista una pequeña esfera, la tercera en distancia a una estrella insignificante. Contemplad ese lugar con más atención. Encontraréis un paisaje semejante a éste: cráteres inmensos sacudidos por azufre y vapores irrespirables; torrentes de lava quebrantando las rocas de parte a parte, y montañas enteras engullidas por abismos que se abren de pronto. Así era la Tierra en el inicio. Por eso, antes de que los hombres comenzaran a deambular por este mundo, La Voluntad que estaba destinada a crearles tuvo que hacer un largo trabajo. Primero luchó contra el Caos, pues tal era el nombre del mundo antes de que tuviera lugar tan singular batalla. Y en verdad, pocas son las palabras que podrían describir este combate con justicia. Imaginad una gran explosión que durara tanto como la vida de un hombre, y que fuera al mismo tiempo tan desoladora como el silencio que acompaña a la muerte. Si puede concebirse algo parecido, tan terrible y sugerente a la vez, entonces es posible representar como fue la contienda entre la Voluntad y el Caos. Pero la Voluntad es obstinada, y gracias a esta cualidad, de la que no estaba provisto el caprichoso Caos, fue poco a poco doblegando a su adversario. Tan extraordinarias fueron aquellas jornadas, que no bastarían mil libros para empezar a dar cuenta de ellas, pues jamás se ha vuelto a ver nada que las ganara en intensidad, colorido, y fuerza dramática. Pero como no es éste nuestro propósito, será suficiente con que digamos que después de mucho tiempo, y no sin esfuerzo, consiguió la Voluntad tomar las riendas de aquella desigual pelea. Y conforme lo hacía, fueron brotando de las entrañas de lo oscuro las olas y las rocas. También de allí salieron los gritos, las sombras y las luces. La Voluntad, enardecida por aquel desafío sobrenatural, fue sacando de las tinieblas cuanto creyó bueno a su propósito, y no cejó en su empeño hasta que no estuvo segura de tener ganada la partida. Tanto luchó contra el fuego y la penumbra que al final quedó exhausta, y descansó después durante un tiempo. Y así, mientras dormía, una quietud admirable se extendía por todo el universo. Soñó entonces con todas las cosas que había ido creando en los espacios que pudo arrebatar al Caos. Y soñando de esta manera, contempló las aguas que cubrían los continentes, y las montañas serenas e inmóviles, bajo el escudo azul de cielo que lucía alrededor de aquel capricho al que llamó Tierra. Soñó con toda su obra, y vio que era buena. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Al despertar, repuesta de la fatiga tras la feroz contienda, un presentimiento la sacudió de pronto, y recordó el Caos. Entonces pensó que, ciertamente, sería un grave inconveniente tener que volver a empezar de nuevo con aquella lucha devastadora, de manera que buscó la forma de conseguir que todo lo que había creado durara para siempre. Tuvo entonces una idea. Puso pronto manos a la obra, y después de trabajar de nuevo hasta el extremo de sí misma, creó el Tiempo y la Palabra. Una vez los hubo concebido, encomendó al Tiempo la custodia del orden de todo lo que existe, y a la Palabra su memoria. Pero aquella fue una gesta portentosa incluso para La Voluntad, de manera que cuando la hubo concluido quedó, esta vez sí, completamente extenuada. Y porque quedara de ella un testimonio último, en un supremo esfuerzo la Voluntad se hizo de Carne, se fundió con el Tiempo y la Palabra, y de este modo nació el Hombre. Carne, Tiempo y Palabra. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;span style=""&gt;        &lt;/span&gt;El Maestro, que vio la luz entonces, ya estaba allí desde siempre. Había permanecido contemplando toda la lucha desde la montaña Primera, pues se trataba de un excelente observatorio, elevado sobre el primer continente de la Tierra. Después de que todo hubiera acabado, y durante algún tiempo, siguió todavía admirando a lo lejos la obra terminada por la Voluntad. Resultaba realmente una visión sobrecogedora, pues en el pálpito de aquel misterio azul se adivinaba que todo era posible, y al mismo tiempo, que todo estaba por hacer. Mientras miraba absorto aquel cuadro soberbio, supo que había llegado su turno. Descendió hasta el valle que se extendía a los pies de la montaña Primera, y tras caminar un buen trecho por sus campos nuevos y todavía inciertos, tomó entre sus brazos a las dos primeras criaturas que pudo hallar entre los hombres, y las llevó junto a él de nuevo hasta la cima. Y así, una vez hubieron regresado al lugar de partida, los tres se sentaron. Caín, que era uno de aquellos dos, miró la luz profunda que irradiaba el Maestro. Caín era muy joven, pero había ya en su mirar altivo un rastro de rebeldía que era ajeno a los ojos de su hermano. La mirada de Abel, entretanto, había quedado absorta en la contemplación de las muecas azules de la Tierra. Caín se levantó. Estiró su pequeño manto, y caminando con un porte impropio de un muchacho tan joven, se acercó al Maestro. Luego, mirándole con un gesto que podría parecer un desafío, le habló así: &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-¿Por qué ya no puedo ver el Caos? Estoy seguro de que era hermoso, y sin embargo no logro encontrarlo en mi memoria. ¿En verdad ha sido sometido? ¿No queda lugar alguno donde habite siquiera una pequeña parte de él? &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;El Maestro tomó su tiempo para contestar. Su mirada recorría el admirable paisaje que rodeaba su vista. Se puso en pie, tomando en su mano un pliegue de su larga túnica para caminar con mayor soltura. Así, se fue acercando a los dos en silencio, y mirando a Caín hizo un gesto, elevando a las alturas su dedo índice, como si señalara alguna cosa. Luego volvió los ojos hacia el muchacho, que ya daba muestras de impaciencia mientras seguía esperando una respuesta:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-Amado Caín -dijo por fin con voz profunda- la fuerza de La Voluntad, que ahora se muestra ante nosotros a través de su obra, es sin duda de una grandeza extraordinaria. Mas con todo, queda todavía una región en la que moran los restos del Caos, protegidos bajo la sombra de la propia Tierra. Su nombre es Luna. Es inculta, como lo era la Tierra antes del prodigio; y sin embargo, en la pálida extensión de sus campos marchitos, conserva la belleza de que hablas, mientras sufre la condena de vivir eternamente encadenada a la luz, que la mantiene inmóvil. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Caín pensó en la Luna, cuyo nombre escuchaba ahora por primera vez. Cerró los ojos, como hacía siempre que sentía un vivo deseo, y por un instante creyó adivinar cómo sería esa región de la que hablaba el Maestro. De pronto sintió el impulso de partir en busca de aquel lugar. Caín era un muchacho decidido, a diferencia de su hermano. En su imaginación, trataba de ver aquellos días en los que el Caos gobernaba la Tierra, de manera que se acrecentaba su anhelo por conocer la Luna. Así, se puso en pie, y sin hacer al Maestro ninguna otra pregunta, decidió tomar camino hasta el valle para buscar la Luna. Abel reflexionaba mientras tanto. No le sorprendió la determinación de su hermano, pues le conocía bien. Pero se mostró temeroso por él, porque pensaba que quizás era una empresa muy arriesgada para una sola persona. Por esta razón se ofreció a acompañarle. Sin embargo Caín quería guardar para sí aquel descubrimiento, de modo que mandó a su hermano callar, hablándole con estas palabras:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-Siempre te han asustado todas las cosas, mientras que yo me he alejado a cada paso, intentando hacer frente a cualquier nuevo desafío. Pues mi experiencia es más grande que la tuya, seré yo quien vaya en busca de la Luna. Llegaré si es preciso hasta el mar, mirando bien todos los indicios que pueda hallar, y entre todos los fenómenos que salgan a mi encuentro, distinguiré sin esfuerzo a la Luna. Y puesto que esta es mi voluntad, queda tú aquí y espera mi regreso. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Abel no supo qué contestar. No era la primera vez que su hermano se mostraba tan duro con él, y sin embargo nunca había creído que Caín quisiera herirle a propósito; más bien lo atribuía a su carácter. Bajó los ojos. Luego, mientras se mordía el labio inferior como solía hacer cuando no tenía a mano una buena respuesta, encontró en sus ojos los del Maestro. No le costó mucho entender el alcance de aquella mirada, de manera que se mantuvo en silencio, y aunque le hubiera gustado también participar en aquella aventura, pensó que las cosas estaban mejor así. Guardando para sí estas reflexiones se acercó a su mentor, y fueron los dos hasta el camino que descendía de la montaña Primera para despedir al explorador. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Caín bajó entonces hasta el valle, y anduvo en él una gran distancia. Más tarde subió colinas, cuyas sombras inquietantes eran un desafío aún mayor que su presencia inaccesible. Pero a pesar de todo lo que caminó, no consiguió encontrar la Luna por ningún sitio. Fue entonces cuando pensó que quizás estuviera en el mar, pues en sus aguas hay un misterio permanente que no escapa a la vista de quien lo observa. Así, a pesar de la desproporción de aquel absurdo desafío, quiso acercarse hasta el borde de las aguas. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Mientras esto ocurría, el Maestro y Abel seguían con atención las evoluciones de Caín. Le veían con la claridad propia de quienes presencian el principio del mundo, y a pesar de la distancia, distinguían su figura con absoluta nitidez. Habían podido verle caminar sin rumbo, obcecado por su insensato rastreo. Vigilaban todos sus pasos, y los seguían con interés, de modo que, cuando finalmente llegó hasta la orilla del océano, observaron como se adentraba en sus aguas, armado sólo con la bravura de quien no da por perdida una batalla. Abel se sintió fascinado ante aquella ocurrencia, pues aunque era más prudente que Caín, no por ello dejaba de pensar en aventuras, como correspondía a su edad. Por eso se lamentó al Maestro de su inexperiencia, y aunque realmente le dolía el desdén con que su hermano le había tratado, deseaba en lo más profundo de su corazón estar junto a él. El Maestro entendía todas estas contradicciones, pues conocía los corazones de los dos hermanos y leía en ellos. Así, miró a Abel sonriendo, mientras le pasaba la mano por la cabeza, en expresión del cariño que sentía por él. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-Ten paciencia, -le dijo. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Y se sentó a su lado. Mientras Caín continuaba sumergido en el mar, el Maestro hablaba con Abel acerca de los planes que la Voluntad había dispuesto para los hombres de los tiempos futuros. Pudo advertirle sobre las dificultades que encontrarían en su largo camino, ya que tendrían que viajar a través de los primeros años de la vida del Hombre. Abel escuchaba con atención aquellas palabras, y empezaba a sentirse reconfortado. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Lejos de ellos dos, Caín luchaba con denuedo contra las aguas oscuras del inmenso océano. Tomaba aire, y se sumergía seguidamente, buscando detrás de cada sima y de cada grieta, mirando fijamente cualquier cosa que consiguiera atraer su atención. El tiempo, que comenzaba a ordenar con su ritmo cadencioso todos los asuntos de la Tierra, transcurría puntualmente, y conforme lo hacía Caín se sumergía en lugares más profundos y apartados, porque ya no sabía hacia dónde dirigir sus rastreos. Y era tal el empeño con que buscaba la Luna, que no pudo atender los gritos de Abel cuando se puso en pie junto al Maestro y comenzó a llamarle. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Ocurrió que mientras Caín proseguía su estéril exploración sin conservar ya demasiadas esperanzas de topar con la Luna, uno de los confines de la Tierra se salpicó de plata, aumentando con aquella luz el contraste magnífico de su intenso azul. Tan grande era en verdad la belleza de aquel instante, que Abel se sintió maravillado junto al Maestro, y comprendió inmediatamente que aquella esfera admirable, que producía en quienes la contemplaban por vez primera un extraño hechizo, era la Luna; porque ciertamente era hermosa y a la vez enigmática, tal y como él había imaginado que sería el Caos. Hipnotizado con aquella visión, y aunque sabía que Caín no podía oírle, seguía gritando su nombre sin parar, pues deseaba que regresara de inmediato para que pudiera compartir con ellos aquel instante único. Pero Caín buceaba cada vez a mayor profundidad, y ensordecido por el abisal rumor de los océanos, no pudo escuchar a su hermano, y continuó buscando en vano aquel prodigio que contemplaban absortos el Maestro y Abel.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="Textopredeterminado" style="text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="ultimafrase"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="text-align: center;" class="ultimafrase"&gt;&lt;span style=";font-family:Verdana;color:maroon;"  &gt;PRIMERA ENSEÑANZA:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: center;" class="TEXTOFINALCAPITULO"&gt;&lt;span style=";font-family:Verdana;color:maroon;"  &gt;Todas las cosas tienen su tiempo,&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: center;" class="TEXTOFINALCAPITULO"&gt;&lt;span style=";font-family:Verdana;color:maroon;"  &gt;Quien se precipita no siempre llega antes.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/27158524-114627454670161978?l=lamaneradeobrarunprodigio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lamaneradeobrarunprodigio.blogspot.com/feeds/114627454670161978/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=27158524&amp;postID=114627454670161978' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/27158524/posts/default/114627454670161978'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/27158524/posts/default/114627454670161978'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lamaneradeobrarunprodigio.blogspot.com/2006/04/parbola-de-la-luna.html' title='PARÁBOLA DE LA LUNA'/><author><name>Javier Úbeda</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh3.googleusercontent.com/-p54cZNqpPTc/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAFvY/9wQ70qqw6jQ/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry></feed>
